¿Santos está pasando de un universo a otro?

Por Eduardo Mackenzie

Una cosa es decirlo, otra hacerlo. ¿Podrá mantener el presidente Juan Manuel Santos su cuestionada y cuestionable promesa de extraditar el señor Walid Makled García a Venezuela?

Las razones que la cancillería colombiana invoca para hacer eso son inexactas: que Chávez pidió primero a Makled, que éste ha cometido unos crímenes de sangre en Venezuela. La nota diplomática entregada el 17 de agosto de 2010  por el gobierno norteamericano al gobierno colombiano, un día antes de la captura de Makled en Cúcuta, muestra que Caracas jamás pidió antes que Estados Unidos la extradición de ese traficante. La DEA  le seguía los pasos a Makled y la embajada de Estados Unidos en Bogotá pidió a Colombia que lo detuviera “para fines de extradición”. Extraditarlo a Caracas en esas condiciones es tomar una decisión política grave.

Si Makled es extraditado a Venezuela, Santos habrá dado un paso muy visible hacia un cambio de la orientación  estratégica de las relaciones diplomáticas de Colombia. Ese acto, mas la visible desidia que existe en Palacio para replantear el pacto con Estados Unidos sobre las siete bases militares, podría ser la confirmación de que los ejes estratégicos del país van a cambiar, o que hay, de hecho, un nuevo rumbo en la política exterior, sin que la opinión pública haya sido advertida.

¿Se estaría haciendo eso sin consultar la voluntad ciudadana? Juan Manuel Santos fue elegido sobre una base política muy clara: la continuidad de la política de seguridad democrática, que es un conjunto de orientaciones de Estado y no sólo una orientación táctica respecto de la lucha política y militar contra el narco terrorismo en todas sus formas.

Santos no fue elegido para que girara hacia una política alterna, u opuesta, ni hacia una especie de tercera vía incierta, en la que cabría un acomodamiento ante las exigencias del imperialismo bolivariano.

Digo esto con enorme preocupación pues lo que está ocurriendo en estos días en las altas esferas del poder deja una impresión muy contradictoria.

¿Está aceptando el presidente Santos  la política de Hugo Chávez de “todo o nada”? Restaurar las relaciones diplomáticas con Venezuela está muy bien. Todo el mundo aplaude al presidente Santos por haber logrado esa restauración.  Sin embargo, Caracas está sacando falsas conclusiones, o inferencias abusivas, de esa nueva fase de las relaciones bilaterales. Es como si Caracas asumiera que Bogotá se somete ahora a sus dictados. Ello sería inaceptable. Colombia no puede renunciar a su deber de soberanía nacional, de autonomía y de libertad efectiva y real frente a los otros Estados.

Por qué, al capturar a un personaje como Makled, que ha enviado más de cinco toneladas de cocaína a los Estados Unidos, Colombia no lo puede extraditado a los Estados Unidos, como siempre lo ha hecho en casos semejantes?  ¿Por qué debe ir a Venezuela, donde ese personaje gozaba de facilidades especiales para hacer sus ilegales negocios?

¿Exigirle ahora al presidente Santos que, en virtud de una promesa dada no se sabe dónde ni cuándo, debe poner a Makled en manos de la policía venezolana, donde el hombre puede perder la sonrisa, la memoria, y hasta la vida, es una muestra de relaciones diplomáticas restauradas? No. Es la prueba de que Caracas pretende imponerle a Bogotá unas decisiones gravísimas.

Lo que pide Chávez a Santos es absurdo.  Lo que pide Chávez es, ni más ni menos, que Santos golpee los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. Más precisamente: en un momento de decline evidente de su dictadura, el presidente Hugo Chávez quiere que Colombia sirva de martillo contra Washington. ¿Puede Colombia asumir ese nefasto papel?  ¿Para ir hacia donde? ¿Para ganar qué? ¿Para que Colombia se vea en problemas ante su aliado histórico y caiga definitivamente en los hilos de la diplomacia de Unasur y del Alba?

No, Colombia no puede asumir la responsabilidad de consolidar un régimen fanático y detestable que no ha tenido jamás para Colombia nada distinto a una política de insultos, amenazas y violencias extremas.

Bogotá debe suponer que Estados Unidos insistirá en la extradición de Makled como insistió ante Tailandia para que le entregara el traficante de armas ruso Viktor Bout. Moscú se oponía con fuerza a esa extradición. El señor Putin le propuso a Tailandia regalarle armas y hasta un submarino de combate a cambio de que le entregara el “mercader de la muerte”, el mismo que quería dotar a las Farc de misiles antiaéreos y aviones artillados. No obstante, Washington ganó la partida. ¿La Casa Blanca  se cruzara de brazos ahora ante el caso Makled, que no es menos importante?

Lo que está en juego es enorme y eso lo sabe bien Bogotá. Ayudando al Irán islamista a instalarse en los asuntos hemisféricos, Chávez y su banda están tratando de dislocar los equilibrios históricos del continente. El armamentismo chavista es consecuente con esa perspectiva. La guerrita de nervios que nos hace en el Caribe con la ayuda de Cuba y Nicaragua hace parte de esa ofensiva. ¿Ante ese panorama debe Bogotá arrimarse a Caracas o debe reforzar, por el contrario, su unidad interna y sus alianzas con el mundo democrático y atlantista?  Esa es la cuestión de fondo. Un mal paso en el tema Makled podría ser la peor señal que Colombia podría enviarle a Estados Unidos. El presidente Santos tiene la palabra. Reconsiderar su decisión del 16  de noviembre sería lo más sensato que  podría hacer.

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