Sobre como comprar moto y sobrevivir en el intento

Es un karma que me persigue. En el supermercado, siempre escojo a la cajera a la que se le acabará el papel justo cuando llegue mi turno tras una hora de espera. En la fila del cajero automático siempre me toca adelante al tipo que no lo sabe manejar o que lo desocupa usando un mundo de tarjetas que, vaya uno a saber si son de él.

Cuando llamo a un taxi, el 80% de las veces el tipo que le contesta primero a la operadora se vara o no es capaz de encontrar la dirección. Debo reconocer que no es fácil llegar a mi casa por dirección.

En cine, me toca al lado el personaje que ya vio la película y no se aguanta las ganas de contarla. En Arturo Calle nunca encuentro la talla de la camisa que me hizo entrar. En el lavadero de carros, soy el único socialingenuo que deja el iPhone sobre el asiento del copiloto y claro, se lo roban.

Siempre me pasan cosas así. Nunca son cosas graves. Pero me parece entre trágico y cómico que me pasen sólo a mi. O eso creo. La compra de una motocicleta no fue la excepción.
Resulta que me cansé de los trancones en campero de 3.7 C.C., que lo pueden llevar a uno a la quiebra por el desperdicio de gasolina. De la pérdida de tiempo. Muerto de la envidia al ver que por mi lado pasaban siempre unos señores en sus motos como si nada, decidí hacer cuentas, mirar opciones y comprarme una moto que me lleve y me traiga.

Nada más. No la quiero para competir con los harlistas, ni para apostar carreras con los mensajeros de la droguería de la esquina. Tampoco para irme los fines de semana a llenarme de barro hasta la coronilla practicando “campo traviesa” en algún barrial prefabricado. Nada. Solo quiero ir y volver. Punto.

La encontré como la quería. Bonita. Roja. Alta, lo suficiente para que mis piernas largas no me hagan ver en ridículo como adolescente montado en un triciclo. Marca Honda. Creo que es una buena marca.

La pagué de contado. En el concesionario me ofrecieron como beneficios adicionales, casco y chaleco marcado, seguro obligatorio y, aquí hace su aparición el Karma que me persigue, exámenes médicos y curso de manejo, requisitos indispensables para obtener la licencia de conducción.

El examen médico fue un chiste. Me tomó tres días completarlo. Siempre hubo algo que se atravesara. ¿Alguien se habrá rajado alguna vez? Sospecho que no. El curso fue más o menos la misma historia. Consistió en darle vueltas a un barrio del noroccidente de Bogotá, con el instructor como pato, indicando cuando hacer un cambio, como voltear a la izquierda o a la derecha.

Apague y prenda. Pare de contar. De mecánica, ni una palabra. ¿De normas de tránsito? “Esopara qué doctor si usted ya se las sabe”. La cosa debió durar 4 horas, pero como demostré “aprendizaje rápido” se redujo a hora y media. Nunca le conté al Sensei que no es que yo sea un mago para aprender sino que esta es mi segunda moto.

En esas andaba cuando llamaron del concesionario a decir que debía ir a pagar un parte de hace como 3 meses. Que mientras tanto, ni pase ni tarjeta de propiedad. Lo pagué y a esperar. Tres días después tome: el Karma vuelve y juega. La “escuela de conducción” encargada de entregar los papeles al SIM para que expida el pase era deudora morosa y no le recibían los papeles. ¿Se imaginan cuantas “escuelas” habrá en Bogotá y yo me apunto justo en la que estaba en mora?
Superado el impasse llegó, por fin la hora de la entrega del vehículo y, sí ríanse, otra vez líos. Esta vez a la vendedora se la habían olvidado el chaleco y el casco. Mientras los mandó a marcar y traer, intentaron formalizar la entrega física de la motocicleta y entonces, lo que faltaba, el dichoso aparato no encendió. ¡Nueva y no encendió!

Ya era de noche. Así que paciencia. Mañana será otro día. Eso pensé anoche. Hoy jueves, finalmente me la entregaron. Impecable, limpia, lista. Todo funcionando. Salida del concesionario rumbo a la estación de gasolina para la primera tanqueada y a dar una vuelta. Por el camino una visita muy importante y ¿adivinen qué? El karma vuelve y hace de la suyas: Esta vez soltó tremendo aguacero.

Así que el estrene de la Honda Clásica de color Rojo Monza tocó con tremenda lavada para propietario desde la cabeza hasta los pies. Que vaina.

Con los únicos que nada me falla es con los computadores Macintosh, las Apple Store y los servicios Mac. Todo funciona. Ellos si entienden y aplican esa vaina tan extraña para nosotros los colombianos que se llama Servicio al Cliente.

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