Hace 25 años no hubo Twitter

Hace 25 años, el piloto de una avioneta de fumigación nos confirmó por la radio que Armero, un próspero pueblo arrocero del Tolima, había desaparecido. Una avalancha de agua y lodo había sepultado a más de 20 mil personas con todos sus haberes. En dónde antes había edificios, bancos, casas, bodegas, almacenes, bullicio, música y burdeles ahora sólo había barro, silencio y desolación. Armero desapareció.
Exactamente ocho días antes, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, unos bárbaros, a nombre del “pueblo”, habían invadido a sangre y fuego al recién estrenado Palacio de Justicia y tomado como rehenes a la Corte Suprema de Justicia -esa si una Corte respetable, esa si una Corte Suprema- y al Consejo de Estado.
Ese mismo día, un poco más tarde, otros bárbaros, también a sangre y fuego, pero esta vez a nombre de “la democracia” intentaron ingresar con tanques y helicópteros para desalojar a los primeros. Como no pudieron, decidieron bombardear el edificio con secuestradores y rehenes adentro ante la mirada impotente de decenas de periodistas y sus cámaras de video y fotografía mientras “el pueblo” que decía representar el primer grupo de bárbaros, veía fútbol por televisión por orden de los “demócratas” que decía representar el segundo grupo de agresores.
Al final, como en Armero ocho días después, donde antes había Constitución, leyes y códigos; secretarias, abogados y magistrados, ahora sólo había sangre y muerte. Un penetrante olor a pólvora. Silencio y desolación. La Corte Suprema de Justicia desapareció.
Hace 25 años no había teléfonos celulares, ni Internet. No había blogs o correo electrónico. Tampoco Google, Facebook, YouTube o Twitter.
La verdad de los hechos, aún la de aquellos ocurridos a pocos metros de los medios de comunicación, se demoraba en llegar. Tanto que, en el ataque al Palacio de Justica, aún no sabemos con certeza si fue financiado por el narcotráfico, ni quien dio la orden del bombardeo oficial que carbonizó el edificio. Ni siquiera sabemos cuanta gente murió adentro.
De Armero no sabemos, 25 años después, si el cura párroco a quién le correspondía dar la señal de alarma para evacuar el pueblo en caso de avalancha, no avisó porque el miedo no lo dejó o porque no le dio la gana.
¿Qué habría pasado, si hace 25 años hubiéramos tenido Internet, correo electrónico, Blackberry, iPhone, iPad o laptop? ¿Qué si hubieran existido Facebook, YouTube o Twitter?
Es seguro que ninguna de las dos tragedias se hubiera evitado. Ni la naturaleza, ni los criminales se detienen ante la razón o la tecnología. Pero, también es seguro, que no hubiera muerto tanta gente en Armero, porque unas personas podrían haber alertado a las otras pues no dependerían de la serenidad o la buena voluntad de un cura párroco.
Y en la Plaza de Bolívar y sus alrededores no hubieran masacrado, además de a los magistrados, empleados y visitantes del Palacio de Justicia, a la verdad y las libertades de expresión e información, pilares esenciales de la democracia que los dos grupo de agresores decían defender.

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