¿Inteligencia vial sin procesos culturales? imposible.

Por: Gustavo Montenegro Cardona

Durante los últimos días se ha logrado hacer entrega de un buen número de calcomanías, stickers, tarjetas, y material de mercadeo persona a persona con la imagen corporativa de la campaña “Inteligencia Vial” y ya son varios los automóviles particulares y de servicio público que exhiben el letrero de la promoción bien porque alguien se los entregó, bien por aparentar estar de acuerdo con el mensaje esencial de la campaña o porque se piensa que el letrero lleva consigo un cambio automático de comportamiento.

Mientras la campaña avanza, y el Estado invierte recursos significativos en su plan de medios, la realidad en la calle es otro asunto:

Los taxistas actúan como si los autos particulares les estorbaran en su paso y es propio en su comportamiento violar toda la normatividad del tránsito. Los particulares mantienen un afán que es la pura expresión de las presiones que el tiempo ha puesto sobre nuestra vida cotidiana. No hay tiempo para hacer un pare, no hay tiempo para sacar el direccional, no hay tiempo para ceder el paso, no hay tiempo para desacelerar, no hay tiempo para llegar a tiempo.

Los motociclistas adquirieron un poder que violenta cada vez que salen a la calle, armados de sus ruidosos motores, buscando la salida más pequeña, el recoveco, el límite final entre la acera y cada automotor vecino. Muchos andan sin casco, y muchos otros protegen primero el codo o la frente en lugar del cráneo. Se enfurecen si se les llama la atención y no es extraño ver familias completas trepadas sobre los aparatos de dos llantas.

Los peatones caminan asustados o andan desprevenidos por las calles. Muchos desconocen el sentido de las aceras y prefieren andar por las calles a punto de ser arrollados. Madres que pasean a sus hijos en coches cubiertos de un plástico que acalora, niños que juegan sin el mayor cuidado; peatones que atraviesan las calles por el medio y no por las esquinas, no faltan los que evaden los puentes peatonales por pereza, o los que por ausencia de espacio físico urbano, no tienen más alternativa que circular por el borde de la calle exponiendo su vida minuto a minuto.

Los conductores de buses deben afrontar la guerra del centavo, padecer la presencia de la violencia urbana y sufrir lo indecible con ciertos pasajeros que terminan más insoportables que un trancón. Pero también hay aquellos que desconocen el sentido de la señal del paradero, que en lugar de transportar personas actúan como si llevaran una carga de ganado o los que piensan que devolver el saludo es un gesto demasiado generoso con el ciudadano medianamente educado. En muchos de sus automotores los direccionales son una luz que adorna el carro. Qué diremos de los que usan el freno de aire como un arma que amenaza justo cuando se posan detrás de un vehículo notoriamente más pequeño que los enormes buses del transporte público de la ciudad.

Súmele al listado los ciclistas sin caso o sin chaleco reflectivo que transitan por el medio de la vía, los peatones que generalmente son muchachos que se atraviesan frente a los vehículos retando a la vida misma con esa actitud pedante que muchos jovencitos demuestran en la cotidianidad. Niños que saltan de esquina a esquina, motos de domicilio que vuelan sobre las calles, y más imprudentes y velocistas, y más, y más bárbaros.

Así entonces, mientras este tipo de comportamientos sean el común denominador de la dinámica de la movilidad tanto en las zonas rurales como urbanas, desde que prime el tránsito particular sobre el derecho a la movilidad ciudadana y mientras no se asuma la necesidad de transformación cultural, Pirry podrá pararse sobre sus pestañas, pero de inteligencia vial no tendremos mucho.

Acá nuevamente se demuestra que las campañas publicitarias no son el mecanismo para la movilización ciudadana. Es desde la educación, la pedagogía urbana, la consolidación de procesos culturales de largo aliento y desde una reconceptualización de la ciudadanía ejercida en el territorio urbano como se podrá pensar en la realidad de una inteligencia vial, entre tanto, seguiremos en un mundo de bárbaros que no tienen tiempo para pensar en la vía de los demás.

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