Barcelona y las banquitas

Por Gabriel Romero Campos

En los años 70 y 80 éramos testigos de otras costumbres. Bogotá, entonces, era una ciudad más fría, tener vehículo parecía asunto de privilegiados y en las calles, que no estaban tan invadidas de autos, era común que plantáramos dos porterías y jugarámos interminables clásicos de cuadra contra cuadra, religiosa costumbre a la que le llamábamos banquitas.

El asunto no resultaba sencillo. Los arcos no eran muy anchos, los equipos estaban conformados por cinco o seis jugadores y teníamos la osadía de pactar compromisos a seis goles, y para que no quedaran dudas de las dificultades, no permitíamos que un encuentro finalizara 6-5. Debía haber dos goles de diferencia, así que no pocas veces nos íbamos a tiempo extra. En estas condiciones, el fútbol se jugaba a ras de piso, raras veces había goles de media distancia o de cabeza y en la mayoría de las ocasiones, el equipo más talentoso debía sortear la defensa cerrada del rival, que jugaba al error y al espacio que otorgaba cada contragolpe.

Se hacían tan largos los partidos, que no pocas veces nuestros padres de familia esgrimían sus cinturones, enfurecidos porque a la medianoche todavía estábamos armando paredes con los compañeros o con los andenes altos y celebrábamos a rabiar el go, decisivo, como si fuera la obtención de un título mundial. Cuando un sueño profundo vencía la estrecha vigilancia de nuestros padres, no faltaba la sorpresiva presencia de un vehículo de la Policía, con lo cual el clásico quedaba en suspenso.

Luego crecimos, nos cambianos de barrio o la ciudad se convirtió en una cárcel de conjuntos cerrados y vecinos invisibles, y las calles, cada vez más congestionadas, dejaron de ser el estadio El Campín, el Monumental, el Maracaná, el Olímpico de Munich o el templo sagrado del Ajax de Johan Cruyff. El fútbol perdió sentimiento y ganó en deber. Con el correr de los torneos pareció ser una certeza aquello de que todo tiempo pasado fue mejor e hincha que se respetara evocaba una y otra vez, con nostalgia, aquel Brasil del 70 y aquella Holanda del 74.

Y en medio de estas sociedades abrumadas por el pesimismo y el espíritu competitivo de las nuevas generaciones se nos hizo creer que en el fútbol, salvo contadas exepciones, la estética se había echado al olvido. Parecía que avanzábamos en una oscrua e interminable noche hasta que apareció el Barcelona de Pep, Messi, Iniesta, Xabi y compañía.

Pasan los días, los meses, los años, los torneos y Barcelona juega cada vez mejor y no para de romper records y de asombrar al mundo. Barcelona, que juega a ras de piso, que no levanta centros divididos o comprometedores, que casi no anota de media distancia o de cabeza en medio de un entrevero, no se cansa de tejer y tejer, de tocar en corto, de darle forma a su obra de ingeniería ante un bosque de piernas rivales. Y lo hace como si estuviera jugando banquitas. Tiene el desenfado de anotar en las propias barbas del arquero adversario, luego de una seguidilla de 30 toques en la que participan hasta los jugadores suplentes.

En Barcelona están prohibidos los airados despejes o las innecesarias rifas de balón. Ha llegado tan lejos, que el aguerrido Puyol se ha vuelto tocador y lo piensa dos veces antes de intentar un rechazo largo a cualquier parte. Nada raro que al final de año lo suban al medio para que fabrique paredes con los maestros que por allí merodean.

Barcelona ha derrotado todos los presupuestos. Barcelona ha pasado por encima de Brasil 70, de Holanda 74, del Milan de Gullit y Van Basten. Barcelona salta a la cancha y cada encuentro es un partido de exhibición, como en los tiempos de los Trotamundos de Harlem. Barcelona puede hacer que Real Madrid parezca un equipo de segunda división y no halla dificultad alguna para marcarle cinco goles, en sus propias narices, al mejor arquero del mundo.

Barcelona parece de otro planeta. A este equipo sí que se le puede calificar de galáctico, sin temor a caer en exageraciones. Barcelona, metáfora de la felicidad, juega y no deja jugar. Pueden pasar 70 minutos sin convertir un solo gol y, sin embargo, sigue fiel a sus convicciones y estilo, como si conociera el final del libreto y supiera que antes del pitazo final el gol ha de llegar.

Contra los cánones modernos del fútbol, el mejor equipo de todos los tiempos juega banquitas. Nos ha devuelto a los años maravillosos del potrero o del asfalto, cuando íbamos a la cancha con la plena seguridad de que, una vez más, le íbamos a dar una muenda de aquellas a la cuadra de la 25.

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