Aproximación al corrupto

Por Óscar Domínguez G.

El corrupto no quiere dejar pasar su cuarto de hora: ahora o nunca es su divisa. Después del  gusto que venga el susto. Así tenga  que pasarlo con el traje a rayas del presidiario. Si robó lo suficiente, sabe que puede lograr el beneficio de la casita por cárcel.

Los tumbadores “sensatos” piensan cínicamente, con el pragmático aquel: primero me enriquezco y después me honradezco. Y adiós recelos que pueden dañarle el almuerzo. Angurrioso de cuna, se la juega al todo o nada.

El corruptico hecho en Colombia camina por la vida como quien no va para ninguna parte. Huye de sí mismo. Tiene la mirada anárquica del que mandó la ética de paseo. Mantiene abajo las reservas éticas,  a la altura del betún. Con ella no se paga arriendo. ¿Entonces?

Proclama que el güisqui, o la leche, no preguntan si la plata con la que los compran es lícita o no.  No duerme. Mientras ronca, alguno más avispado le puede madrugar. Lee el periódico para ver quién de la competencia está tumbando más. Y cómo. Si hay que clonar triquiñuelas, lo hace sin ponerse colorado.

¡Contrato! El voquible de ocho sonoras letras es la banda musical de su vida. Escribe  planas de cien con esa palabra  para darse ánimos y escurrirle el bulto a los  escrúpulos que lo estresan a uno.

Tiene calanchines-consuetas en las oficinas públicas. Y en las privadas. No discrimina. Donde menos se piensa salta la liebre del billete.

Los corruptos del siglo XXI nacen con chip incorporado para detectar donde está su coqueta majestad el serrucho, otro de los nombres de esa forma de hacerse al dinero fácil.

“¿Fácil? ¡Cómo ño, moñito”, se lamentan! ¡Con la cantidad de concesiones que hay qué hacer! Dadme un contrato y moveré el mundo, proclama el moderno Arquímedes de la era de Internet.

Tiene mucho de caranga resucitada, de trepango. Como se enriquece de un día para otro, se empeña en vengarse de su incómoda pobreza. Puede  ser sorprendido in fraganti comiendo morcilla con champaña, sushi con paletas.

No le da pena salir a la calle con una fina corbata mal habida, ni pagar el caviar traído del mar Caspio con la platica que debía convertirse en carretera, coliseo, escuela, guardería, comedor comunitario.

Vive a, hasta, para, por, con, sin, sobre, tras el contrato. Vende su alma al diablo con tal de coronar, uno de los verbos preferidos de su jerga de malevo impenitente.

No ve su torcida conducta como una forma ilegal de hacerle trampa al Estado. O a su prójimo, que paga impuestos para que él engorde su cuenta bancaria.

“Chupen por bobos”, le  confía a su almohada. A la que no le consulta nada porque sospecha que lo puede recriminar. No admite intrusos infiltrados en su conciencia.

A veces se cuida de mirar a los ojos a los integrantes del chamizo (árbol) genealógico que en alguna forma se benefician de su “talento”, calladitos la boca.

Se acuesta rezando: “Dios mío, en tus manos colocamos este chancuco que ya pasó…”.

(Ojalá este perfil no me haya quedado demasiado autobiográfico).

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