Palabras para decir adios

Queridos sobrevivientes:

Primero que todo, los que están moqueando y lagrimiando bájense de esa nube. Hay cosas más divertidas qué hacer. Además, tampoco es para tanto. Un muerto más es apenas un vivo menos. Y pare de contar.

Si todos nos hemos de morir, entonces el asunto no es tan grave, leí por ahí en una vieja revista de peluquería. Morir no es más que cambiar de vestido. La parca nos nivela a  todos por lo horizontal. No he hecho más que obedecer una sugerencia del divino Borges: “La gente debería tener la sana costumbre de morir”.

Por fin me tocará indagar en carne propia si lo malo de la muerte es que es para toda la vida.

Menos mal que la muerte no me tomó de sorpresa del todo: todos los días, al dormir, hacía el cursillo. Cuando estaba chiquito creí que los únicos que se morían eran los demás. Veo que por lo menos yo no fui la excepción. También, para practicar, de vez en cuando me levantaba “aceptablemente póstumo”, copiándome de Gesualdo Bufalino.

Empiezo a saber cómo es el rollo éste de estar del otro lado del tiempo. O de la luz. Morir para contarlo.

No creo haber dejado mucha plata debajo del colchón porque a mí  Dios la plata me la dio en gente: familiares, amigos, colegas. Una esposa que se pasó conmigo y dos hijos encantadores – e íntegros, valga la cuña-.

Confieso que he vivido y sobre todo que he “morido”. Tenían  razón quienes afirman que  lo peor de la vida no es la muerte, sino la “morida”, esos momentos eternos que anteceden a toda partida.

Nunca le tuve bronca a la vida. Vivir fue mi verbo. La vida, mi sustantivo. Lo demás es adjetivo.

Si no fui leal con mi oficio de reportero, creo que necesitaré una segunda oportunidad con el alias de reencarnación. En defensa propia diré que no lo hice mejor que éste o aquel colega. Procuré hacerlo distinto. Y éticamente, aunque alabanza propia es vituperio, dice mi madre.

Tuve la mejor de las riquezas: en vez de tener mucho, necesité poco, como ordenaba San Agustín después de partir cobijas con Flora Emilia quien le dirigió esa estremecedora carta contenida en el  libro “Vita brevis” en la que le puso los puntos sobre la i de su nombre.

Nunca me propuse cambiar el mundo. Espero haberle arrancado una sonrisa. Un día sin sonrisa es un día perdido, dijo Chaplin, quien “era todos los domingos del mundo”. Espero que no esté muy cara el boleto de entrada para ir a conocerlo más allá de las estrellas.

Eso sí, me habría gustado haber visto más atardeceres, como lo sugiere un poema que anda suelto por ahí. Pero el hombre propone y mi Dios … cate que no la ví. (A propósito, no he visto a Dios todavía. ¿Será que se me está escondiendo? ¿O sería que me condené?).

No tuve superávit de amigos. Pero los tuve muy buenos. Espero no haberles fallado. Tampoco a mis enemigos que me animaron la velada. (Victor Hugo recomendaba tener algunos enemigos para que cuestionen nuestras certezas) Muy agradecido con todos.

Pido perdón a quienes les haya podido pisar los callos. Fue con mucho gusto.

Copiándome de un personaje de Papini, pediré una licencia para volver a contarlas cómo es el batido por estos pagos.

Aquí entre nos y que no salga del universo, pero me  habría gustado haberme dado más a mi prójimo. Es lo único que queda. Lo demás es paja.

No me traje nada para este lado del susto. Ni mi colección de ajedreces, ni mi tanda de diccionarios que me ayudaron a ser un poco menos bruto en el manejo del idioma, un invento comparable al sueño y a las mujeres.

Apenas voy entendiendo lo que dice el libro gordo de Dios: Vanidad de vanidades…

Muerto que se respete debe ser breve como una muerte repentina. Ya no tengo que lucirme delante de la visita. No tengo que esforzarme por ser importante. Regreso a mi cómodo y horizontal anonimato. Al fin y al cabo, el muerto al hoyo y el vivo a la olla. Desde mi eternidad, no les quito más tiempo.

Por: Oscar Dominguez

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