Sábato y la novela

Ernesto Sábato tenía 34 años cuando decidió abandonar la ciencia y dedicarse a la literatura. Nada le decían las ecuaciones, los vectores o las radiaciones atómicas en las que había trabajado en el Laboratorio Curie. En la escritura, en cambio, le halló sentido a su vida.

“La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma –quizá la más completa y profunda- de examinar la condición humana”, decía.

El autor de “El Túnel”, “Sobre héroes y tumbas”, donde se puede leer una de las más reveladoras metáforas del poder, y “Abaddón el exterminador”, fue un férreo defensor de la novela, genero del cual algunos, con gran atrevimiento como ignorancia, han vaticinado su decadencia.

Pero la novela refleja la totalidad del hombre, ahonda en sus profundidades y nos cuenta también acerca de lo que se puede percibir en la superficie. “El nacimiento, desarrollo y crisis de la civilización es también el desarrollo y crisis de la novela”, decía Sábato.

La novela no es apenas una forma de arte. La novela es la vida misma, un espejo de nuestra existencia. “Es un género, observó Sábato, cuya única característica es la de haber tenido todas las características y haber sufrido todas las violaciones”.

 

En la novela, la realidad es objetiva y subjetiva. Está fuera y dentro del sujeto. A la novela se pueden vincular todos los géneros. En ella, el autor se permite experimentar con diversas formas de contar.

La novela es producto del alma, decía Sábato en uno de sus ensayos. “El alma es una fuerza que se halla en entrañable vinculación con la naturaleza viviente, creadora de símbolos y de mitos, capaz de interpretar los enigmas que se presentan ante el hombre”.

Sábato no escribió decenas de novelas. Estuvo en desacuerdo con los autores que escribían, no de sus obsesiones e inquietudes interiores, sino con aquellos que se creían con derecho de tocar todos los temas y se entregaban a la prostituida tarea de producir en cantidades industriales.

Sábato, tal vez un hombre triste y desencantando de la manera de andar del mundo, fue el primero que tocó la puerta de mi existencialismo. Por Sábato, empecé a formularme preguntas que hicieron mella en mis cimientos y a desarrollar mi sentido crítico. Creo que así ocurrió con muchos jóvenes que leímos “El Túnel” y fuimos hipnotizados por la asombrosa revelación de Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarme.

El Sábato corpóreo se ha marchado. Lo hizo temprano y de madrugada, hora propicia para muchos autores que inician el trance de su proceso creativo. Pero el Sábato escritor no ha muerto. Cada vez es más fuerte y sólido, como el género novelístico, que, con razón, defendió a capa y espada.

Por: Gabriel Romero Campos


 

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