Consumidores consumidos

Por Fray Augusto

Eva nació y empezó a consumir manzanas. Y espejos (en el lago) para alborotar la coquetería. Nacemos y estamos consumiendo algo: leche materna, o de tarro, pañales. O el chupo que le dará descanso a mamá y, más adelante, permitirá ahorrar niñera. Y siquiatra.

Cuando envejecemos,  “consumimos” médicos, y nos dedicamos a despachar variados  purés de pepas para combatir toda suerte de achaques.

Los consumidores somos los reyes de burlas del paseo. Solitos podemos poner Presidente, elegir Congreso. Lo que queramos. Hasta el gallo de la pasión sabe que vivimos en la era del consumismo.

Compramos “cosas necesarias que no necesitamos”, dijo un pequeño. Pero a los consumidores nos dan en la cabeza que da miedo. El buzón de quejas en todas partes está lleno de quejas sin respuesta.

Por ejemplo, cada vez más nos venden alimentos manipulados con insecticidas y preservativos. De pronto, nos toca botar, o devolver, productos que primero saben a insecticida o preservativo.

Vamos a comprar frutas originales, tal como fueron hechas en el Paraíso, pero no: cada vez nos venden  más la fresa-mora, la papaya-melón, la guayaba-manzana. Es una audacia encontrar un mango-mango. El laboratorio remplaza la huerta casera.

Para que duren, la carne, el pescado, su majestad el ave de tacaño son engordados con métodos no ortodoxos. Casos hay de animales a los que condenan a  quietud eterna para que su carne mejore. Mueren sin haber ido a ninguna cita de amor. Mark Zuckerberg el inventor de Facebook se da el extraño lujo de comer solo aquellos animales que él mismo mata.

Las alarmas de los carros tienen la preocupante eficacia del mercenario. Se activan con el silencioso roce de un felino que va en busca de su gata caliente. Pero no se callan. Al único que no despiertan es al celador del barrio.

Las alarmas deberían perturbar cinco, diez segundos. Y que venga el silencio. Pero no, duran cinco, diez minutos al aire.

Irónico, pero en la edad de oro de las comunicaciones, es imposible comunicarse con la dependencia deseada. Nos tienen de Herodes a Pilatos marcando extensiones. Nunca aparece la Tierra prometida de una voz de carne y hueso que absuelva interrogantes. Las empresas prefieren ahorrar en empleados. Curiosa forma de perder clientes.

El Vaticano ha ordenado homilías de 10 minutos. Lo que no se diga en diez minutos (la famosa “conversación de ascensor”)  no se dice en diez horas.  En 10 minutos, el párroco apenas va en el aperitivo.

En los celulares, usted habla un segundo y le cobran el minuto entero. Las quejas por este maltrato al consumidor, hacen nube, pero la burocracia encargada de ponerlos en cintura se muere de la erre. Ahora, si esos minutos que lo acompañan a todas partes no se utilizan a tiempo, prescribirán, como los primeros besos.

En los parqueaderos, por extrañas matemáticas, cobran lo mismo por un segundo que por minuto. Antes un minuto más eran quince minutos adicionales de pago. Hemos avanzado algo.

¿Ya le llegó esa tarjeta de crédito de oro que nunca pidió, dizque por buen manejo?

La sospechosa dialéctica de los quince minutos se repite con los médicos de la medicina prepagada. Dese por bien servido si el vale que tiene que pagar,  le merece un cuarto de hora al bisturí que lo atiende. En cinco minutos, ya estamos de patitas en la calle.

Los galenos tantean la presa averiada y adiós. Nada de preguntas. Que pase el otro vale. Nos despachan con una fórmula escrita mano, con letra ilegible de voyerista. No se crea ninguna complicidad médico-paciente-impaciente-.  ¿Tiene mala calidad de vida? Aguante, todos nos vamos a morir.

Y ya para terminar: ¿quién devuelve el tiempo perdido en la lectura de una columna que no le gustó? Mejor me abro del parche.

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