Mis amores con Internet

Mi romance con la señora Internet, mujer fatal de la cibernética, fue un extraño caso de amor a  tercera vista. Cuando nos conocimos, no hubo ese big-bang o flechazo propio del primer enamoramiento. Fui retrechero a sus encantos. Internet, mi “dulce enemiga”, tuvo que pelar muchos cocos con la uña antes de hacerme doblar la dura cerviz de macho torpe y reacio  a sus coqueteos cibernéticos.

Mi novia virtual  encontró en el suscrito “que habla” a un rebelde sin causa y sin argumentos para acceder a los regalos que brindan la modernidad, posmodernidad y yerbas afines. Pero, bueno, hay que caer en la tentación porque después ésta no vuelve a presentarse, según Wilde. En  mi caso, poco a poco fueron cayendo mis reservas ante los nuevos vientos. Y empecé a conocer el abecedario del cachivache.

Internet nació en 1973 de una costilla del morbo de la curiosidad humana que quería hacer realidad aquello de que el mundo es un pañuelo. Hoy estornuda la aldea global y nos enteramos en un santiamén. Lejos estamos del descubrimiento de América, un acontecimiento sin prensa. Pasaron muchos meses antes de que se conociera el noticionón (equivocado) de que Colón y su banda habían llegado a las Indias.

Una forma cómoda y sin estrés  de hacer historia es viviéndola. Ahora tenemos el privilegio –y la desgracia- de asistir desde ring side, por ejemplo, al bombardeo del paraíso (Irak). Gracias a CNN  y por cortesía de alguna marca de preservativos, las peores locuras del bobo sapiens invaden  nuestra alcoba. Vivimos en la soledad acompañada de internet.

Ella lo contiene todo: prensa, libros, radio, televisión fotografía, música. Todo en una minúscula caja mágica. Todo por el mismo precio. La red es la respuesta al culto a la velocidad, opio del tercer milenio. Hay que conocerlo todo rápido antes de que equis acontecimiento sea rebasado por otro. No hay  tiempo de digerir la historia que nos llega por cuentagotas.

Y ni qué decir de esa otra herramienta fabulosa de internet, el correo electrónico que convirtió a los carteros en polvo de nostalgia. En segundos estamos conectados con medio mundo gracias a un escueto clic.

En venganza por ninguniarlo durante siglos, un pacífico ratón (mouse) nos tiene por su cuenta. El repugnante ciberroedor es nuestro brazo desarmado en internet. Un clic que se ha convertido en tic nos abre otra caja de Pandora.

Sin querer queriendo internet está acabando con lo que quedaba de la privacidad. Nos  pasamos más tiempo navegando que amando. La lectura decae por culpa de este nuevo tirano del ciberespacio. Las relaciones familiares o personales carecen del encanto del cara a cara: las hemos cambiado por la frialdad sin sexapil de una pantalla. El erotismo pierde terreno frente al sexo virtual que alcahueta la red de redes. Onán se daría un opíparo banquete bajando mujeres escasas de cucos.

Está próximo el momento en que el constante y creciente uso de internet figure entre las primeras causales de divorcio, al lado de la infidelidad o los ronquidos pluscuamperfectos de alguna de las partes. Los médicos se especializan a marchas forzadas – y se llenan de plata- con el filón inagotable del tratamiento por la adicción a internet.

Internet es la forma de ganar perdiendo que inventó el bípedo implume de hoy, enemigo de sí mismo. Descubro el agua tibia cuando planteo que es el gran descubrimiento de nuestro tiempo, como en otras lo fue el del fuego, la rueda, el cine… Con el encanto adicional de que es un descubrimiento del cual somos protagonistas. Y eso que está sin inventar del todo. Como el hombre.

Por Óscar Dominguez g.

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