A la penúltima moda

Por Fray Augusto

Recado para los empresarios de la moda en la aldea global: no cuenten con este negro para engrosar sus billonarias arcas. Vivo cómodo a la penúltima moda. Parte de mi ropa es del paleozoico, pero de repente recobra vigencia.

Solo estreno cuando mi madre me regala medias, pañuelos o calzoncillos de preso,  de los llamados matapasiones.

Mis corbatas, anchas o delgadas, con o sin rayas, mueren y reviven.  Camisas de conservador alvarista, blancas, de monótono cuello azul, como las de Alberto Casas Santamaría, bostezan en la claustrofobia del escaparate en compañía de obesas polillas.

Envejecer me sigue sorprendiendo con sus gabelas.  Ya la vanidad no me exige que me sume al consumismo salvaje. (El tic  de comprar compulsivamente se  llama oneomanía. La palabreja tiene sospechoso parecido con el freudiano onanismo. ¿Por qué? Averígüelo, Vargas).

Hace tiempos me  ahorro el angustioso ritual de asomarme al clóset para decidir la ropa qué luciré durante la jornada.

Cuando me asomo al ropero, arcaicos trajes Everfit me piden a gritos que les dé un chancecito. Casi me invitan a almorzar.

La ropa que visto para entierros cada vez más frecuentes, es la misma que uso para almuerzos (corrientazos) con mi contingente de pensionados. Mis chiros salen con un matrimonio, la corrida de un catre, la posesión de un presidente, un cumpleaños…

Turno mis vestidos para no desairar a ninguno. Aunque son inevitables las preferencias. Los sacos cruzados, de color azul, como de músico, se dan su vitrinazo de vez en cuando.

A todas las prendas se les ve la felicidad en la cara cuando les llega su momento de salir a la pasarela.  Incluidos aquellos desteñidos pantalones que presentan fatiga de metal en los cuartos traseros.

No obstante lo anterior, me extraña-araña que no haya pasarelas que halaguen a los pensionados. No le merecemos una puntada, con o sin dedal, a agujas como Johana Ortiz, Daniel Hoyos o Esteban Cortázar, quien tiene la mirada perpleja de quien  no ha pegado un botón en su vida.

Como me encanta que la gente se enriquezca con mis ideas, con gusto les daré algunas. Si se llenan de plata,  voy  con el diez por ciento (para negociar):

Señores, están en mora de producir ropa  casual que salga con la nostalgia acumulada. Caería bien una chaqueta que rime con los años que nos quedan. Sería de locura un gabán que combine con el galopante Alzhéimer.

Se venderían como pan caliente gorras para lucir en la colonizada banca del parque donde esperamos el parsimonioso atardecer.

Esta población estupefacta de la que formo parte no produce, pero gasta. Envejecer es gastar. Aprovéchennos.

Dichas estas palabras, desaparezco para ver qué ropa de descanso llevaré hoy para no hacer un carajo.

 

  Share: