Al filo de la censura llueven balas

Por: Fabián Cristancho O

Centro de Moscú. Su articulo apenas tomaba forma, esta vez sería sobre las torturas sistemáticas en Chechenia. Anna hilaba testimonios, datos, cifras y pruebas, escribía en la comodidad de su apartamento. Conocida por su serio trabajo de investigación en el conflicto de Chechenia y el gobierno de Vladímir Putin, la periodista recibió durante años decenas de amenazas, fue secuestrada y hasta envenenada. La tesón aguantó el veneno de los enemigos de su trabajo. Anna atiende a la puerta, es el cumpleaños de Putin. 7 de octubre de 2006, Anna Politkóvskaya muere tiroteada en el ascensor de su casa, en pleno centro de Moscú. El artículo terminó con su sangre.

“La gente a veces paga con su vida por decir bien claramente lo que piensa. De hecho, una persona puede incluso ser asesinada por proporcionarme información. No soy la única que está en peligro. Hay ejemplos que prueban lo que digo”, declaró a Reporteros Sin Fronteras un año antes de su asesinato. Un crimen que aún se encuentra en total impunidad luego de que el ex espía ruso Alexander Litvinenko muriera envenenado mientras trataba de investigar el asesinato de la periodista.

La generación de los intocables no perdona. Autores materiales absueltos –o también asesinados- y autores intelectuales en sólo sombras, sombras en altos cargos y de coctel en coctel con otros poderosos. En brutalidad, del Kremlin a Latinoamérica no hay tanta distancia como se cree.

En 1986, Don Guillermo Cano muere bajo una lluvia de balas en Bogotá. “Fue el  narcotráfico” dicen muchos, como si el narcotráfico pudiera apretar el gatillo o dar órdenes. Es cierto que El Espectador fue el primer medio que centró su atención a ese poder corruptor que poco a poco entraba en la sociedad y en las altas esferas del gobierno. La crítica del medio la pagó su director; la prensa lloró el 17 de septiembre de 1986. Recientemente, Ignacio Gómez le dijo a este diario que, “la muerte de un periodista, silencia a miles”.

Jaime Garzón y su crítica a los poderosos mediante el humor duro y directo también tenía una tumba preparada por sus enemigos mientras alternaba el periodismo con la gestión humanitaria tal y como lo hizo Politkóvskaya en negociaciones de rehenes. Orlando Sierra, es asesinado al frente de La Patria, su casa periodística. Su hija, quien caminaba con él, vio todo. El crimen fue atribuido a los gamonales políticos de Caldas y ocho años después de testigos e informantes misteriosamente asesinados, es llamado a indagatoria uno de estos poderosos de apellido Tapasco, un parapolítico.

Marzo 19 de 2010 una breve preocupante: es asesinado Clodomiro Castilla periodista y director de El Pulso del Tiempo en Córdoba. Crítico con los políticos de su región y testigo en procesos de parapolítica. “Estamos en el peor lugar de Colombia, lo que hubo fue una condena a muerte y el paredón fue su casa”, declaró Rafael Gómez, director de La Voz de Montería.

Una censura dura que desaparece al periodista incómodo para el poder, que genera miedo y alcanza titulares preocupantes. Hechos dolorosos y retardatarios para las democracias, sin duda. Una señal de aviso para medios y periodistas. Una cintilla transparente la cual es prohibido traspasar. Esa cintilla de miedo es el paso de una cuasi evolución de la censura dura a la blanda. Es verdad, es Colombia los índices de asesinatos a periodistas han bajado, eso sólo es una muestra de la censura blanda. Las amenazas no cesan y el exilio –que no merece una breve- aún es pan de cada día pero no nos damos cuenta. Es la censura cocinada en los cocteles con toda la etiqueta posible; ingrata cocina de la impunidad.

Reporteros Sin Fronteras ha señalado en repetidas ocasiones que “la pluralidad informativa en Colombia se paga con la vida, por lo que el peligro para los comunicadores en el país sigue latente”.

¿Libertad de expresión?, amplio y difundido derecho fundamental, presente en la carta magna de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Otro papel que enseñarle a los hijos de las víctimas mientras las instalaciones del diario arden en fuego, a los lectores que extrañan, a los vacíos de la memoria. Señora o señor humano, usted tiene derecho a expresarse; a ese grado hemos llegado, a volver ley lo obvio.

“El periodismo es libre o es una farsa” dijo Rodolfo Walsh. Aquí hay libertad de expresión pero se echa al columnista que critica al gobierno que se encuentra entre los intereses políticos del medio para el que trabaja. Se cierra y se echan periodistas de una revista de investigación porque estaba pisando callos y se necesitaba contenido más “light”. Qué se puede esperar si se reprime en el sinónimo de la libertad en este tiempo: Internet. De pronto, señor periodista usted no sea asesinado por destapar aquel escándalo que investiga, pero si está en peligro de que en su posterior publicación, sea despedido, amenazado, intimidado y finalmente exiliado; no se puede quejar, en eso hemos mejorado. Hemos mejorado en que ahora se asesinan las letras, las voces y las palabras, no diga más.

Adenda: Según la FLIP, desde 1977 han asesinado 134 periodistas en su ejercicio informativo y en el 2010 se han registrado 83 violaciones a la libertad de expresión a 111 víctimas. Pero aquí, no pasa nada y que lo diga José Obdulio Gaviria.

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