¿Educar o domesticar?

La certeza del amor de sus padres hace invulnerables a los hijos. Goethe

Tengo dos hijos y una hija. En su paso por los colegios los tres han sido calificados de rebeldes, díscolos, indolentes. Buenos estudiantes pero indisciplinados. Inteligentes pero muy necios. Unos profesores han creído en ellos. Otros han rechazado sus temperamentos independientes y han querido domarlos a la fuerza.A muchas amargas reuniones hemos asistido, su padre y yo, para oír las quejas, recibir las sanciones, y comprometernos a intentar poner a los muchachos en la raya –la raya del colegio–. No sobra decir que de todas ellas salimos aporreados, tristones, cabizbajos, confundidos, inquietos. Cuando a uno le tocan los hijos, le tocan la entraña. ¿Quién se estará equivocando, ellos –los educadores–, o nosotros los padres –por lo demás también educadores–?

A los 15 años me echaron de un colegio de niñas en Medellín. Hasta ese entonces, había sido juiciosa y buena estudiante –lo que llamaban “aplicada”–y las hormonas, que a esa edad hacen hervir la piel, la sangre y las ideas, me desacomodaron del lugar de niña modelo. Peregriné como joven rebelde varios años. Cambié de colegio cuatro veces. Logré sacar mi diploma de bachillerato con brega. Los golpes de la vida me han ido poniendo en un lugar en el que ya no soy ni juiciosa ni desjuiciada. La tía open mind, me dicen mis sobrinas. A veces mis hijos se sienten contentos por la mamá que tienen, y otras sé que les hago pasar malos ratos. En fin. Uno termina siendo lo que puede y no lo que soñó ser, y menos lo que quisieron los papás y los maestros que uno fuera.

Pero no es para contar mi historia que empecé a escribir esto. Es para sacarme un clavo -que se me quedó enterrado esta mañana- cuando mi niña, que ya no es niña, fue suspendida por tres días del colegio donde cursa su último año de bachillerato. ¡Qué revolcón! ¿Es ella como me la quieren hacen ver las autoridades del colegio, una muchacha altiva, alborotadora, malhablada, criticona de la institución que cometió faltas severas contra las normas del manual de convivencia y por eso merece una sanción también severa, o es como yo la siento, un ser sensible, capaz de argumentar, de mirarse hacia adentro, de comprender los sentimientos que la animan a hacer ciertas cosas y dejar de hacer otras; promesa de una mujer bella que podrá lograr ser fiel a sí misma y a su tarea para con otros en el mundo?

La voz de algunos los profesores de mi hija dice lo primero. Mi corazón dice lo segundo. Sé que cuando pase el remezón no tendré ni siquiera el asomo de la pregunta. Mi hija es lo que mi corazón me dice que ella es y lo que yo siento que puede llegar a ser. Esa convicción, aunque la hagan tambalear reuniones con directivas y sanciones de instituciones escolares, ha tenido, tiene, y tendrá el papel de brújula en mi vida y en la suya. Debería, para estar a tono con los tiempos, mejor decir GPS. Si alguien que nos ame no cree que podemos llegar a ser esto o aquello, ¿cómo puede uno siquiera acercarse a serlo? Si a uno lo piensan, lo señalan, lo nombran, lo definen, como insuficiente, nocivo, perjudicial, ineficaz, pernicioso, ese es el lugar que le asignan en el mundo. Ningún otro podrá ocupar.

Ese, tal vez, es el principal papel de un padre, una madre o un educador. Creer -de veras- que ese ser de menos edad y menos experiencia, al que tiene la responsabilidad –enorme por cierto– de acompañar en su crecimiento físico, intelectual y espiritual podrá llegar a ser un ser humano valioso y espléndido. Y no sancionarlo antes de tiempo por no serlo. Es tarea de toda la vida eso de llegar a ser.

Nota para mi hija: Siempre creeré en lo mejor que hay en ti. Espero que mi amor y mi fe te sirvan como brújula o GPS como quieras, para llegar al puerto que los vientos de tu deseo y las olas de la vida te deparen. Al que sea. A los que sea. ¡Buen viento y buena mar!

 

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