El ojo del Halkón

Por: Rudames

 

Todo tiene una primera vez y en los años que llevo de haber escrito esta columna bajo el nombre del Ojo del Halkón, es la primera vez que cuento porqué Halkón se escribe con k y no con c, como es el nombre de ese animal inteligente que sabe ir por las alturas, mientras que mira desde allí donde está su objetivo o su presa, aclarando que le tengo el terror a las alturas y que mi objetivo no es una presa, sino decir la verdad y hablar por aquellos que no tienen voz, con lo que quiero aclarar que la mayoría de las columnas tienen origen en la inconformidad de muchos ciudadanos que no tienen voz ni voto. Halkón con k nació de mi paso hace algunos años por el taoísmo, me llamaron así porque estaban casi seguros que era la persona indicada para decir las  cosas como eran desde las altas tierras santandereanas, en donde teníamos que soportar el frio helado de la madrugada, entre ritos y ejercicios físicos, para luego salir a escribir y a decir cuántos pares de moscas eran tres y que tan claro era el chocolate espeso.

 

Y es la primera vez que quiero ceder el espacio que tanto he utilizado a un colega, como es Heriberto Fiorillo quién trata uno de los temas más delicados y quizá de violación del derecho humano, como es el de colocarle a una persona cualquier nombre sin que tenga derecho a su defensa.

 

Aquí dejo a consideración de nuestros lectores lo que dice al respecto Heriberto.

 

El desprecio

 

Por: Heriberto Fiorillo

 

La sociedad colombiana no se siente indígena en lo más mínimo y, frente al etnocidio, prefiere mirar hacia otro lado.

 

El registrador pregunta al indígena.

 

-¿Cuál es tu nombre?

 

El muchacho, musculoso, no entiende español. Habla el idioma de sus ancestros.

 

-Te llamarás Tarzán -le dice el registrador, que ríe con otros funcionarios del proceso de cedulación y deja constancia escrita en el documento.

 

Tarzán, Goodyear, Coito, Payaso, Mariguana, Ferrovital, Bolsillo, Gorila, Usnavy. Los indígenas van llegando y los registradores van poniendo a cada uno el nombre con el que la sociedad colombiana despreciará a los miembros de una de las etnias más antiguas y vulnerables de nuestro territorio.

 

Se lo han hecho a cerca de cinco mil wayús, en el Caribe colombiano, denunció a la agencia EFE la escritora guajira Esthercilia Simanca. Pero esa vejación ya tradicional no se queda ahí. Los registradores concluyen casi siempre, sin preguntar siquiera, que el indígena no sabe firmar y escriben que él así lo manifiesta.

 

Como no hay diálogo posible, cada registrador afirma que ese nuevo ciudadano colombiano nació el 31 de diciembre, fecha que por tradición han asignado a los indígenas de la Guajira, regidos por otro calendario.

 

Pegado al libro, el director nacional del Registro Civil, Cotrino Sossa, recuerda a EFE que los indígenas afectados han avalado su documento de identidad con su huella y que la legislación colombiana no pone impedimento alguno a los nombres.

 

El hombre no sospecha nada. Ni se entera. Deben parecerle divertidos y exóticos esos apodos. Igual han de pensar sus superiores. Ninguna oficina o persona del Gobierno ha protestado u ordenado la reversa de este desprecio continuado.

 

“Mientras nadie se queje”, parecemos pensar todos. En cualquier caso, el director nacional del Registro Civil avisa: “Si cualquiera de estos ciudadanos se ha sentido denigrado tiene que elevarnos una solicitud para que iniciemos una investigación y le demos toda la orientación del caso”.

 

Ni el Registrador ni nadie parecen encontrar razón alguna en la conducta delictiva masiva y continuada de esos subalternos para poner en marcha una averiguación. Un vejamen no se pacta y es sano recordar que casi nunca las víctimas están en condiciones de quejarse.

 

La actitud del Registrador parece ser la de todo el Gobierno y la de la mayor parte de la sociedad colombiana, que no se siente indígena en lo más mínimo y que, frente a los horrores cometidos contra otros seres humanos, les niega esa dignidad y mira hacia otro lado.

 

El desprecio que impulsa a los funcionarios a entregar cédulas entre los wayús de la Guajira resulta mínimo frente al que anima a quienes agreden a indígenas nacionales en otros frentes. El resultado es un verdadero genocidio, ha dicho un relator de la ONU. Los matan, los masacran.

 

Multinacionales, paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y demás depredadores en conflicto alteran los modos de vida ancestral de los indígenas y los hacen huir de sus tierras, ricas en biocombustibles, petróleo, madera o, próximas a las fronteras, propicias para el cultivo de coca.

 

Apenas quedan menos de millón y medio de ellos en todo el país. Son los kankuamos de la Sierra Nevada, los nukak makús del Guaviare, los hitnus del Arauca, los awas de Nariño, los emberas del Chocó y centenares de poblaciones más. Muchos, como los wayús de la Guajira, no hablan español y desconocen el sistema nacional de registro.

 

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