Charla de Javier Moreno, director de El País, de Madrid en U del Rosario

Por: Javier Moreno/Director El País, Madrid

Para poder capturar bien el momento en que me sentí periodista por primera vez quiero remontarme a un lunes de enero de 1992. Aquel día tomé el metro a las nueve de la mañana y bajé a pie la cuesta que separa la estación de la sede del  diario El País. Subí a la quinta planta donde se encontraba, y se encuentra aún, la escuela de periodismo del diario y sentí que el oficio que había anhelado ejercer desde que era yo estudiante del instituto de secundaria estaba por fin a mi alcance. No era de sorprender mi emoción. Tenía ya 28 años, me había licenciado en Ciencias Químicas, había ejercido mi profesión en España y Alemania, y, sin embargo, aquella era la primera vez que ponía yo el pie en una redacción. Inmediatamente tuve la seguridad de que aquel iba ser uno de los días más importantes de mi vida, y no me equivoqué.

He querido comenzar estas palabras hoy aquí, en Bogotá, con la ocasión de un momento para mí tan especial, por una razón muy sencilla: doce de ustedes inician una aventura semejante, con la Maestría de periodismo de la Universidad del Rosario y Publicaciones Semana, que ahora les acoge, y que nace con ambiciones y valores semejantes a la de El País y la Universidad Autónoma de Madrid en la que yo me formé. A la continuidad en los perfiles de ambas escuelas, me permitirán ustedes referirme más tarde.

Después de 20 años de profesión y de haber pasado por la dirección de dos periódicos, no me deja nunca indiferente comprobar la ilusión con la que los jóvenes como ustedes se acercan a este oficio. No existe mejor manera de desmentir de plano a aquellos pesimistas cuya especialidad se limita a proclamar que todo antes fue y siempre mejor. O, dicho de otra forma, que la tecnología, internet, los teléfonos celulares, los problemas que agobian a los sectores periodísticos, como explicaba Alejandro Santos,  la desestructuración de las sociedades en este comienzo de siglo, las supuestas deficiencias y la falta de curiosidad de las nuevas generaciones de periodistas, es decir de ustedes, y vaya uno a saber cuántas desgracias más, están a punto de acabar con el periodismo.

En El País le hicimos hace poco esa misma pregunta a Ben Bradley, el director  del Washington Post, bajo cuyo mandato el periódico destapó el caso de Watergate, y que hoy tiene casi 90 años.

—¿Cree usted que los momentos dorados del periodismo se han acabado?, le preguntó un periodista.

—“Por supuesto que no”, respondió Bradley. “Estos son momentos buenísimos para el periodismo. Hoy impresiona la calidad y cantidad de reporteros que hay. En los días de Roosevelt no teníamos ni idea de lo que estaba sucediendo en el mundo”, concluía Bradley.

Utilicé yo esa anécdota con un tumulto de jóvenes periodistas, en un congreso en Perugia (Italia) el año pasado, para defender, siguiendo el argumento de Bradley, que efectivamente las nuevas tecnologías nos permitían tener un conocimiento de lo que sucede en el mundo de forma bastante más precisa que en cualquier momento anterior de la historia del periodismo. Añadí a ello alguna expresión más, que les ahorro ahora, por pura vergüenza, porque naturalmente todo aquello sucedió en el año 1 A.W. “Año uno antes de WikiLeaks”.

Tiempo habrá, con toda seguridad, para debatir cómo  y cuándo Wikileaks ha cambiado el periodismo; cuánto y cómo ha cambiado a la política y la diplomacia global, cuánto en definitiva ha afectado el mundo en que vivimos y cuáles serán sus consecuencias a largo plazo, gracias a las primeras consecuencias, sobre las que volveré luego.

Quiero antes explicar hoy aquí la historia de cómo El País obtuvo los documentos secretos, los retos que ello supuso, tanto profesionales como logísticos, así como la enorme tensión que el conjunto del proyecto representó para el periódico que dirijo. Algunos de los detalles ya los he revelado en un artículo en el propio diario el País. Otros los voy a contar aquí por primera vez.

Para un periodista no existe sensación alguna que se pueda comparar con la que se siente cuando sabe que tiene entre sus manos una gran exclusiva. Durante unas horas, como máximo unos días, se vive una especie de torbellino en el que se mezclan el legítimo orgullo profesional; las tensiones y los conflictos que se desatan a propósito de la publicación o no de la noticia; el temor a que un competidor la consiga también y la publique antes que uno; y, finalmente, ese momento de paz antes de la tormenta en que la historia ya está escrita, enviada para su publicación, momento en el que uno sabe algo que el público aún ignora y que al día siguiente, o en pocos minutos si se trata de Internet, cambiará la realidad en mayor o menor grado.

Todos los que nos dedicamos a esta profesión hemos sentido en alguna ocasión, alguna de esas sensaciones -de seguro que Alejandro (Santos) y Juan Carlos (Iragorri) coincidirán en ello-, o incluso una mezcla de todas ellas.

Imaginen ahora que son cuarenta las personas que comparten el secreto y que el periodo que media entre el momento que acciona la información y su publicación en lugar de contarse por horas se extiende al menos a 25 días. Multiplíquenlo por diez y tendrán una idea profesional de la agitación con la que vivimos los periodistas que tuvimos la suerte de abordar el asunto Wikileaks en El País.

Desde el principio todo lo que rodeó el Proyecto C, como nos referíamos en clave con el papel de WikiLeaks durante aquellas semanas, estuvo envuelto por el misterio y el secreto, fruto de la atmósfera que rodeó las primeras reuniones que mantuvieron el director adjunto del periódico, Vicente Jiménez, y el subdirector, Jan Martínez Ahrens, con Julian Assange, en Ginebra. Ambos acudieron a la ciudad Suiza, a principios de noviembre del año pasado, tras un par de conversaciones telefónicas que había yo mantenido con el fundador de WikiLeaks y que he relatado un artículo publicado en El País.

Assange me preguntó si yo podría enviar a alguien a Ginebra al día siguiente, sin mayores peticiones sobre cómo o cuándo había de celebrarse el encuentro, ni una sola dirección, ni un teléfono de contacto, nada. El encuentro se produjo, naturalmente, y apenas acabaron, el director adjunto del periódico me llamó, a la una y media de la madrugada, para relatarme lo sucedido, que en esencia era lo siguiente: tras localizarle en su móvil, que yo le había proporcionado, Assange, junto con algunos de sus colaboradores, se había presentado en el restaurante en el que estaban cenando, donde mantuvieron una conversación hasta bien entrada la noche, pese a que el lugar se encontraba semivacío la reunión se hizo con la voz siempre alerta, mientras se garabateaban nombres, cifras, en silencio, sobre servilletas de papel. Assange sospechaba -y seguramente con razón-, que se encontraban bajo vigilancia permanente.

En el preciso instante en el que escuchaba el relato de ese encuentro, en mi domicilio, tan singular por lo demás, y entrada ya la madrugada de Madrid, mi ordenador registró la llegada de un correo electrónico de Alan Rusbridge, el director de The Guardian, con un mensaje tan escueto como sorprendente:

-¿Javier podemos hablar?, hacía mucho tiempo que Rusbridge y yo no hablábamos.

-¿Ahora?, respondí sobre el mismo. Con la rapidez para comenzar a desencadenar sus acontecimientos.

-Ahora, contestó.

Al día siguiente hablamos. Al día siguiente tuvo lugar otra reunión con los encargados WikiLeaks. Y dos días después, el director adjunto de El País, el director técnico de ElPais.com, Raúl Rivero, y yo, volábamos a Londres donde volvimos a encontrarnos con Assange en una reunión con algunos asesores de The Guardian. Al día siguiente, viernes, volvíamos a Madrid con 250.000 cables confidenciales que detallaban las comunicaciones entre el departamento de Estado de Estados Unidos y sus embajadas en una treintena de países, en lo que ya se perfilaba como la mayor filtración de la historia.

Lo que sucedió a continuación superó con creces lo vivido en aquellos cuatro días y puso a prueba las capacidades del periódico. Fue necesario escribir un programa informático a toda velocidad, capaz de hacernos navegar con rumbo en un océano de información, y que nos permitiese buscar, encontrar y relacionar los cables por fecha, nombre y asuntos, embajadas de origen y destino de documento. Se diseñó y montó un sistema informático totalmente aislado del exterior para evitar el ataque, y al mismo tiempo capaz de permitir el trabajo de una treintena de personas.

Tarea no menos complicada, naturalmente, resultó la conformación de un equipo de periodistas, entre los que se encontraban expertos, en asuntos tan dispares como la diplomacia, el medio ambiente o los militares, así como los corresponsales del periódico en Moscú, Washington, Buenos Aires, México, Teherán, Roma y Londres, a los que se les pidió que acudieran a Madrid sin explicarles las razones. Algunos de ellos con menos de 48 horas de preaviso. A todos se les exigió el secreto más absoluto, lo que causó no pocos malentendidos y malestares con el resto de la redacción, que observaba con creciente sospecha el permanente deambular de decenas de personas rumbo al espacio que habíamos habilitado para nuestras operaciones en la planta sótano, y que pronto vino a conocerse como “el bunker” o “la cueva”.

No menor fue el secreto que pusimos a nuestras comunicaciones. Incluidas las que manteníamos de forma periódica con los otros diarios que participaban, el The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel. Nunca pronunciamos el nombre de Assange ni de WikiLeaks, no lo enviábamos por correo electrónico, ni de ninguna de las formas, cables o información al respecto. Y en los primeros días, hasta que establecimos el camino más seguro -o al menos así lo creíamos- preferíamos utilizar el sistema que nos unía por Internet, Skype, antes que los teléfonos habituales, de cuya inseguridad estábamos convencidos.

Tal era el grado de obsesión por la seguridad, que hubo días en los que llegábamos a escribir en un folio el número de identificación de un cable particularmente comprometido para mostrarlo a la cámara del ordenador, y que el director adjunto de The Guardian, Chris Elliott, en Londres, al otro lado de la línea pudiese copiar los datos, sin que nosotros tuviéramos que pronunciarlos de propia voz. Resulta por ello muy acertado que el propio Elliot haya descrito la atmosfera que vivimos aquellos días como propia de un film de la serie de Jason Bourne, y efectivamente así lo sentíamos la mayor parte del tiempo.

Cuando finalmente llegó el momento de poner en conocimiento de los respectivos gobiernos las informaciones que nos disponíamos a publicar, éramos ya conscientes de su trascendencia y del impacto que su difusión iba a suponer para las relaciones de Estados Unidos con algunos de sus mejores aliados, así como de la importancia para la opinión pública de los secretos que los cables contenían.

No voy ahora a entrar en los detalles de las conversaciones secretas que se dieron a conocer, o de las presiones a países aliados en asuntos considerados estratégicos por Washington: las vívidas descripciones de la ascendida corrupción en Rusia o en las autocracias árabes, que se ven precisamente ahora sacudidas por unas oleadas de protestas cuyo origen más inmediato se encuentra no solo en la capacidad de ofrecer a sus ciudadanos una vida en condiciones dignas, sino también en el hartazgo de estos ante unos gobernantes entregados a robar sin cortapisa alguno.

Los cables aportaron también datos hasta ahora desconocidos que iluminaban de repente una historia en Oriente Próximo, en China, en Rusia, en toda América Latina, cuyos perfiles la opinión pública ignoraba en su completitud hasta ese momento. A todo ello cabría añadir en cada país asuntos de política interna que, al cálido relato de un embajador o de otros altos funcionarios estadounidenses, sacaba a la luz y colocaba la mayor de las veces a los gobiernos o a los políticos locales en una situación comprometida, cuando no dejaba al descubierto el doble discurso que en la confianza de que sus confidencias en las embajadas estadounidenses no acabaría en la primera página de cinco grandes periódicos internacionales habían surgido a costa de sus conciudadanos.

No hay señal por ello del relato que el director del The New York Times, Bill Keller, proporcionó, en una reunión, a finales de noviembre, entre periodistas del diario neoyorquino y funcionarios del gobierno, en una sala sin ventanas del Departamento de Estado, a la que asistieron también representantes de la CIA, el FBI y del Pentágono, marcada por la tensión de principio a fin.

Aquellos mismos días yo informé de la intención del periódico y del alcance del material que nos disponíamos a publicar tanto al gobierno español como a la embajada de Estados Unidos en Madrid. Recibieron la noticia con una profesionalidad y, he de reconocer, con un respeto por el trabajo y la independencia de los periódicos digna de elogios, pero que, naturalmente, tampoco escapaba a la tensión que había descrito Bill Keller.

La misma reacción mezcla de tensión y respeto por nuestro trabajo, por cierto, que mostraron los varios responsables de diplomacias latinoamericanas que se pusieron en contacto conmigo en los días posteriores, a medida que comenzaba a difundirse información sobre sus respectivos países.

Tensión era lo menos que cabía esperar por supuesto. La tarea principal de los periódicos consiste en exponer la verdad y resulta evidente que el poder teme la verdad cuando la verdad encuentra la luz.  Ya he reflexionado en otro lugar sobre ese punto que explica la compleja relación que se ha venido tejiendo entre la prensa y el poder en democracia durante los últimos 200 años. Es decir, desde que existen ambos, periódicos y democracia, en la forma en que los conocemos en la actualidad. Pero no por ello quiero dejar de hacerlo aquí ya que de esa reflexión se extraen algunas enseñanzas fundamentales para su futuro profesional, el de nuestro oficio, y aun el de las sociedades democráticas en las que vivimos o a las que aspiramos.

Como creo que Wikileaks ha puesto de relieve, nuestra función y nuestra obligación como periodistas consiste en publicar noticias con el máximo grado de excelencia que podamos alcanzar. Noticias de relevancia pública que proporcionen perspectiva y que desafíen siempre la versión oficial. Noticias que expliquen los hechos y que los pongan en contexto. Noticias de alcance internacional, de utilidad inmediata. Que desafíen los prejuicios propios y ayuden por ello a elevar las aspiraciones de las sociedades a la superficie. Noticias, en fin, que resistan una evaluación crítica y respondan a una elevada exigencia de los ojos. Todo ello se encuentra en mayor o menor medida en las series sobre WikiLeaks que los cinco periódicos que tuvimos acceso a los documentos hemos venido publicando, desde noviembre, pese a las acusaciones de haber actuado en forma irresponsable que todos nosotros tuvimos que afrontar desde el primer momento.

Bien al contrario lo auténticamente responsable, lo legal y lo importante para las sociedades democráticas a las que nos dirigimos y con cuyo impulso y progreso nos vemos comprometidos era publicar las historias que habíamos compuesto a partir de los datos, del contexto y la experiencia acumulada de nuestros periódicos.

Los periódicos tenemos muchas obligaciones en la sociedad democrática: la responsabilidad, la veracidad, el equilibrio y el compromiso con los ciudadanos. Entre ellas no se encuentra el proteger a los gobiernos, y al poder en general, de revelaciones embarazosas. Conviene por tanto que no olviden esto nunca. En una sociedad en la que los periódicos están también perdiendo el papel central que antaño tuvieran en la formación de la opinión pública, olvidar ese mandamiento puede facilitar que se produzcan agujeros en el tejido democrático, difíciles o imposibles de reparar después. Los periódicos y los periodistas seguimos disponiendo de las mejores armas para librar una batalla que siempre valdrá la pena librar y que de forma sucinta les quiero enumerar ahora.

Disponemos, en primer lugar, de la capacidad de investigar. De recomponer con paciencia unos hechos que alguien con poder, ya  sea en los gobiernos, en las empresas o en otras instituciones, trata de mantener oculto a los electores, a los accionistas, a los lectores, en definitiva a los ciudadanos. Disponemos también de otra arma fundamental, la capacidad de poner en contexto y de explicar con claridad los hechos. Disponemos de espacio para construir un relato todo lo detallado que resulte necesario para su correcta comprensión.

Wittgenstein sostenía que “lo que se puede decir, se puede decir claramente”; y yo añadiría: y se debe decir claramente, sin temor. Mientras exista la democracia y existan ciudadanos comprometidos con ella, seguirá habiendo demanda de información seria, rigurosa y de calidad. Es decir, seguirá habiendo un mercado para las noticias de calidad.

Ciertamente nada de lo anterior resulta fácil. Los periodistas no tenemos capacidad de exigir documentos como pueden hacer los jueces, los fiscales o instituciones como los congresos de los diputados. No somos fiscales, no somos policías, lo que quiere decir que básicamente conseguimos las historias que publicamos a base de convencer a nuestras fuentes de que arriesguen su puesto de trabajo o incluso de que arriesguen algo más. Eso ha sido precisamente WikiLeaks, una fuente que nos ha permitido hacer gran periodismo, del que nuestra sociedad está cada vez más necesitada, pero una fuente al fin y al cabo, que no ha marcado nuestros ritmos, nuestros enfoques, ni ha condicionado a nuestros y empleados.

Luego surge también que el periodismo de calidad, el periodismo de investigación, incluyendo el que hemos realizado a partir de los documentos de Wikileaks es caro. Lo explicaba Alejandro aquí muy bien. Es caro porque resulta intensivo en mano de obra muy cualificada. Se necesitan por tanto empresas solventes que sepan colocar el proyecto periodístico de corazón y se necesitan cuentas de resultados saneadas para pagar toda lo anterior; y para asegurar la independencia de los periódicos; y para asegurar la independencia de los periodistas; y para poder resistir las presiones de todo tipo que semejante tarea conlleva de forma irremediable.

Y quiero hacer énfasis en esto. Soy consciente de que para algunos jóvenes que tienen 25 años, como ustedes, y que empiezan en el oficio, no debe resultar muy popular escuchar un discurso o escuchar un sermón sobre lo que necesita ganar un periódico y sobre lo que necesita ganar una radio o sobre lo que tiene que ganar una televisión. Tiende uno a pensar que basta con hacer buen periodismo o un periodismo valiente porque el resto vendrá por añadidura, como se afirma en los evangelios. Nada más lejos de la realidad, no cumpliría yo hoy más mi obligación como periodista si no fuera honesto con ustedes e hiciera las consideraciones de este asunto.

Pero más allá de tales consideraciones materiales conviene, sin embargo, insistir en que defender hoy el papel del periodismo comprometido es un imperativo moral, pues convendrán conmigo en que la fuerza del periodismo bien hecho sigue movilizando a las sociedades y a los individuos; a los mejores de ellos en cualquier caso, en defensa no solo de los derechos constitucionales, las libertades y la independencia de la prensa, sino también de una idea que se ha establecido ya con profundidad.

Los ciudadanos perciben que el periodismo constituye ciertamente un poder en los estados, pero también consideran de forma irreversible en estos inicios del siglo XXI que constituye o debería constituir en igual grado, un servicio moral. Y ahí entran en juego ustedes, porque ustedes hacen parte del futuro que nuestra sociedad se merece. Ustedes son esa generación del futuro que es activa de Internet y que al mismo tiempo comparte el oficio y los valores en los que creéis, y que hemos aprendido o aprenderemos  en escuelas de periodismo como esta de la Universidaddel Rosario y Publicaciones Semana, o como la de El País en la que yo me formé. Son ustedes, por tanto, portadores de ese imperativo moral al que me refería antes.

Y me van a permitir unos consejos finales, son sencillos y son breves. Y no soy yo el autor, pero  resumen lo que hemos creído los periodistas durante generaciones.

Definan siempre un periodismo que se base en la verificación de los hechos, de todos los hechos, no practiquen un periodismo que retuerza los datos hasta que se ajusten a las opiniones o peor aún a los prejuicios. Los datos son siempre más tercos que las opiniones. Mantengan siempre la independencia de los partidos políticos, las instituciones y las empresas. No trabajan ustedes para un partido ni para una industria, ni siquiera para un país. Hace tres años el diario El País publicó la transcripción de una conversación entre Aznar y Bush con Blair, que demostraba que la decisión de ir a la guerra estaba ya tomada antes de la correspondiente reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. Algún miembro del gobierno que para entonces ya era socialista, es decir no del partido de Aznar, me reprochó que El País le hacía un flaco favor a España pues a partir de entonces sus diplomáticos iban a estar siempre bajo sospecha en todo el mundo de que podían filtrarse conversaciones reservadas. Esto era también antes de la era de WikiLeaks. Ahora todos los diplomáticos saben que sus conversaciones pueden acabar filtradas. Cuidar las relaciones diplomáticas es tarea de los diplomáticos y gobernar, de los gobiernos. La tarea de los periódicos y de los periodistas es otra, no lo olviden ustedes nunca. No cedan a la tentación de tener una agenda pública, su único interés debe ser servir a los lectores.

Apliquen al máximo posible el principio de transparencia. Esfuércense en explicar lo que saben y cómo lo saben. Y nunca, nunca, crean a los gobiernos. Observen siempre con desconfianza todo aquello que digan o todo aquello que declaren. Me alegra tener aquí al presidente Betancourt, sobre todo en su condición de ex presidente. Porque los ex presidentes suelen comprender muy bien a qué me refiero.

Son pocos consejos, pero son fundamentales. Mi intención en esta charla ha sido dejar claro, en cualquier caso, que la capacidad de combate del periodismo de investigación es muy buen periodismo; que el periodismo que mantiene el espíritu de resistencia frente a todos los poderes sigue siendo de enorme utilidad para los ciudadanos. Por lo demás, el periodismo del futuro, y sobretodo el periodismo del futuro en Colombia, está en sus manos.

No quiero terminar sin antes leer un texto que descubrí ayer, en el avión que nos traía de España, a José Manuel Calvo, subdirector de El País, y a mí. Es un texto de los diarios de Sándor Marai, que estaba leyendo José Manuel y que me señaló, que tras leerlo me decidí inmediatamente a utilizarlo para construir esta conferencia. Esta cita tiene más de veinte años, y por tanto es de antes de la existencia de internet.

Sé que algunos de ustedes, por la edad, no creen que hubo una época en que no existía Internet. Pero, yo digo que sí, existió esa época. Es más, hay evidencias empíricas de que existió esa época, igual que hay evidencia empírica de que existieron los dinosaurios.

El texto es corto. Es una entrada en su diario, aquí lo tenemos:

“Elogian a un ensayista más que erudito, un sabelotodo que llena sus escritos con lo primero que le viene a la cabeza. Y eso que, desde la invención de la imprenta, el saber por el saber, no constituye ninguna virtud: para acceder a él no hay más que acercarse a la estantería donde se alinean infinitos volúmenes de enciclopedias que registran y explican todos los datos imaginables. Antes de Gutenberg, el conocimiento en todas sus acepciones entrañaba un gran sacrificio, pues había que buscar incansablemente la materia que se deseaba aprender. En cambio, hoy en día, la erudición ha dejado de representar un sacrificio; si uno no lo sabe todo acerca de lo que habla, es por simple pereza.”

El mensaje de Marai es muy claro. Se necesita trabajar muy duro para ser buen periodista, para dominar este oficio que se aprende y que se enseña. Trabajen ustedes duro, se lo merecen ustedes y se lo merece su país.

Muchas gracias.

NdeE: hace unas semanas el Director de El País de Madrid dictó en Bogotá, la cátedra inaugural de la nueva maestría en periodismo de la Universidad del Rosario y la Revista Semana. El periodista Oscar Dominguez se dio a la tarea de ubicar el texto completo de la conferencia que hoy compartimos con los usuarios y visitantes de la http://libretadeapuntes.com

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