Algunos deseos para el año 2011

Por: Jairo Cala Otero

Confieso que no sé quién carajo inventó la costumbre de hacer mención de los propósitos (aparentemente firmes y optimistas), para cambiar pensamientos y conductas, cuando la última hoja del calendario desaparece de nuestra vista y se asoma, en su remplazo, la primera hoja del siguiente año. Pero es una tradición legendaria, tiene mucho arraigo en varios países; no parece haber fuerza alguna capaz de detenerla ni de cambiarla.

Como inofensiva e inocua es aquella costumbre, ha echado raíces muy profundas, que se “entierran” a profundidades insospechadas en la mente de muchas personas. ¡Hasta rituales hay en los que se balancea lo ridículo y lo que sus practicantes llaman “fe ciega”! En verdad, de ceguera sí parece haber mucho; poco, muy poco, o casi nada, de fundamento lógico, creíble; y de acierto, ¡no hay ni un ápice! Pero los ritualistas de fin de año no renuncian a esa tradición. Entonces, habrá que tomarse el asunto como un juego divertido. Porque ¡ni de fundas caeré en las supersticiones de aquellos rituales! Ni los menciono aquí, porque usted ya los conoce; y porque no vale la pena, ciertamente, mencionarlos.

Pero sí me ocuparé en las siguientes líneas de algunos anhelos –muy personales, por cierto- que yo poseo para el año que está por comenzar. Por supuesto que no pretendo imponérselos a nadie, a nadie, a nadie. Son apenas una manifestación escueta, libre y optimista de lo que se podría alcanzar si hubiese una dosis mínima de buena voluntad en la gente interesada. Los expongo aquí porque están directamente relacionados con mi apostolado de fomentar el buen uso del español, lo que equivale a decir a fomentar una comunicación humana de buena calidad. Veamos:

  • Que haya creciente interés en muchos más colombianos por conocer y usar, apropiada y correctamente, el idioma que nos legaron los conquistadores españoles. Todavía hay mucha gente con cartones académicos colgados de una puntilla en una pared, pero con estrambóticas formas para expresarse por escrito o de viva voz. Son “doctores acartonados” con huecos notorios en su formación académica.
  • Que mis compatriotas avispados con la mente, todos, todos, entiendan que está transcurriendo el siglo de las comunicaciones; por eso, hay tantos sistemas y aparatos que tecnológicamente nos deslumbran. Pero si no “afinamos” el lenguaje, no será mucho lo que alcancemos en materia de comunicación, aunque tengamos toda esa modernidad a nuestros pies.
  • Que haya más versatilidad en los mensajes que, como una espiral arrolladora, circulan, por miles y miles, por las autopistas del ciberespacio, sin límite, sin control, sin medición… En verdad, apenas el 20% de los correos electrónicos, por ejemplo, sirven para algo provechoso; el 80% restante ha dado en llamarse –por los técnicos en informática, no por mí- “basura electrónica”. Mucha desigualdad, ¿no le parece?
  • Que los ingenuos despierten de su sueño profundo de amasar fortuna por arte de magia, o de obtener lo que el dinero no es capaz de proporcionarles, precisamente porque no les es suficiente: nadie regala dinero como dicen las ‘cadenas’ –absurdas, además- que le atribuyen generosidad y desprendimiento a Bill Gates u otros magnates; nadie obsequia celulares, televisores, viajes alrededor del mundo, ni nada parecido…¡Que despierten los facilistas y se den cuenta que para amasar fortuna sólo hay un camino expedito: trabajar honradamente, repito, honradamente. Usted ya sabe cómo terminan quienes la consiguen por medios ilícitos.
  • Que los foristas en las páginas virtuales de los periódicos cesen la agresividad que libran a diario; lo único que consiguen es quedar como un trasero asomado por una ventana a medianoche. Porque sus palabras los “desnudan”, y se los ve, entonces, como unos gaznápiros.
  • Necesitamos menos quejumbre, más optimismo y acción. Con quejarse diariamente, como un ritual incesante, nadie ha conseguido nada de lo que desea; ni nadie lo conseguirá. Que en vez de las voces destempladas, clamando en el desierto, haya un ejército de compatriotas resueltos; de pensamiento y acción optimista, aun en los momentos de crisis. Es en ellos cuando se conoce a la gente cojonuda.
  • Que se cambien las maldiciones y las palabras soeces por un lenguaje decente, respetuoso y distinguido. Sabido es que la energía del universo nos devuelve todo aquello que producimos y enviamos a la atmósfera. Las bendiciones llegarán cuando aprendamos a usar palabras austeras y optimistas.
  • Que los profesores en verdad profesen la actividad de enseñar a hablar y escribir bien,  y que sus alumnos dejen de autoengañarse creyendo que eludir las normas correctas de la escritura y el habla los sacará adelante, igual que a quienes se empeñan en avanzar en esa materia. Para incursionar en el mundo de la mediocridad sólo basta apartarse del conocimiento, y admitir, en cambio, las sombras de la ignorancia.
  • Deseo que haya más lectores que se atrevan a escribirme, que no tengan temor alguno; no soy verdugo, ni lo seré jamás. Por ende, no los regañaré si, eventualmente, incurren en faltas de ortografía, semántica, sintaxis o concordancia. Al revés, en tales casos deben darse la oportunidad de mejorar, pues les ofrezco mi ayuda. “Egoísmo” es un término que sólo conozco en el diccionario.
  • Y para no cansar más: que ojalá contesten, de vez en cuando, los correos. Porque entre más facilidad de comunicación tenemos, más incomunicados se nos están volviendo muchos compatriotas. No se requieren epístolas, ni tratados filosóficos para dejarse notar del otro; a éste le ha demandado tiempo y buena voluntad escribir lo que envía.
  • No me deseen más que acierto en los nuevos planes (que conocerán a tiempo). ¡Porque llevo seis años y medio cuidando la semilla que sembré, y va siendo hora de empezar a recoger los frutos! Para usted, caro y entrañable amigo del ciberespacio, mi ferviente deseo porque este año que nos pisa los talones le traiga una mentalidad abierta y optimista; y que la vida lo premie en concordancia con sus buenos actos humanos. Así sea.
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