Después de veinte años Rosa volvió a pisar las calles

Rosa Bayadares duró 20 años encerrada en su casa de Tarso, Antioquia pagando una promesa. El plazo venció hace 2 días y Rosa volvió a salir a la calle y a sentir el calor del sol sobre la piel. Gustavo Ospina Zapata descubrió la historia y la publicó en El Colombiano. Oscar Dominguez la leyó y la envió por el correo. Siento la obligación de compartirla con ustedes. Cosas como esta sólo pueden pasar en Colombia.

¡Y se cumplió el plazo! Luego de veinte años de haber estado encerrada, has vuelto a salir a la calle, Rosa Bayadales. Has dejado otra vez que el sol, como si tuviera manos, se posara en tu piel y has pisado nuevamente el andén de tu casa.

Afuera, a un metro, te esperaba Tarso, ya no con piedras en la vía sino con adoquines y unos vecinos que se hicieron viejos mientras tú, en tu casa, lavabas, cosías y le agradecías a Dios. Pasaron veinte años, Rosa Bayadales, para que de nuevo te asomaras a la ventana y para que, otra vez, cruzaras la puerta de tu casa en la calle 18 de Tarso, ese pequeño pueblo en las montañas del Suroeste cafetero, donde naciste y del que también, el 23 de mayo de 1990, te aislaste para siempre encerrándote a pagar una promesa, “que si mi hijo volvía a caminar, yo no volvía a salir a la calle durante veinte años”.

¡Qué valiente Rosa Bayadales! ¡Y qué hermosa! Porque así te viste ayer, como una reina. Cómo imaginar la mezcla de sentimientos en tu corazón cuando, al asomar a la puerta de la casa que fue tu claustro durante 7.305 días, los vecinos te recibieron con aplausos.

¡Qué macondiana esa imagen tuya abrazada a tu hijo José Alonso Gómez, por el que te encerraste a pagar la penitencia! Y qué escena de epopeya esa del pueblo ahí esperándote, como si fueras la heroína de Tarso. Fueron muchas emociones juntas, Rosa. Nada más esa, cuando empezaste a caminar por la calle del brazo de Augusto Valle, tu vecino más querido, y tus pies temblaron.

Cuando decías “no voy a aguantar, estoy mareada, me voy a caer”, o cuando dijiste extrañar las viejas piedras porque en ellas caminabas mejor con tus tacones. Es bello el sol, Rosa Bayadales.

Y ahora es todo tuyo. Es bella la brisa. Y ahora también es toda tuya Rosa. Son hermosas la neblina y el bullicio de los niños y las vecinas y vecinos viéndote pasar por esas mismas calles por las que hace 20 años, cuando tenías 37, bajabas y subías tal vez ebria, tal vez sobria, tal vez sin imaginarte que te pasarías 175.320 horas sin tocarlas.

Toda esa eternidad…

Fueron veinte años de soledad, Rosa Bayadales. Todos esos días metida en tu casa de una sala, una pieza y de una cocina adornada con ollas relucientes. Fue toda esa eternidad de agradecerle a Dios que tu hijo caminó cuando los médicos decían que iba a quedar sin movimiento. Fue toda esa eternidad de decirle, cada segundo, que el esfuerzo que hacías no era en vano, porque tu amor de madre fue tan fuerte, que “nunca me arrepentí ni me dio lidia dejar el licor ni el cigarrillo”.

Así lo repetiste ayer ante tus vecinos Gildardo Cardona, Miriam Ortega, Céfora Bedoya, Cindy Soto y muchos más, a los que les agradeciste, “que me trajeron mercadito cuando no tenía qué comer acá encerrada, que me visitaron y que en los diciembres me trajeron morcilla, natilla y sancochito”.

El padre Paredes, que ya no vive en el pueblo, estaría orgulloso viéndote salir, porque fue tu confesor hace veinte años, cuando decidiste emprender tu penitencia. ¡Qué bonito estuvo Tarso ayer, Rosa Bayadales! Era domingo, pero parecía más, como diciembre, con tus vecinos dándote aplausos y diciendo que eres “una mujer única, que dejó atrás su pasado de rumbera para sanar su alma”. Porque eso también lo sanaste en estos años.

Ahora eres otra, ya no la que bebe y fuma y baila, sino la que ora y ama con todo el corazón a tus hijos más cercanos, a Nórida de 21 años, y a tu José, ya de 25, que lucha por los discapacitados de Tarso y que les enseña computadores a 120 adultos.

Ahora, en esas callecitas en las que soñaste cuando niña y joven, andarás como dama. Ayer lo hiciste con la falda roja y la blusa blanca que te dio José para tu reencuentro con la calle. Te veías tan bella, que hasta la perra Juana, que ni te conoció, voleó la cola para saludarte. Increíblemente, sólo caminaste una cuadra, Rosa Bayadales. Y fue todo emoción. No pudiste avanzar más. El mareo, el temblor y los nervios pudieron más que el imán de ese parque en el que viviste tus mejores días.

¡Qué importa! Vendrán más días y minutos para caminar, visitar a tus vecinos e ir a misa. Porque mucho de lo que dejaste veinte años atrás, ya no está. El kiosco, los cafetales frente a tu casa y las calles de piedra. Todo eso que borró el progreso mientras tú, encerrada, ni te dabas cuenta. Pasaron, Rosa, veinte años de oscuridad. Veinte años sin que te tocaran la lluvia ni la brisa ni el sol ni ese airecito fresco que sopla por las noches en tu pueblo. El mundo es tuyo ahora, Rosa, Tarso entero, aunque el kiosco en el parque, ya no esté.

Información de contexto

En la noche previa, Rosa la pasó nerviosa y tenía la convicción de que no saldría todavía a la calle porque no se sentía preparada. Si acaso, decía, se asomaría a la ventana porque sentía muchos nervios. Llevaba 20 años sin salir ni a la puerta.

Miriam Ortega, una vecina, fue su estilista todos estos años. Era de las pocas personas que podía entrar a su casa, porque Rosa se aisló. Dos veces se enfermó de gravedad y la sacaron envuelta en sábanas y boca abajo para que no mirara el sol.

En la mañana de ayer, llegaron varios vecinos y ella les agradeció a todos la ayuda que le
dieron. Ellos la animaron a salir y al final se decidió. No le era fácil, pues pensaba que el sol le haría daño luego de tantos años sin sentirlo en la piel.

José, su hijo, escribe un libro con la historia de su madre. Le agradeció su sacrificio y la valoró como la madre más grande del mundo. Dijo que su ejemplo le sirvió para ser un hombre mejor y que seguirá luchando por los desvalidos de su pueblo.

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