Jairo Cala Otero, un apóstol del español

A propósito de sus siete años de campaña pedagógica por Internet para que se use correctamente el español, tuvimos la oportunidad de conocer y entrevistar al periodista y conferencista Jairo Cala Otero.

 

Nacido en Bucaramanga hace 54 años, entró al mundo del periodismo cuando apenas frisaba diecisiete años; entonces estudiaba la secundaria y ayudaba en su parroquia en la lectura de las epístolas en las misas dominicales. Allí, según cuenta, perdió el miedo a hablar en público; y nació en él su pasión por las letras.

 

Retirado por voluntad propia del ajetreo de las noticias, lo abordamos para que nos compartiera lo que hace en su nuevo estilo de vida.

 

– ¿Cuál es su profesión básica?

– El periodismo, aunque ya no lo ejerzo en medios convencionales de comunicación.

 

-Entonces, ¿a qué se dedica?

-A hacer periodismo educativo, es una variante del que conoce todo el mundo.

 

-¿Cómo es eso?

-Significa que ya no busco, atrapo y comunico noticias. Ese ciclo es historia para mí. Ahora, después de dedicarme a estudiar regularmente sobre gramática española básica, cultivo la escritura y el habla correctas de este idioma; sensibilizo sobre la importancia de hacerlo; y doy conferencias sobre temas aledaños, como la comunicación eficaz en las relaciones interpersonales y la poderosa influencia de las palabras en la vida humana.

 

-¿Y todo eso qué resume?

-Que quien no evoluciona, quien se queda atrapado en un círculo que gira sin cesar, termina por caer en la rutina; y la rutina destroza cualquier sueño, apaga la llama que le da vida a la existencia humana. Hay que salir de los ciclos cuando ellos terminan, y avanzar a otros de grado superior.

 

-¡Suena bonito…!

-¡No solo suena bonito, también es verdad inocultable! Lo que ocurre es que muchas gentes (la mayoría, para desgracia de ellas) prefieren no hacer nada por sí mismas; esperan que todo cuanto desean, se halle ya hecho para disfrutarlo; o que se lo proporcionen los demás. Es la ley del nulo esfuerzo. Después se preguntan por qué a los demás les va bien en otros aspectos.

 

-¿Hace cuánto se dedica a fomentar el uso correcto del español?

-Hace siete años. Todo comenzó el 27 de mayo del 2004, a raíz de tantos errores gramaticales que tienen las noticias y el habla cotidiana de mis compatriotas. Al principio fue un pasatiempo, y gradualmente se me convirtió en el apostolado que es hoy.

 

-¿Cómo funciona esa campaña?

-De manera filantrópica. No percibo dinero alguno ni nada parecido. Soy absolutamente autónomo, es una iniciativa que nació de mí y soy su único orientador. Consiste en escribir artículos sobre los errores lingüísticos de la cotidianidad, con sus respectivas enmiendas. Algunos llevan un toque de hilaridad y de jocosidad. Eso les gusta a los lectores, quienes confiesan que aprenden divirtiéndose un poco.

 

-Si eso apenas le produce emociones, ¿de qué gana su sustento?

De hacer bien algunas actividades intelectuales con lo que sé. Doy conferencias de desarrollo humano y talleres sobre redacción correcta de noticias, cartas comerciales y otros documentos. Además, edito y corrijo gramaticalmente textos: novelas, cuentos, ensayos, tesis de grado, etcétera.

 

-¿Cómo, corrige novelas y cuentos también?

-Sí, eso hago. Disfruto leyendo esos proyectos que me confían, y me pagan por hacerlo. Por ejemplo, acabo de terminar «Miami Babilonia» y «El pueblo», dos novelas del abogado y escritor estadounidense Michael Okane. ¡Fue una delicia corregirlas! Y también una tesis de doctorado del médico bogotano Hernán Guillermo Hernández, sobre los orígenes del Alzheimer. Estoy ahora corrigiendo un texto sobre la historia de Onzaga, municipio de Santander. Cada semana, como mínimo, aparece alguien interesado en mi servicio.

 

-Ah, pero también tiene clientes allende las fronteras colombianas…

-Mis clientes aparecen desde distintos puntos cardinales, gracias a Dios. Es consecuencia de la divulgación de mis artículos idiomáticos. Mientras se difunda lo que uno hace bien, lo demás es una consecuencia. No hay que buscar nada desesperadamente.

 

-¿Tiene su propia oficina?

-Yo trabajo desde el maravilloso ambiente de mi lugar de residencia. Sin afanes, sin jefes gruñones e interesados solo en su enriquecimiento; sin horarios, con la libertad de un ave que se remonta hacia los cielos.

 

-¿No le da pereza abordar un tema tan complejo como el del idioma?

-(Risas). ¡Cómo se le ocurre! Si yo dejara que la pereza me avasalle, jamás hubiera comenzado este plan. Nadie puede emprender nada productivo si se acompaña de la pereza. Este -percibo yo al lado de mis lectores- no es un plan pedagógico que esté amparado en la pereza; al contrario, lleva una enorme dosis de dedicación de tiempo, disciplina, investigación, amor por el prójimo y ganas de compartir con otros lo poco que sé.

 

-¿Por qué dice que el fomento del español es productivo si usted sostiene que no recibe dinero a cambio?

-¡Claro que es productivo! Lo es para quienes reciben con agrado e interés mis artículos; los leen con juicio y aprenden, porque quieren superar problemas de comunicación. Y lo es también para mí, porque he aprendido lo inimaginable a partir de los errores que corrijo. ¡Es una dedicación estupenda!

 

-Alguna vez leí una nota suya en la que decía que hay quienes lo atacan…

-Sí, pero no son atacantes permanentes. Eventualmente, cuando ingreso a mi banco de datos nuevas direcciones electrónicas, no falta algún despistado que, sin leer mi solicitud de permiso para enviarle mi material, la emprenda agresivamente contra mí por transmitirle mis artículos. Comprendo que muchos quieran vivir enconchados todavía.

-¿Han rechazado sus boletines sobre español correcto?

– Claro, esporádicamente. Porque tampoco faltan los sabelotodo, los infalibles. Alguna vez un arquitecto de Floridablanca, Santander, contestó uno de mis correos diciendo: «Yo domino a la perfección el idioma, hablo y escribo muy bien. No me mande más sus boletines».

 

-¿Usted qué hizo?

-Primero, contestarle con caballerosidad el mensaje. Me disculpé con él por haberlo incomodado, y lo felicité por la brillantez de su mente. Enseguida, borré su dirección de mi lista para no «fastidiarlo».

 

-¿No fue un poco irónico?

-Quizás sí. La ironía es figura excelente si se la usa con diplomacia en los mensajes. En aquel caso cabía porque el arquitecto «iluminado» había escrito su mensaje con barbaridades ortográficas. Colegí que se trataba de una persona soberbia y prepotente. Con ellas hay que estar a kilómetros de distancia. Son empalagosas y producen incomodidad.

 

-Los periodistas son el centro de atención de sus boletines. ¿Es una campaña en su contra?

-¡No, ni más faltaba! Es una campaña por el uso correcto del español, que es muy diferente. Si bien las noticias que llevan errores gramaticales son el material prioritario de mis boletines, no hay que olvidar que también incluyo citas de la gente del común. Todos los días hay quienes hablan y escriben mal. En mis boletines abogo porque se respeten la normatividad del idioma, su pureza y su elegancia. No ataco a nadie, no tengo razones para hacerlo; y si las tuviese, ese no es mi estilo. Me parece ruin y propio de gente mísera. Ese tampoco es mi perfil.

 

-¿Ha habido periodistas renuentes frente a su campaña?

-Me sobran dedos de una mano para enumerar los casos. Porque no han pasado de tres, en siete años. Uno, por ejemplo, se declaró contraventor a ultranza de las normas gramaticales; otro dijo que escribía como le daba la gana. ¿Se imagina la calidad de su redacción? Pero los retiré de mi banco de datos. No era justo provocarlos, ni menos «torturarlos emocionalmente» informándoles cómo se escribe bien.

 

-¿Dónde estudió español?

-En mi lugar de residencia. Todavía lo hago a diario. (Risas).

 

-No, me refiero a la institución que le enseñó lo que sabe…

-Para aprender lo que uno desee saber no es preciso, ni indefectible, acudir a una institución académica. El mundo ha estado lleno de doctos en muchas materias, que fueron autodidactas; pero parece que muy pocos se han dado cuenta de ello. No son los diplomas los que transmiten conocimiento. Conozco a muchos con diploma, pero despiertan conmiseración. En la llamada «universidad de la vida», se aprenden las más duras lecciones y se presentan los más intrincados exámenes. Yo opté por este método, funciona con lectura permanente. Por fortuna, a nuestros congresistas todavía no se les ha ocurrido la idea de prohibir que los colombianos leamos. Aún gozamos de esa libertad.

 

-Comprendo. ¿Hay casos de colegas suyos que lleven muchos años redactando noticias sin avanzar, y por qué razón?

-Sí, los hay por montones. Es una dura realidad, pero realidad. El tiempo pasa de manera implacable. Si se lo aprovecha bien, cualquier meta se consigue; si se lo desperdicia, el resultado es denigrante y lastimero. Conozco a algunos, por ejemplo, que empezaron a ser periodistas cuando yo comencé, hace 39 años; o lo hicieron antes. Y da tristeza leerles lo que escriben, o escucharlos hablar. Pero son los primeros en ensoberbecerse cuando se les insinúa que estudien.

 

-¿Hasta cuándo va a sostener su campaña idiomática en Internet?

-¡Hasta cuando Dios me conceda licencia para hacerlo! ¿Mucho tiempo, acaso? (Risas). En serio, será hasta cuando el corazón deje de indicarme que todavía estoy vivo, que todavía sirvo para algo, que aún puedo aportarles algo a otros.

 

-¿No es mucho optimismo?

-En eso es válido redundar: en optimismo, en confianza, en seguridad. No creo que sea malo seguir esas guías de crecimiento. ¡Lo malo es pasar por aquí con pena y sin gloria!

 

-¿Qué otros proyectos tiene en mente?

-Uno de carácter editorial, en su momento los colombianos sabrán de él. Y otro también intelectual: conseguir editores para varios libros que tengo en «remojo». Para mí, escribir es una pasión indescriptible.

 

Un consejo para los jóvenes de hoy y para los estudiantes de periodismo…

-A los jóvenes: que conozcan este bello idioma, con seguridad terminarán amándolo porque facilita la apertura de muchas puertas, detrás de las cuales está el éxito que añoran. Y a los estudiantes de periodismo: que estudien gramática elemental. Sin ella, será imposible que puedan redactar bien una noticia. Las palabras son la herramienta primaria de los periodistas, por eso hay que conocerlas a fondo. Quedarse solo con lo que está en la superficie es escoger el camino de la mediocridad. De eso ya estamos saciados en Colombia.

 

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