A mil por hora

Por Gabriel Romero Campos

 

Avanza la Copa América, aún sin favoritos, pero a velocidades infernales. Difícil encontrar un partido en el que los jugadores se deleiten con el balón. No hay tiempo para ello. Messi recibe y ya tiene tres adversarios. Paraguay intenta un avance ordenado desde la zaga y los delanteros rivales ya están como perros de caza en busca de la pelota.

 

Brasil, que nos tiene acostumbrados a su juego vistoso, apenas dejó ver destellos frente a Paraguay. En esa frenética carrera detrás del balón no hubo manera de hacer una pausa, pensar y generar jugadas más claras.

 

El fútbol de la Copa América se vive a la velocidad en que avanza la vida en las grandes capitales, tomadas por Black Berrys, Ipods y yerbas parecidas que nos comunican en un instante con el otro lado del planeta, pero que nos roban tiempo para detenernos y saber qué pasa en nuestras vidas.

 

Ayer Uruguay corrió sin descanso frente a México. No paraba ese balón que iba de un lado para otro, casi sin detenerse en la mitad del campo. Todos en una lucha sin cuartel para avanzar y avanzar, lanzar pelotazos, llegar en el menor tiempo posible a la puerta contraria. Los juveniles de México intentaban contener a sus rivales y cuando tomaban la pelota continuaban el libreto que su rival había dejado ver segundos antes.

 

Nadie para en el torneo de fútbol más antiguo del planeta. Ni siquiera la reposada Perú de otros años se salva de los afanes de la vida cotidiana. Si el balón es la esencia del fútbol, aquí da la impresión de que esta máxima se queda sin piso. Parece que el objetivo es no tenerlo o tenerlo el menor tiempo posible.

 

La Copa cada vez tiene más atletas y menos pensadores. Inclusive, los arqueros no gozan de las libertades de otros tiempos para sacar. Vamos a mil por hora. No hay tiempo. Hay que contestar el correo de inmediato, hay que tomar el bus a las 7, no a las siete y un minuto. Puede ser muy tarde. “Te tengo que decir algo, mi amor”. “Más tarde, mi vida, no tengo tiempo”, será la respuesta.

 

En la tribuna, el espectador ya no solo tiene el radio. Ve el partido y de reojo revisa si en su aparato electrónico ha entrado un mensaje o tiene una llamada de urgencia. No sé si estemos disfrutando lo que vemos. Tal vez el mundo ha cambiado y uno añora, en medio del frenesí, un corto paseo y una mirada larga para saber qué hacer.

 

Años atrás, nos asombrábamos de las velocidades propias del fútbol europeo, pero lo que vemos en esta Copa no dista de ello. No hay forma de pensar en un parque o en una alameda. Lo que se ve en Argentina no es tango, sino música tecno. Lo que se ve en Argentina es el tráfago de las ciudades, el andar incesante así no se conozca el objetivo.

 

Por fortuna, los partidos avanzan y esos jugadores que parecen no detenerse tienen límites y se cansan y, seguramente, se reducirá el ritmo y habrá algo más de espacio para encontrar una jugada bella, unas cuantas paredes en la mitad y la elaboración de un gol en el que participen buena parte de los componentes de un equipo. No me apresuro a vaticinar quién ganará. Pensarlo toma tiempo y debo entregar esta nota. Es el ritmo da la Copa América, que no da tregua.

 

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