Manual de redacción para decirle NO al TIO SAM

Por Óscar Domínguez G.

Nunca supe que era tan buena gente hasta el día que respondí las  preguntas contenidas en el apartado 34 del formulario de solicitud de visa de no-inmigrante para entrar a USA.

Este Día de Acción de Gracias en Usa comparto los noes que dí y, en azul, las justificaciones que le oculté a la CIA.

– ¿Ha sufrido alguna vez una enfermedad contagiosa de alto riesgo para la salud pública, o un desorden mental o físico peligroso, o ha sido adicto, o ha abusado  de las

drogas?  No.

(Las preguntas poco tienen que ver unas con otras. Es como si le preguntaran a uno al mismo tiempo si es ateo y creyente. En cuanto a mi salud, es tan buena que me declaro candidato a morir aliviado. La enajenación mental tampoco ha sido mi fuerte, pero compadezco a quien no lleve encima una mínima cuota de locura para sobrevivir. Alguien dijo que si no cometía al menos una locura al día se volvería loco.

Finalmente, confieso que  llevo mi dosis personal… de aspirina a todas partes para extraditar infartos sospechosos. Fuera de programa, considero que la pregunta sobre la droga dejó de ser válida después de que el entonces presidente Clinton confesó que

fumó pero no aspiró marihuana. Algo tan imposible como quedar ligeramente embarazada una dama. O después de que el presidente Bush le comentó a un amigo que no podía admitir que había fumado maracachafa porque eso podría considerarse mal ejemplo para la juventud o algo así. Para no hablar de que la marihuana Made in Usa ya se puede comprar en cualquier tienda gringa).

– ¿Ha sido arrestado o convicto por cualquier delito o crimen aun cuando se beneficie por un perdón, amnistía u otra acción legal? No.

(Nunca he pagado cana. Más aún: siempre he tenido la libertad por cárcel. En cuanto a perdones, siempre he creído que mentimos impunemente en esa parte del Padrenuestro  que dice … “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”. Perdonar es más fácil que dejar el vicio del cigarrillo: todos lo hemos dejado decenas de veces en la vida.  Si de verdad perdonáramos, y lo que es más difícil, olvidáramos,  viviríamos en paz. Dicho sea de otra forma: hay que perdonar y encimar el olvido por negocio. O pragmatismo que llaman en USA).

– ¿Ha sido alguna vez traficante de substancias controladas (drogas), prostituta o proxeneta? No.

(He sido traficante de ensueños. Soñé con ser bombero, policía o interior derecho del Atlético Nacional, mi equipo de Medellín, cuando esta plaza existía dentro de la burocracia balompédica. Nunca he sido prostituta, pero no sólo por motivos evidentemente fisiológicos. Soy periodista mientras no se me demuestre lo contrario. En cuanto a lo de proxeneta, sería incapaz de ejercer un oficio que suena tan mal al oído).

– ¿Ha tratado de obtener visa … de ingreso a USA mediante fraude o tergiversación voluntaria?

He buscado repetir visa Usa – hoy vencida- para seguir de cerca el sueño americano.

Quiero trabajar con la plata del Mister. O sea, hacer lo mismo que ellos han hecho, pero al revés. Mejor dicho, quedarme con lo que más pueda de ellos, aprenderles que llaman. En todo caso, prefiero soñar en Macondo y no en el Broadway neoyorkino, último sitio donde ronqué durante la comedia musical “Jekill y Mr. Hyde”. Eso sí, estuve muy despierto en el cabaré “Blue note”. Una delicia. Tampoco soy de los que madrugan a detestar a Estados Unidos. Los admiro, ve, con notables excepciones, sobre todo gubernamentales. Con odiar no se pagan arriendo ni impuestos. Y copiándome de los hermanos pudientes del norte, como los llamó mi General Torrijos, repito que hay que ser prácticos en la vida).

– ¿Ha sido deportado de Estados Unidos en los últimos cinco años? No.

(Un sábado salí de Miami por mis propios medios, arriando first class,  en un avión lechero de Avianca cuya  tripulación fue ruidosamente aplaudida por colombianos nostálgicos cuando se nos informó que “pisábamos” cielo colombiano, y luego cuando aterrizó en Eldorado).

– ¿Intenta ingresar a los Estados Unidos para participar en la violación del control de exportación, actividades subversivas, terroristas, o cualquier otro propósito ilegal? No.

(Tranquilos, muchachos. Con el roquero español Joaquín Sabina, diría que soy un anarquista que respeta el semáforo)

– La pregunta siguiente es más larga que una semana sin parque. Indaga si el aspirante ha tenido que ver con el régimen nazi o si ha participado en algún genocidio. La respuesta es no

(Cuando yo nací, Hitler salía por la puerta falsa de la historia. O sea, nada que ver. En cuanto a la segunda parte, en mi condición de único varón domado  que habita mi casa, me corresponde cometer “genocidio” … pero de zancudos cuando están en cosecha, procurando no despertar a mi bella durmiente de al lado. En casa, los zancudos mueren aplaudidos…).

– ¿Es usted miembro o representante de una organización

terrorista? No.

( Aprovechando que el senador Mc Carthy ya no nos acompaña, me declaro furibundo marxista. En efecto, me he enriquecido ilícitamente con la metáfora del  cómico Groucho Marx quien dijo que no aceptaría formar parte de un club que lo acoja entre sus miembros. Además, siempre me faltarán ropita, hígado e ideología para ser terrorista. No quiero que por dentro de mí asusten. No les quito mCola en la embajada gringa

Por Fray Augusto

Hacer cola y protestar son dos de los grandes pasatiempos colombianos. Aquí nadie se muere la víspera, sino cuando le toca en la fila india.

Cómo será de jarto hacer cola que muchos pagan para que las hagan por ellos. Hay personas y empresas en Medellín y Bogotá que se dedican a hacer cola por otros.

Les debe ir de maravilla, porque nada más deprimente que gastarse la vida detrás de una cola que no sea la de Natalia París.

Protestamos porque la cola no se mueve, porque los empleados que atienden en la ventanilla son lentos, hablan con el vecino, toman tinto,  almuerzan, llaman por teléfono. ¿Cómo se les ocurre hacer prosaico pipí?

Protestamos cuando alguien se cuela en la  fila, o cuando el gerente del banco le pasa a uno de sus subalternos la consignación de su tiniebla de turno por debajo de cuerda (a ojos vistas, por lo demás).

Pero hay un sitio donde nadie protesta cuando hace cola. Ese sitio único en Colombia es la embajada de Estados Unidos en Bogotá. Allí se acaba como por arte de magia el mal genio. Si no se acaba, toca disimularlo.

Todos allí somos mansas palomas. A nadie se le ocurrirá pegarle el grito al gringo de la ventanilla para que se apure. Ni modo de decirle que trabaje que para eso le pagamos con nuestra plata.

No, los que van a pedir la visa Usa, hacen cursillo para santo Job y esperan sin chistar. ¿Que hay que hacer fila cinco, seis horas? No importa, el sueño americano se merece todas las  esperas.

¿Qué lo convocan a una hora determinada y lo están llamando horas después? De malas.

Los empleados gringos que atienden las ventanillas se pueden tomar un semestre para despachar uno de los clientes que se arrima a su ventanilla y nadie los criticará. Saben que tienen muchos futuros en sus manos.

Nadie se atreve a moverse de su sitio,  espantar una mosca que se amañó en el pescuezo, o tomarse un tinto caro y malo en la cafetería de la embajada por temor a que en ese preciso momento lo llamen y se pierdan chicha, calabaza y miel.

El colombiano que aspira  largarse de Macondo, solo tiene ojos y oídos para el gringo anónimo de la siniestra ventanilla salvadora.

Si por los altoparlantes llaman personajetes más o menos encopetados para que sigan adelante, saltándose la cola, nadie les echará el consabido madrazo. Es más, de pronto le piden autógrafo. Famosos no se ven todos los días.

Los famosos, con el ego subido,  convierten la entrada a la embajada en una pasarela y se pavonean orondos, mientras la gente de la llanura espera. En la cara de los que abandonan la tal ventanilla se adivinará fácilmente si les dieron o no la ansiada visa Usa.

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