El día cuando Internet llegó a mi casa

Llegó a mi casa de manera silenciosa. Casi sigilosa. Llegó disfrazado de promoción en la caja de un portátil Acer de color gris, teclado en inglés, Windows 3.0 y pantalla en blanco y negro que mi esposa compró y dejó por ahí como quien no quiere la cosa.

Junto al Acer venían, además del cargador y otros accesorios, un cable telefónico y un diskette de una empresa llamada Multinet que ofrecía una prueba gratis por 30 días y enseñaba como instalar y hacer la conexión.

Durante días miré el disco con recelo, pero no me atrevía a intentarlo. En ese momento, los computadores me intimidaban. Tanto que nunca se me ocurrió comprar uno. Si en el periódico había, trabajaba en El Siglo con Macintosh, ¿para qué diablos necesitaba un computador en la casa?

Al fin, un sábado por la mañana, me atreví a dar el gran paso. Encendí el portátil instalé el programa, conecté el cable al Acer y dejé a la casa sin teléfono para enchufarme por primera vez a esa cosa llamada Internet. Fue amor a primera vista. El resto del día me la pasé navegando con Netscape a través de Altavista. ¿Se acuerdan de ellos? La casa se quedó sin teléfono, aunque cada llamada entrante me cortaba la comunicación y yo quedé enamorado para siempre de la Red.

Ahora que lo pienso, no entiendo por qué ese enamoramiento si por aquellos días no había gran cosa que buscar y encontrar. Unos “pocos” textos, la mayoría en inglés, que hablaban de cosas que uno apenas entendía. Las fotos se demoraban horas en bajar y el correo electrónico, aunque ya existía Yahoo, no servía de mucho porque no había a quien escribirle. Supongo que fue mi instinto de periodista el que me obligó a permanecer conectado, a explorar ese nuevo mundo que prometía facilitarme la manera de conseguir información.

Al Acer se sumó un clon de escritorio que nos vendió un amigo y hubo que comprar otra línea telefónica. Desde entonces no he pasado un sólo día sin entrar a Internet y desde mis pantallas he sido testigo de su vertiginoso avance.

En todos estos años han pasado muchas cosas. Unos inventos han llegado, tenido sus 15 minutos de gloria y desaparecido como si nada aplastados por nuevos productos y tecnologías. ¿Qué pasó con Lycos, Excite y Inktomi? ¿Alguien se acuerda hoy de ICQ el precursor de Messenger? ¿De los chats de sólo texto en IRC, reemplazados hoy por Skype y sus servicios multimedia? ¿Alguien recuerda cómo era Internet antes de Google y su maravillosa plataforma “multitodo”?

¿Alguien recuerda qué había antes de Facebook o Twitter?

Desde la inocente llegada del Acer a mi casa, el desarrollo de Internet ha sido vertiginoso. A las funciones básicas iniciales de comunicarse e informarse, se han sumado otras útiles como el comercio electrónico, pagos en línea, trámites en línea. Documentos en línea, vida en línea. Podría decirse que no hay nada que no se pueda hacer en Internet.

Para bien o para mal, Internet ya está aquí. Libre, como debe ser. Ojalá sus usuarios seamos capaces de defenderla de los Gobiernos y Corporaciones que quieren meterle mano y control.

El encanto de Internet está en su libertad. Debemos protegerla.

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Author: [email protected]