Con el perdón de las feas

Por: Óscar Domínguez G.

No tengo nada contra las bellas. Pero si bien me alborotan la libido, en Colombiamoda que termina hoy en Medellín, me habría gustado ver más feas, gorditas,  cachetonas, avaras de trasero, o con una tierna patica de palo, a lo Navarro Wolff.

También reclamo feas en los espacios de farándula. Las despampanantes tienen acaparado el mercado. No hay justicia con las feas que, por supuesto, tienen su historia extensa. Con ellas sí hay paraíso. Se emplean a fondo en todas las faenas.

Cómo serán de importantes que la circunspecta BBC, de Londres, ha optado por presentadoras que le coquetean a cierto grado de fealdad. Ojalá nos copiáramos de los flemáticos ingleses.

Voyeristas y candidatos a viejitos verdes, nos concentraríamos en las noticias y no en el escote, la vanguardia o la retaguardia, el cambio de carrizo, o en ese minúsculo adminículo llamado minifalda que les obligan a lucir.

Hasta el talentoso comediante Suso – a quien le imponen cada vez más el libreto y ya casi dice: “Soy estilo RCN”-, fracasó en el intento de clonar la forma sexi de pararse de Laura Acuña, estirando la privilegiada pierna a un lado, como mecanismo para exasperar la bilirrubina erótica.

No faltará quién afirme que algunos caballeros las preferimos feas porque ya no levantamos ni pa’l bus, sexualmente hablando. Falso positivo. Si bien el pedido ha bajado sustancialmente, los que peinamos canas y estamos en el mercado del usado, tenemos nuestro encanto.

Aparte de que nos gusta que el pan esté mejor repartido,  nos parece que las divas que ofrece el menú televisivo son demasiado inverosímiles. Están a años luz de nuestros sueños eróticos.

Queremos mujeres más al alcance de las manos. Sin que dejen de ser nuestros eternos amores platónicos que también ayudan a vivir… de imposibles.

Con el perdón de las feas, abogo por las bellas. No valoran su talento. Sus patrones se aprovechan de su nobleza y de sus pectorales, traseros y demás accidentes geográficos del paisaje femenino.

Las obligan a mostrar “mucha piel”, como dicen las que salen ligeras de equipaje en almanaques, programas de entretenimiento, o revistas que ayudan a combatir la disfunción eréctil. Y cobran duro, claro. Toca aprovechar el warholiano cuarto de hora. Las arrugas acosan detrás de cada segundo vivido.

Las presentadoras siempre están actuando. No se dan reposo. Tienen el estrés por cárcel. Y manejan jijuemil negocios: restaurantes, gimnasios, bares, perfumes, menjurjes, diseño de joyas. Apenas les queda tiempo de vivir, de ejercer de mujeres de la llanura, de esas a las que le da hambre, sed, sueño, insomnio. Y padecen tusas de amor.

Ojalá se las ingenien para indagar si ese producto que promocionan tiene la calidad que anuncian. ¿O le dejan ese gesto ético-estético a sus patrocinadores?

La mayoría de ellas jamás repite vestido. ¿Quién se atreve a echarle los perros a una vieja que no alcanza a enamorarse de sus zapatos viejos?

Sin querer queriendo, las presentadoras de tv. copiaron la costumbre del rey mexicano que cambiaba de traje hasta cuatro veces diarias. “Sin repetirlo jamás”,  aclara Montaigne en alguno de sus lúcidos ensayos.

El monarca tampoco repetía plato o vaso. Después repartiría lo desechado entre sus validos o sacamicas.

Me pregunto adónde irá a parar esa ropa que no tendrá una segunda oportunidad sobre la piel de las catas, caros, anas, andreas. ¿Será que las limpian con un trapito, las regalan a sus parientes pobres, o las comparten con sus mejores amigas de bachillerato que las ven triunfar?

Como Eróstrato de tierra fría que aspira a cierto grado de inmortalidad, propongo que feas y bellas se repartan, miti-miti, la torta del protagonismo. Y los dividendos económicos.

 

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