Judas, mi nuevo mejor amigo

Hace muchas semanas santas he oído hablar pestes de Judas Iscariote, “el hombre de Keryot”, una aldea de Judea donde se dedicaba al lento oficio de pescador.
Desde antes de lanzar la moneda de su vida al aire, estaba perdido. Su traición la habían cantado los profetas. Y profecía mata libre albedrío.
Le habría encantado ser un pacífico pescador, pensionarse, ennietecer, operarse de la próstata, como cualquier vecino de Galilea. Pero corría por su ADN el INRI de traidor.
Anticipándose a las supercomputadoras de ajedrez, Judas tenía prohibido amar. Y sonreír. Y hombre que no sonríe es capaz de matar a su mamá, decía san Isidoro de Sevilla.
No era ese el caso de Judas a quien le tocó hacer el trabajo sucio. Él y su mamá eran alfiles del mismo color, se amaban como el pájaro idolatra al viento.
Cuando la señora de Iscariote se enteró de que su vástago se había tirado en el árbol genealógico vendiendo al Maestro por devaluados 30 siclos de plata, quedó de sofá. En muda represalia, le suspendió a su hijo el dulce de dátiles, su preferido. Algo así como quitarle el BlackBerry a alguien.
Felizmente, el oficio de las madres, es el mismo de Dios: perdonar. Las madres van más allá y olvidan. El olvido es más sanador que el perdón.
Así que si todo salió bien, perdonado Judas, debió subir derechito al cielo, sin calurosas escalas técnicas.
Aunque en sus ratos de librepensador creía, prefigurando a Borges, que el cielo era demasiado premio, y el infierno demasiado castigo.
Algunos cineastas se han ensañado contra él. Mel Gibson lo presenta con la cara que uno quisiera para el mejor de sus enemigos. O para los corruptos que se quedan con nuestros impuestos.
Otros creadores lo han tratado espléndidamente. En su libro “La última tentación”, Nikos Kazantzakis muestra a Judas como un revolucionario. Y lo fue: ¿qué tal que el hombre se hubiera arrugado y decide no entregar al Galileo? Habría dejado colgados de la brocha a más de uno.
El ya mentado memorioso Borges diría en una de sus ficciones que Dios encarnó en Judas, no en Cristo.
Y Martin Scorsese, en “La tentación de Cristo”, presenta a nuestro calumniado apóstol como amigo de Jesús. Si así fue, entre ambos tenían secretos, no negocios. Otra leyenda asegura que ambos eran amigos desde niños.
La plata, la belleza y la justicia han estado mal repartidas desde siempre. Lo vemos en el episodio del rico Epulón y los pobres que se alimentaban de las migajas que dejaba caer.
También está claro en Pedro quien negó tres veces a quien lo reclutó. Si Dios hubiera sido imparcial, al menos lo habría suspendido ocho días. Y otro habría sido el primer Papa. (Además, Jesús le curó a Pedro esa mamá sin poesía que es la suegra).
Ahora, como todo lo del pobre es robado, poco se habla del Evangelio de Judas, al que la National Geographic le dedicó un documental. Parece que el único que no leyó “su” propio Evangelio fue el mismísimo Judas.
Ni modo de negar que no hizo lo que hizo. Los cuatro evangelistas relatan el episodio del beso al hijo del carpintero. San Juan, quien tenía en Jesús a su “Garganta Profunda”, o fuente de altísimo crédito, cuenta el rollo con pelos y señales.
Por todo lo anterior, decidí convertir a este singular personaje en mi nuevo mejor amigo. ¿Qué tal que sea cierto lo que dice el Evangelio de Judas: que su amigo Jesús le pidió que lo traicionara? Estaríamos ante un “piscazo” que no solo acompañaba a sus amigos hasta el cadalso, sino que se ahorcaba con ellos.
Por: Óscar Domínguez G.

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