¡¡Mamáaaaaaaa!!!

Escribir una entrada sobre las madres para el día de la madre es relativamente fácil. ¿Quién es capaz de hablar mal de la madre o la abuela, aún cuando no sea el día de la madre? Nadie. Sin embargo, hay dos subespecies, las suegras y las madrastras de las que lo difícil es hablar bien. Fray Augusto, escribiente habitual de la Libreta de Apuntes, asumió con valor y valentía esa difícil labor.

Aquí va pues nuestro homenaje sentido a esas madres, unas más madres que otras, que se suman a mi mamá, a la mamá de la mamá de mi hija y a mi hija que algún día será mamá, suegra y abuela si es que la humanidad es capaz de sobrevivir a tanto madrazo.

Las suegras también son gente

Fray Augusto

Tal vez no haya  una palabra más pronunciada en español – en todos los idiomas- que madre o mamá. Desde pequeños la tenemos ahí no más. Pero también, pocas voces están más pobremente definidas en los diccionarios.

El de la Real Academia Española es avaro a morir: Mamá: “Voz equivalente a madre, que usan muchas personas, y especialmente los niños”. La definición de madre tampoco emociona: “Hembra que ha parido. Hembra respecto de su hijo o hijos”. Para el Larousse, madre es “mujer que ha tenido hijos”. Y mamá es “madre en el lenguaje de los niños”. Nada que hacer frente a la definición de Ana Milena, una nena de cinco años: “La madre es la piel de uno”.

Preferible recordar lo que de ellas escribió  la escritora francesa Margarita Duras: “En la maternidad, la mujer deja su cuerpo a su hijo, a sus hijos. Están sobre ella como sobre una colina. La comen, tamborilean sobre ella, duermen sobre ella y ella se deja devorar. Duerme a veces mientras están sobre su cuerpo”.

Las suegras también son mamás … sin poesía,  se merecen toda nuestra perplejidad. Como dijo un poeta hablando de la letra eñe: las suegras también son gente.

El día de la madre es un  buen pretexto para recordar que el matutino, el meridiano, el vespertino y el eterno femenino pasa – a regañadientes-  por las suegras.

La sola palabra  pronunciada así no más, sin contexto, espanta. La humanidad ha sido cruel, despiadada,  injusta con ese colectivo. El oficio de suegra parece negarle a la mujer otros atractivos propios del eterno femenino.

Pero las suegras también tuvieron sus quince años. Lo recuerda Serrat: “Recuerde, antes de maldecirme, que tuvo usté la carne firme y un sueño en la piel, señora!”.

Jesús reivindicó esa desacreditada condición  y curó de fiebres a la suegra de Pedro, el primer Benedicto XVI.

El refranero popular es menos poético con las suegras y afirma “que son como las  yucas:  buenas … pero enterradas”.  Se les reconoce que son buenas…  en el fondo.

Las suegras son madres sin prensa, o con pésima prensa. Carecen del Chapulín  Colorado que las defienda.

Ellas tienen la culpa porque cuando asumen su papel de tales quedan reducidas a una isla rodeada de antipático egoísmo por todas partes. Ahora, por más que detesten a la nuera o al yerno, idolatran a los nietos en nicho aparte. Celebran cuando nacen los nietos porque entonces empiezan a “ennietecer” que es una forma de dejar de envejecer.

Nadie les reconoce capacidad de amar. Jamás renuncian a la posesión que creen tener sobre su prole, así ésta decida contraer matrimonio.

“Qué vivan las suegras. Pero que vivan lejos”, es otro apunte del habla popular que proclama el bajo índice de sintonía de estos especímenes.

Mejor volver a Serrat: “Ese con quien sueña su hija; ese ladrón que os desvalija de su amor, soy yo, señora”.

Todos llevamos un repertorio de suegras en nuestro prontuario sentimental. Los hay que se entendieron mejor con las suegras que con la novia. De pronto ellas toleraban el trato con  los yernos para conocer más fácilmente sus reales intenciones.

Cuando se lo proponen, las madres políticas  son diplomáticas y calculadoras Talleyrand de tacón alto.

Operan a manera de sicólogas sin tarjeta, hechas en casa. Una suegra sabe hasta para remedio.

En los días de la madre, hay consenso general para no menear la complicada condición de suegras. Tampoco se menciona la soga en casa del ahorcado.

“Dichoso Adán que no tuvo suegra”, dice la sabiduría popular. O  la ignorancia.

Antes había cierta distancia con ellas. La novia recibía en la ventana. O en la sala, cuando el sujeto ese había hecho méritos. Y empezaba a dar puntadas matrimoniales.  Hoy la muchachada se tutea con las suegras, les dicen por su nombre,  y se despiden de ellas de beso.

Desde siempre ha existido una doble moral frente a este gremio. Se las adula durante el noviazgo y se las vilipendia al llegar a la tierra prometida del altar. De novios, son un mal necesario porque son aliadas ante el suegro exigente que solo admite  príncipes azules para su hija.

Sin suegras cómplices habría más de una bella vistiendo santos. Suegras hay que fueron precursoras de la liberación femenina. Hicieron la revolución a costillas de sus hijas. Eso no lo ve el machista ojo masculino.

Menos mal no han pensado en armar sindicato. Una suegra sola es una central única de trabajadores cuando se trata de defender los intereses de sus vástagos.

Mejor despidámonos con Serrat: “Yo sé que no soy un buen yerno, soy casi un beso del infierno,  pero un beso, al fin, señora…!”.

Madrastras

Las madrastras han tenido tan mala prensa como las suegras. Pero pese a que no “registran” bien, crece la audiencia de madrastras. La razón es sencilla, perogrullesca: hay más madrastras porque cada vez son más frecuentes las separaciones.

En el pasado había más tolerancia hacia el matrimonio. Era un fin en sí mismo. Y había más respeto por lo religioso. Se tomaba casi al pie de la letra que el matrimonio era hasta que la muerte los separe, según la fórmula sacramental.

Hoy las mujeres casi asumen el matrimonio como un episodio más en sus vidas. Wilde vuelve a tener razón: “Los hombres se casan por cansancio; las mujeres por curiosidad”.

Y como  han hecho presencia vigorosa en el mercado laboral, ya no aguantan el chantaje económico que suponía el hecho de que el marido, a la par que aportaba todo en el campo económico, se reservaba el derecho a la infidelidad y otras licencias  masculinas propias de una sociedad machista.

Para la sicóloga Lucía Náder, conocida por sus programas en radio y televisión, la madrastra es “tal vez el personaje más oscuro: Pero no todas las madrastras son malas madrastras. Muchas de ellas podrían funcionar como buenas amigas de los hijos de su esposo. El día que ellas asuman el rol de amigas y no de mamás, ese día no habrá problemas. Cuando asumen el rol de mamás, o el rol de competidoras del afecto del marido se vuelven castigadoras, maltratadoras, dañadoras…”.

Carlos Enrique Ramírez, sicólogo médico especializado en siquiatría en la Universidad Javeriana y sicoanalista de la Sociedad Colombiana de Sicoanalistas, dice, a propósito de la proliferación de madrastras que las esposas de hoy son menos tolerantes a las dificultades inevitables de la convivencia de pareja.

“Hay más rivalidad con el esposo y menos sometimiento al hombre que se ha vuelto menos imprescindible, entre otros motivos, porque a veces la mujer aporta más en lo económico”.

Sostiene Ramírez  que “antes, los hijos eran un inconveniente para la separación. Tanto las mujeres como los hombres lo pensaban mucho antes de separarse cuando tenían familia. También existía la influencia de lo religioso. Las mujeres eran muy devotas, ahora no lo son tanto. Pienso que en la escala de valores, la maternidad y la familia ya no están en el primer lugar. Para una mujer gerente, ministra, es más importante y prioritario eso que la familia”.

Ramírez considera que las parejas  son conscientes de que “una relación no puede mantenerse a través del sometimiento y la agresión, que se impone manejar los ingredientes del amor, la responsabilidad y la consideración por el otro, en vez de los ingredientes del miedo y la hostilidad”.

Esta situación, de todas formas, tiene el inconveniente de que los vínculos se están rompiendo más rápidamente lo que genera consecuencias negativas en los hijos que son los que pagan los platos rotos.

La sudafricana Teresa Heinz, heredera del imperio de las salsas,  podría convertirse en la madrastra más influyente del mundo en caso de su marido, John Kerry, candidato demócrata norteamericano, le gane a su rival el presidente Bush. La políglota y explosiva Heinz, con una fortuna de 400 millones de dólares, es la madrastra de Alexandra y Vanessa, las dos hijas del primer matrimonio de Kerry.

En Colombia, son connotadas madrastras, aunque no ejercen como tales, Amparo Rodríguez y Dalita Navarro,  segundas esposas de los ex presidentes Turbay Ayala y Belisario Betancur. También pertenece al gremio, Lucrecia Ramírez, segunda esposa del ex alcalde de Medellín, y quien prohibió que se la llamara primera dama de la ciudad (prefiere el rango de primera mujer).

Y la periodista Pilar Tafur, esposa del flamante académico Daniel Samper con quien suele escribir al alimón sobre literatura y música, principalmente. (Samper dijo alguna vez que para ser feliz, un hombre necesita tener una buena ex mujer y una buena mujer. O algo así)

 

 

 

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