Testimonio: Así viví en Japón el terremoto del 11 de Marzo

Por Miguel Ponce, editor de Análisis Global

Tokio , Marzo 14_RAM_.. Aunque nosotros vivimos cerca de Kobe (donde pasa el meridiano que da la hora oficial japonesa) a unos 900 kms al sudoeste del área afectada, no sentimos el temblar de la tierra, pero lo sentimos indirectamente ya que nuestros dos hijos se encontraban en Tokio.

Uno de ellos a bordo de un avión a punto de aterrizar en el aeropuerto de Narita de esa ciudad. Faltando solo pocos minutos para el aterrizaje, ocurrió el terremoto y el aeropuerto fue cerrado a todos los vuelos. El avión recibió permiso para aterrizar en un aeropuerto militar cercano y ahí bajaron todos a esperar turno. Yo estaba chequeando el progreso del vuelo en tiempo real en internet y como ya había pasado la hora de llegada y no se confirmaba el aterrizaje, decidí llamar a mi otro hijo que estudia en Tokio y que tenía que encontrarse con su hermano para tomar el tren bala y venir a casa esa misma noche.

Nunca me imaginé que él me estuviera respondiendo en pleno terremoto, desde dentro de un vagón de tren que se zarandeaba y que finalmente se detuvo para evitar un accidente mayor. Con voz entrecortada y visiblemente asustado, mi hijo me dijo: “Papá, estamos en medio de un terremoto y en este momento esto se mueve como licuadora”; a los pocos instantes la conexión se interrumpió y no pude comunicarme con él hasta después de casi una hora en que el tren, pulgada a pulgada, llegó a la siguiente estación. En ese momento todos los trenes de Tokio, autobuses, subterráneo se habían detenido y no le era posible continuar hasta la estación de Tokio en donde tenía pensado encontrarse con su hermano, mayor que él, que sin saberlo nosotros, estaba todavía en el avión dando vueltas sobre la ciudad hasta que por fin a eso de las 4 pm, recibieron autorización de aterrizar en la base militar. A eso de las 5 pm, nos llamó por fin el mayor para decirnos que estaba en la base y que había llegado sin otra novedad y que esperaba con los demás. Después nos enteraríamos que volvieron al avión, aterrizando finalmente en el aeropuerto de Haneda, más cerca de Tokio, en donde pasó la noche durmiendo en el piso, ya que todos los asientos habían sido tomados por la gente que había estado esperando sus vuelos.

Después de oir lo que mi hijo me decía, encendí la televisión y comprobé que todos los canales comenzaban a dar información sobre el terremoto, inicialmente calculado en grado 7, pero después a 8.9 convirtiéndose en el 5to más fuerte desde que se comenzó a llevar registros.

Como iba a serle poco menos que imposible encontrarse con su hermano, mi hijo menor decidió volver a su alojamiento, a una media hora en tren desde Tokio, pero como ningún transporte se movía, comenzó a hacerlo a pie, esperando que en algún momento pudiera tomar sea un tren o un autobús.

La conexión del servicio de celular se cortaba por largos ratos y un mensaje de texto que mandé a mi esposa, que había salido, le llegó casi una hora después, algo que normalmente toma menos de un segundo. Infructuosamente llamábamos solo para obtener el silencio más absoluto; una llamada a la compañía de aviación tampoco tuvo éxito, las líneas estaban o cortadas o no conectaban normalmente, aumentando aún más la preocupación.

A eso de la medianoche, recibimos una llamada de mi hijo menor, ya había llegado a su alojamiento, extenuado, habiendo logrado tomar un autobús para una buena parte del recorrido, menos los últimos 3 kilómetros.

Hoy sábado a las 7am nos llamó nuestro hijo mayor para informarnos que había podido encontrar una movilidad y ya estaba en camino a la estación de Tokio para encontrarse con su hermano, quien también se hallaba en camino, ya que los trenes funcionaban más o menos normalmente, aunque lentos como precaución de los remezones posteriores a un terremoto, en especial éste tan fuerte.

A media mañana por fin se encontraron y tras asegurarse sitios en el tren bala, almorzaron y se embarcaron, llegando a casa a eso de las 4 pm.

Demás está decir la alegría que nos embargaba de tenerlos con nosotros.

Después de cenar y bañarse, se echaron en sus camas y en cuestión de segundos ya estaban profundamente dormidos, ¡los pobres!.

Al mismo tiempo nos apena el saber que tanta gente no puede compartir esa emoción al haber perdido a sus familiares, amigos, etc.

La ola tsunami que llegó después fue televisada en vivo y ver eso parecía un sueño, como una  de esas películas de desastres que hay, pero lo que estábamos viendo estaba ocurriendo en ese preciso instante y uno se siente tan impotente.

Aquellos que hablan tan arrogantemente y que se creen el centro del mundo deberían experimentar esto para que sean más humildes y comprendan que paso a paso estamos haciendo daño a la Tierra, nuestro hogar, en la búsqueda de cosas como riqueza, fama, etc. que como dijo el sabio, son vanidad de vanidades.

Estemos en armonía con nosotros mismos y con todo y todos, para que nuestros hijos y nuestros nietos hereden un sitio en el universo en donde valga la pena vivir y compartir, y tratemos a nuestra Tierra como lo que es, un ser casi viviente que parece sentir y es afectada por todo lo que hacemos.

Seamos positivos en todo, con todos, sin distingos de ninguna clase. El planeta y las generaciones posteriores nos lo agradecerán.

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