La confesión de Judas

– ¿Judas, cómo le va en su eternidad?

– Señor Judas, porque todo ha subido. En cuanto a lo que llamamos eternidad, es más de lo mismo per sécula seculorum.  Sigo pensando, con Borges,  que el cielo es demasiado premio y el infierno demasiado castigo. Siguiente pregunta.

– ¿Quién lo puso Judas?

– No sé. De pronto mi papá que era tan célebre me acomodó ese nombre para que  me ganara algún concurso de los sin tocayo en Judea, donde vivíamos. A mi madre jamás le sonó ese nombre. No rimaba con nada. Papá ponía la plata, los cuernos y los nombres.

– El solo nombre suyo asusta…

– Uno se parece a su nombre. No soy la excepción. ¿Qué tal llamándome Enrique Omar u Óscar Héctor como cualquier jugador de fútbol argentino? ¿Qué hay en un nombre?, se pregunta Shakespeare.

– ¿Usted de dónde era?

– Yo no nací, a mí me fundaron. Me llamo Judas e Iscariote es mi sobrenombre. Significa algo así como “el hombre de Queriyyot” que era una aldea de Judea donde me reclutó Jesús para su tribu de pescadores. Al contrario de Mafalda, me tomaba la sopita, o sea, era buena persona. Tiraba el anzuelo y los peces picaban enseguida. Como ve, a falta de biógrafo certero me toca hablar bien de mí mismo. Si uno no escribe la historia, se la escriben.

– ¿Su madre qué decía de usted?

– Me quitó el saludo y la mirada un tiempo. Después me perdonó. Mamá es mamá aquí y en Cafarnaum. Era bella como una nube que pasa. Como un arcoiris de diez colores. Hacía un dulce de dátiles fenomenal.

–  ¿No se arrepiente de lo que hizo?

– Esa es la pregunta del millón de talentos. Mi actuación estaba cantada por los profetas. Jesús también la anunció varias veces. Claro que sobre el papel yo era dueño de mi libre albedrío. Pero descubrí que libre albedrío es hacer lo que a uno le dictan. Las profecías conspiraban contra mí. Y escrito está: profecía mata albedrío.

– ¿Y cómo redondeó la entrega?

– Elemental, querido Watson de tierra fría: los escribas y fariseos, como quien dice la oposición  de entonces, eran unos tipos más malos que la comida de la cárcel (no me refiero a la coida de la cárcel de los corruptos que es magnífica). Pues bien: preocupados por el protagonismo de Jesús, me dañaron el cerebro con algunas monedas que hoy no alcanzarían ni para ir a mirar arreboles o pagar el “parqueadero” de mi burro. . Yo le conocía todos los metederos al Maestro. Cuando se perdía sabía dónde encontrarlo. El resto fue obra de carpintería.

– ¿Amó usted alguna vez?

– Yo nací sin capacidad de sonreír, como las computadores. Y un hombre que no sonríe no ama. El hombre que no ríe es capaz de matar a la mamá, dijo san Isidoro de Sevilla. La ausencia de sonrisa fue un inri demasiado tenaz que me tocó vivir. ¿Cómo enamorar así a una muchacha? Si jamás sonreí, menos podría ser feliz. ¿No ve que hasta los pintores me plasman en los cuadros con una pinta de fabricante de horcas hasta rara? Y siempre regando el vino, cuando lo cierto es que yo prefería bebérmelo. También despachaba el vino de algunos discípulos zanahorios que se anticiparon a los alcohólicos anónimos. Con razón dice el salmista (104, 13) que el vino “alegra el corazón del hombre”. Mi suerte no se la deseo ni a mi peor amigo. Hasta en la película de Gibson quedo pagando esconderos a peso. En esa cinta tengo la cara que querría para alguno de mis enemigos.

– ¿Se sintió bien interpretado por Gibson?

– Callo, luego dudo. Además, el derecho al pataleo no serviría de nada.

– ¿Algún aporte suyo a la humanidad?

– Ingresé al diccionario con el incómodo sinónimo de traidor. ¿Le parece poco?

– ¿Algún amigo?

– “Mis amigos, no hay amigos”. Bueno, de pronto Martín Scorsese, el director de cine italiano que me pone de amigo de Jesús en su película La tentación de Cristo, que casi no dejan  ver en Colombia. Scorsese sí sabía dónde ponían las garzas. Pero  Judas propone y Hollywood hace lo que le da la gana. También me trama el griego Nikos Kazantzakis quien en su novela La última tentación me ve como un revolucionario. Le agradezco el detalle, máxime si por hablar bellezas de mí  le enmochilaron el Nobel de Literatura.

– ¿Lo que más le dolió de todo?

– La hermosa frase que me lanzó Jesús después de decirme “amigo”,

en el huerto de Getsemaní: “¿Judas, con un beso entregas al hijo del Hombre?”. Fue lo más bello y demoledor que escuché en vida. Me volvió hilachas el alma. Confieso que todavía me duele cantidades haber recurrido a un rito tan bello como el del beso para entregar a mi Maestro. Pero como también decía Pilato: “A lo hecho pecho”. Y se fue largó a inventar el jabón que lleva su nombre.

– Ni modo de negar que fue usted el de la traición. Todos los evangelistas lo pillaron…

– También a Pedro lo pillaron negando siempre al Maestro, antes de que el gallo cantara tres veces. Jesús tuvo que caminar sobre las aguas para convencer a Pedro quien nos decía después del cuarto vinillo: “¿Cómo creer en un tipo que ni siquiera sabe nadar y prefiere caminar sobre las aguas?”. Además, Pedro se quedaba dormido en todas partes. Pero a él la historia lo absolvió. No podía caminar y respirar al mismo tiempo, como los presidentes made in Usa. Pero tenía palancas políticas.  La historia se repite porque carece de imaginación, le oí decir a uno de los escribas que me sobornó. Claro que ellos tiraron la piedra y escondieron la mano. “Yo a vos no te conozco”, me dijeron cuando les pedí ayuda después de que crucificaron a Jesús.

– ¿Se llevó bien con alguno de los apóstoles?

– Todos me tenían bronca. Cuando proponía echar una canita al aire, jugar tute o dado, salir con alguna nazarena deshinibida, me escurrían el bulto. Sólo les dictaba pescar, pescar y pescar y dormir, dormir y dormir.

– ¿De los cuatro evangelistas cuál le dio más duró?

–       Soy respetuoso de la libertad de expresión. En eso parezco un burócrata de la SIP. Ellos hicieron lo suyo y yo el mandado que me pusieron a hacer. El reportero Juan (ahora le dicen evangelista) se las daba de muy bien datiado. No quebraba un plato. Era lo que podría llamarse un tipazo. Tenía en Jesús su Garganta Profunda, su fuente de alta infidelidad. Se llevaba de perlas con el “Hijo del Hombre”. Por eso su Evangelio es más sustancioso que el que escribieron los demás. En Juan está toda la película. Bueno, hasta ahora que está que aparece mi propia versión.

–       ¿Cómo dijo que dijo?

–       Lo difundió National Geographic. Le resumo: Es el Evangelio de Judas, de apenas 26 páginas. Está escrito  sobre un papiro al que apenas ahora le están dando plena autenticidad. Allí esta mi película. Queda claro que yo no era ningún ogro. Me tocó hacer el trabajo sucio, y aguantarme todo el garrote que me han dado. Ya verán cómo salgo reivindicado como el apóstol preferido de Jesús.

– ¿Usted dónde anda ahora?

– He caminado más que el exsecuestrado por las Farc. Pero me salvé a último momento. Lo dijo un alemán: Dios me perdonará, es su oficio.

– Creo no le quito más tiempo, señor Judas.

–       Abro el paraguas y me voy con mi cruz a otra parte… Cambio y fuera. Y tampoco les quito más tiempo desde mi eternidad sin estrés.

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