Lo que odio de nuestro fútbol

Por: Gabriel Romero Campos

 

Antes de que la Selección fuera eliminada del Mundial, los fervientes seguidores de Colombia y muchos hinchas que se sumaron a la fiesta estábamos en otro país, en una especie de maravilloso exilio, en el que decidimos olvidarnos de todas y cada una de nuestras deficiencias. Con el correr de los días, nos sustrajimos de la realidad hasta que nos encontramos con la noche del sábado.

 

De manera, que hemos vuelto a casa, al atafago de las ciudades, a los vuvuzelas de los vehículos, a las apretadas agendas, a las severas clases con más severos profesores. Hemos despertado a nuestra realidad. Hemos regresado de ese viaje que completaba dos semanas y del que teníamos la ilusión de permanecer una más. Y cuando uno vuelve de viaje, a veces piensa en las cosas que más detesta de su Patria. De nuestro fútbol, tengo la siguiente lista.

 

La excesiva religiosidad. Creo en Dios y rezo todos los días, aunque voy poco a misa. Pero a Dios le pido vida, y lo demás queda por mi cuenta. Desde hace muchos años, la religiosidad de los equipos es excesiva. Aún tengo fresca la imagen del delantero “Kiko” Barrios, convertido en entrenador, y dirigiendo a sus muchachos con Biblia en mano.

 

Creo que muchos técnicos y jugadores colombianos depositan una gran responsabilidad en el altísimo. Las soluciones futbolísticas son más terrenales. No es bueno poner a Dios en el dilema de decidir a quién ayuda. Si ganan, dicen, fue porque Dios lo quiso. Si pierden, tratan de no mencionarlo o si lo hacen, llegan a la misma razón: Dios lo quiso. El fútbol, con sus aciertos y sus errores, es obra de los hombres y hay que darle esa dimensión.

 

Odio de nuestro fútbol las coreografías de las celebraciones de los goles. Antes, el jugador cantaba un gol con espontaneidad, pero hoy los futbolistas han hecho un entrenamiento previo. Anotan y uno les ve una camiseta debajo con una inscripción y luego se juntan con sus compañeros para realizar un baile más acompasado que los movimientos que deben hacer en la cancha. En Colombia parece que nos preparamos más para festejar los goles que para hallar la manera de convertirlos.

 

Igual molestia produce la exagerada preparación para una fiesta de la que todavía no tenemos certeza si vamos a celebrar. Los  medios de comunicación no hablan de otra cosa que la de la fiesta que se va a vivir. La experiencia nos ha demostrado que muchos de esos vaticinios terminan con el silencio sepulcral de un estadio y las calles vacías.

 

Odio que luego de una derrota, afloren las mismas soluciones: “Tenemos que creer en los procesos”. “Es necesario que a los jugadores los fundamenten desde que son niños”. “Esto solo se soluciona con un técnico extranjero”. “Ya es hora de cambiar a nuestros dirigentes”. “Hemos acumulado una gran experiencia, la cual nos servirá para futuras confrontaciones”. “Hay que aprender de lo que hacen los campeones del mundo”.

 

Odio que el país se divida en torno a sobre si debe o no seguir un entrenador y que tras ello queden al descubierto los regionalismos y salgamos con la idea de que no podemos continuar con la “rosca paisa” o que “Barranquilla tiene que ser la casa de la Selección” o “no le podemos dejar el fútbol otra vez a los rolos”.

 

No sé qué tantos odios he ido incubando y no sé qué tantos pueda soportar hasta el fin de mis días, pero lo cierto es que cada vez que haya un torneo o sea convocada una Selección Colombia, estaré ahí, en primera fila, sin perderme detalle de los acontecimientos, sin importar lo que hemos sido, somos y seremos. Sin importar que parece un imposible que Colombia nos entregue dos alegrías consecutivas.

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