Mujeres, vuelvan a su fragilidad

Está bien que las mujeres se estén quedando con el pan y con el queso del poder. Aceptado: Nos quedó grande la tienda. Deben gobernar el mundo. Se nos metieron al rancho. ¡Bienvenidas!

Inclusive, algunas incurrieron en ilícitos que parecían escriturados al macho alfa: me refiero al departamento de contratos anómalos, interceptaciones telefónicas y similares. La verdad, no lo hacen nada mal en estos terrenos. Es algo que no les sale con ningún perfume. Aprendieron pronto y fácil. Era no esa la idea.

Lo que no les acepto es que hayan invadido deportes y oficios que no riman con su fragilidad, delicadeza y ternura.

Por ejemplo, ¿qué hacen nuestras féminas con guantes descomunales que echan a perder el manicure, dándose en la jeta en un prosaico ring de boxeo?

No alborota ninguna libido verlas sobre un ring de boxeo. Los caballeros las preferimos rubias o morenas, pero con zapatos delicados, no con botas.

Por primera y única vez le hago el cajón a la feminista Florence Thomas para implorarles a ellas: manos, pies, caderas, vanguardias, retaguardias, fuera de los deportes bruscos.

Si veo una pelea de estas por televisión zapeo rumbo al mónotono canal del Congreso, donde ilustres padres de la patria, pateando la urbanidad de Carreño, comen a dos carrillos mientras buscan la forma de introducir algún “mico” que favorecerá intereses ajenos. O los propios. La caridad entra por casa.

O me asilo en esos programas de deportes inútiles en los que colegas mastodontes mueven con los dientes o con el dedo índice una tractomula.

Uno desearía llegar al muelle y repetido pecho femenino  por la vía del bolero, jamás del nocaut. Está bien un “clinch” con ellas, pero arrunchaditos “y cara con cara”. No se trata de salir de un cuerpo a cuerpo con las costillas averiadas.

Ese cachete donde se mece altanero un coqueto lunar, verdadero o hechizo, amerita un beso, jamás un directo a la mandíbula.

La nuca, su vecina la oreja, se hizo para respirarles allí. U oler algún perfume de esos que consumen toda la quincena. No importa. Pero no, la igualdad de género ha convertido el delicado cuello de cisne femenino en pista de aterrizaje de un feroz derechazo.

Tampoco el fútbol practicado por ellas sale con ninguna estética. Se ve fea una bella parando un prosaico balón con la tierra prometida de sus senos, donde retienen en la fuente, por partida doble.

Las falsas o verdaderas costillas están bien para lucir en su jurisdicción desafiantes cinturas de avispa. O un descaderado pantalón. Jamás para golpear y sacar el aire de allí.

Lo mismo podría decirse de la tal lucha libre. Una llave de las que aplicaban el Santo oLalo el Exótico no tienen por qué dar en tierra con las carnitas y los huesitos de una bella hecha para el amor, el pecadito mortal, la hipérbole coqueta, la mentira fácil o difícil.

¿Y qué tal mujeres soldadas,  generalas, guerrilleras? Suelten el fusil: las prefiero alebrestadas en almas, no en armas.

Lo dicho atropelladamente sobre estos “deportes” se podría afirmar de oficios que tampoco salen con ningún eterno femenino. ¿Cómo así que las muy coquetas  andan  conduciendo esperpénticas tractomulas? ¿Sale un armatoste de estos con algún Chanel?

Señoras: dedíquense al  croché. O a gobernar. O a mandar como ejecutivas exitosas, con úlcera y estrés. Si quieren, tómense las religiones que las aceptan solo a regañadientes.

Pero no las quiero ver arruinándose el pintalabios. O regándose la pestañina a prosaicos golpes. Salvo si el varón domado deja de consignar en el banco del amor. O pone cachos. Vuelvan a su fragilidad. Gracias.

Por Óscar Domínguez G.

 

 

 

 

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