Dimas y Gestas, vidas paralelas

En vida, a Dimas le decían el buen ladrón. Lo que hoy llamamos un “ladrón honrado”. Hurtaba por deporte, para saciar, siguiendo el mandato del libro de los Proverbios (6,30). Lo que le sobraba lo repartía entre los pobres. Dimas fue la cuota inicial de Robin Hood. Siempre fue generoso con lo que no era suyo. Habría sido capaz de hacer la revolución con plata ajena.

A Gestas, su colega de manos fáciles, robar se le había convertido en un tic. A los que roban así, por inercia, les dirían después cleptómanos. Dimas era distinto. Tomaba las cosas en préstamo. Era de la familia del ladrón “que se había robado las llaves de la noche”.

Son los únicos ladrones recordados cada año en Semana Santa. Los cuatro evangelistas se ocupan de ellos. Ninguno los menciona por sus nombres. Después se supo que se llamaban así. Con esos nombres no necesitaban apellidos para identificarse cuando la ley les pedía papeles.

Dimas era un ladrón sin estrés.  Donde estaban las dracmas ajenas, allí estaba su corazón. Y su mano izquierda, con la que robaba. La mano derecha no le servía ni para aplaudir. O para ponerle la mano a la diligencia, el metro de su época.

Gestas, más mundano, alegaba que a sus hijos también les gustaba la ropa de marca e ir a la escuela. Con lo caras que estaban los ábacos… Quería que estudiaran para que no tuvieran que ejercer su arduo oficio. Tenía esta pragmática filosofía: “Uno primero se enriquece y después se honradece”.

Más que ladrón, Dimas era un poeta con las manos. Con sus dedos habría sido un gran pianista. Tenía manos de voyerista. Con cierto arte, hacía cambiar las cosas de dueño.

Gestas era un caco violento (detestaba que le dijeran caco). Robó en venganza por la cara de pocos amigos que le quedó para siempre después de un estornudo. Freud lo habría entendido, aunque se le robara el sofá.

Era tan bravo Gestas que en plena crucifixión le dio por regañar a Jesús, hasta el punto de exigirle que los salvara a todos.

Dimas era un encanto de tipo. Era de los que agarraba el laúd en las fiestas y arrancaba a cantar. Era “todos los domingos del año”, como decían de Chaplin.

Gestas era de aquellos que se gastaba el dinero en trago y viejas. Fue de los que convirtió el templo en cueva de ladrones (Mateo, 21,13). Ese día Dimas estaba “redistribuyendo el ingreso” (robando) en otra  parroquia.

Preferían no pisarse las mangueras. El oficio de ladrón también tiene su ética. Y su estética. Eran colegas, pero no trabajaban en llave. De pronto juntaban la plata para irse de parranda. Eso sí, cuando la suerte no sonreía al uno, el otro le prestaba. Luego no se pagaban la cuenta: ladrón que roba a ladrón…

Fueron a dar juntos al Calvario, al lado de Jesús, porque, sin proponérselo,  el viernes que lo colgaron, coincidieron en sus pilatunas en casa de Pilato.

Los pillaron con las manos en la túnica de varios escribas. Se les fue la mano en tratar de pescar en río revuelto. Y por allí derecho los tiquetiaron para la crucifixión. Como robaban de día les cayó el Éxodo encima (22,2): el que robe de día “será reo de homicidio”.

Dimas es el patrono de los carteristas decentes de antes: aquellos que aligeraban con delicadeza al dueño de su billetera sin que se diera cuenta. Si se daba cuenta, le ofrecía disculpas y hasta lo invitaba a almorzar. Depende de cómo les hubiera ido durante la jornada laboral.

Encarnaban dos escuelas distintas unidas por el cordón umbilical del amor por lo que era del prójimo.

Dimas se hizo ladrón por azar. Un día le prestaron unos denarios, se olvidó y decidió quedarse con ellos. Eso era mejor que trabajar. Miento: era una forma distinta de camellar como decían los dueños de dromedarios. Gestas era  otro cuento: se enamoró a primera vista de una mochila de un fariseo, y allí inició su carrera.

Al final, los dos se salvaron. Dimas silenció a Gestas convenciéndole de que en el cielo había mucho pobre con plata y mucho rico sin ella.  Logró que Jesús les perdonara sus blasfemias. Ambos andan arriba haciendo bellezas.

Por Fray Augusto

  Share: