La señora de los tintos

La esencia de su trabajo consiste en pasar desapercibidas la mayor parte del tiempo. En observar y escuchar para olvidar casi al instante. En ser visibles sólo en caso de emergencia. Cuando se voltea un vaso lleno de agua sobre un computador o cuando se le va un punto a la media velada de la Jefe.

Van y vienen como si flotaran. Apenas si se sienten. No las vemos. No hacen ruido. Pero siempre están ahí con una sonrisa a flor de labios. Con la solución al alcance de la mano sea esta un toalla súper absorvente, una aguja, una aspirina, una curita, un paquete de papas fritas o una reconfortante taza de café.

Son nuestras mejores compañeras de trabajo. En quienes siempre confiamos. Delante de ellas reímos y lloramos. Delante de ellas celebramos, nos quejamos y nos rebelamos. A veces nos atrevemos a consultar con ellas problemas para nosotros insolubles, sobre cosas que apenas entienden, pero que intentan resolver a punta de sentido común.

Siempre saben en donde fue que dejamos las gafas, que pedirnos a la hora del almuerzo cuando las reuniones se pasan de la hora. Llegan antes que todos los demás y son las últimas en irse. Son como unas madres de repuesto con licencia para ir a la oficina. Como siempre está ahí, sólo nos damos cuenta de que existen el día en que no están.

Son tan colombianas como el tinto. Tan queridas y respetadas por todos que uno no entiende como es que unos tipos se atrevieron a convertirlas en espías.

Son tan sencillas. Tan humildes que uno no entiende como es que el máximo Tribunal de Justicia en Colombia las haya despedido sin compasión ni miramiento alguno, mientras mantiene en su nómina a influyentes amigos de la mafia y los corruptos.

Quizá esa sea la explicación. Mientras las señoras de los tintos son culpables de su propia ingenuidad, de haber cedido a la presión, de haber terminado enredadas en una guerra de poderes que no les pertenece, los “honorables amigos de la mafia” ejercen como jueces impolutos abusando de su conocimiento de la Ley, su poder y su influencia.

En Colombia, según nuestra Corte Suprema de Justicia es más grave que la señora de los tintos se haya equivocado al ceder ante la necesidad, la tentación o la presión a que un Magistrado y su esposa hayan recibido dádivas y regalos de un mafioso cediendo a la vanidad y la ambición.

Para nuestra flamante Corte Suprema se ejerce pronta y cumplida justicia cuando se perdona y mantiene en su cargo al todo poderoso Magistrado y se castiga y destituye a la señora de los tintos.

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