Biografía (no) autorizada del bluyín

Por Óscar Domínguez G.

En el árbol genealógico de todo bluyín hay un marinero genovés. Con razón Colombiatex de América decidió hacerle un coqueto reconocimiento estos días en Medellín. Los historiadores que han rastreado el origen de la prenda, la ponen a nacer en Génova, Italia, que ya nos había regalado a Cristóbal Colón quien tuvo a bien descubrirnos gracias a un lapsus.

El bluyín, como el amor, “es eterno mientras dura”. La mayoría, o sea “la mitad más un traidor”, juraba que era de estirpe gringa. Al fin y al cabo es el traje de los vaqueros que disparan balas en las películas del Oeste. Y es la pinta de fin de semana de los presidentes Made in USA que se desestresan disparando misiles.

En épocas de vacas gordas, Génova fue potencia marítima. Usted levantaba un cenicero y debajo había un marino. ¡Qué gente pa beber, amar y p’acabar ropa! Como cualquier universitario. Además, parece que Génova también era rica en gente pobre. Pero como Dios aprieta pero no ahorca, además de pobres y de marinos, le dio a la ciudad la extraña “virtud” de producir una tela finísima, de color azul. Se juntaron el hombre con la necesidad –marineros, pobres y tela- y el jean estaba inventado.

Fiel a la vieja costumbre de nombrarlo todo, el hombre tomó el nombre francés de Génova (Gênes) y bautizó al vestido ese, así: jean. El azul (blue) vino por añadidura.

El asunto parece traído de los cabellos, pero no es culpa mía. La historia es la historia. Una exposición hecha en París en la que un pintor italiano de la época se deleitaba pintado gente humilde con esa prenda, arrojó claridad sobre sus orígenes. Al anónimo pintor de pobres le gustaban más su trabajo, la pizza y la lasagna que la inmortalidad, y olvidó firmar sus cuadros.

Con el tiempo y un palito los rostros de madera de la Academia de la Lengua autorizaron que llamáramos bluyín al matrimonio entre blue y jean. Qué fácil se ganan la vida los académicos: avalando lo que el público inventa. En reciprocidad, a quien les da de comer, le dicen vulgo. Así paga el diablo…

Ahora, como los genoveses no eran egoístas sino comerciantes prósperos, se largaron a exportar esa tela que se vendió como pan caliente. Otros talentos que posan de historiadores, aseguran que el bluyín es originario de Nimes, Francia, (de allí el denim) y de Milán. Pero no nos enredemos. Dejemos al pantalón vaquero naciendo en Génova y adiós. Difícil encontrar una prenda que dure más que el olvido y el rencor juntos. Por eso pegó desde el siglo XVII cuando nació. Aunque el XX fue el siglo del bluyín.

Personalidades como Marilyn Monroe y Jaime Dean lo convirtieron en ícono. Todo el mundo quiso ser Marilyn y Dean y procuraba irse a vivir dentro de unos bluyines. Como el exalcalde de Medellín, Sergio Fajardo, quien ha vuelto a salir con doña Lucrecia. En promedio, de tres personas, cuatro tienen el bluyín por cómoda e informal cárcel.

Muchos vienen ya desteñidos, arrugadas, vueltos añicos, con huecos por todas partes. Antes de enviarlos a los almacenes, los gerentes les pagan a sus operarios para que les den contra las paredes y el piso. Que trapeen con ellos, como si se tratara del jefe más tirano. En eso quedó el invento de los audaces genoveses. ¿Qué dirá Colón?

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