El señor Alcalde Mayor de Bogotá

Por: Luis Guillermo Blanco *

 

Observando  las encuestas  más recientes, en donde el  candidato Gustavo Petro se disputa palmo a palmo, con otros candidatos la Alcaldía de Bogotá, el segundo cargo más importante del país, me hace acordar de los repetidos S.O.S. que por este mismo medio de comunicación envié a  miles de compatriotas hace ya casi cuatro años, con relación a la inconveniencia de elegir a Samuel Moreno Rojas para ese mismo cargo.

 

Hoy, como ayer, reitero  mi advertencia ahora con referencia a Gustavo Petro. Me parece un contrasentido ciudadano que se vaya a premiar a un señor que formó parte integral de la administración Moreno Rojas, a la que después, en las postrimerías, con elevado cálculo político la denunció de corrompida.

 

Darle continuidad a esas  viejas prácticas politiqueras populacheras corruptas, de dejar hacer, dejar pasar, es lo que ha ocasionado todo este desastre; ya fue suficiente con la demagogia a ultranza de Lucho y los problemas de corrupción de los hermanos Moreno Rojas.

 

La ciudad se atrasó  en esas dos administraciones, veinte años; una eventual alcaldía de Petro, “con la política del todo gratis”, sería de apaga y vamonos.

 

El voto, como un acto libre y espontáneo del ciudadano, se debe ejercer con responsabilidad y eficacia.

 

Los bogotanos estamos obligados a examinar la hoja de vida de cada uno de los candidatos: analizar su experiencia, conocimientos y sus propuestas, y a decidir sin soberbia. Peñalosa, Galán, Luna, Mockus,  Parody, Castro, son todos candidatos relevantes;  cualquiera de ellos es idóneo para retomar el modelo de ciudad, perdido hace ocho años en las entrañas del Polo.

 

No es posible, tampoco malgastar con una mala elección el trabajo que con continuidad y tesón, desde hace años viene realizando el gobierno central, en razón a atraer inversionistas foráneos, que nos permitan prosperar.

 

Acordémonos que Petro es el enemigo público número uno de los TLC., – instrumentos modernos que marcan el desarrollo del siglo XXI –  y que con base en una oposición irracional a toda propuesta del gobierno de turno,  no dudó, a la par de Piedad Córdoba,  en montar el país en una gavilla inmisericorde de descredito internacional, con tal de bloquearlos.

 

Un gobierno eventual de Petro, no sería  garantía de nada, su sectarismo político no se lo permitiría, y menos se podría  esperar transparencia en sus actos; las administraciones del Polo, así  nos lo demuestra – y si bien él ya pertenece a otro partido, sus acompañantes son los mismos con las mismas -.

 

La estética de la  ciudad, por ejemplo, un asunto tan importante por lo que representa para la calidad de vida y la sicología misma de los bogotanos, continuaría siendo sacrificada. A  Petro, tampoco parece significarle mucho;  lo asume más bien como un asunto casi que suntuario, o un  invento de la rancia oligarquía cachaca: calles pavimentadas y limpias, parques iluminados y seguros, espacio público despejado, andenes para el peatón,  etc.

 

El pueblo, más que condescendencia populachera, requiere de una ciudad ordenada, fuentes de trabajo útiles  y organizados, obras como el Metro;  la construcción de más vías y autopistas, menos pico y placa, escuelas y colegios oficiales bilingües; calidad en educación y  salud, hoy  tan de capa caída, seguridad, un  sector alimentario organizado, ventas estacionarias bien dispuestas y normatizadas,  y por sobre todo pensar en montar proyectos turísticos, comerciales, culturales, a escala, que motiven a propios y extraños. En fin, son innumerables las cosas por hacer, y créame amable elector, Petro no está preparado: mucha carreta pero de aquello nada.

 

Otra cosa: un Concejo, abiertamente mayoritario, en oposición, como seguramente lo tendría, le daría poco margen de  gobernabilidad; ya lo  vivimos con  Mockus en su segunda Alcaldía. ¡La población electiva tiene la última palabra, el  30 de octubre!

 

* Autorizo la reproducción textual de este artículo.

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