Manifiesto del pensionado

Ricardo:**

Te disculpo porque no sos el único. Cuando uno se jubila, todo el mundo quiere planearle la vida. Recibe consejos de todos lados. La gente, sin darse cuenta de que eso molesta un poco, le señala a uno lo que debe hacer y pensar.

De unos años para acá, me he negado a dármele a la gente. Me di cuenta de que esa bonhomía ancestral mía, era contraproducente. La vez que quise ser bueno, en la cara se me rieron, dice el tango de Rolando Lasserie. Por eso, me sumí en el mutismo. No quiero volver a darle a nadie piedras para su cauchera. Por eso, nadie sabe a qué me he venido dedicando desde el momento en que me pensioné.

Con nadie he compartido mis preocupaciones, sueños y proyectos. Estoy dedicado a escuchar, así no más, a los que me hablan. Vos no me conocés a mí. No sabés qué he pensado, qué he gozado y qué he sufrido.

No sabés qué he leído y qué he escrito y en qué me he metido desde cuando tenía, quizás, doce años. No sabés de mis viajes y de mis contactos afuera y dentro del país. De mis andanzas y pensamientos, no tenés ni veniales.  De mi empatía de sangre con Durruti, creo, no tenés idea. De mi repudio absoluto por los godos de la cabeza y del corazón –porque los de partido no existen-, apenas has oído mis balbuceos.

Cualquiera, a la ligera, diría que soy un resentido social. Y no se equivoca: lo soy. Y tengo razones, y no sólo razones sino motivos, para serlo. En este país, no ser  un resentido, significa, ni más ni menos, que  se tiene  sentido de res, dijo alguna vez el poeta Federico Barrientos.

En esta y otras materias, nadie me quita lo bailado. Hace muy poco, vos y yo, entramos en contacto. Mis viejos amigos -los viejos de verdad-, sí saben qué subyace bajo mi máscara. Los nuevos, no. Y menos, por razones más que obvias, los amigos que hice a lo largo de  mi paso por la Corte y la Procuraduría. Delantede ellos, por legítima defensa, no fui un hombre sino un ente. Un funcionario. Un zombi. Un bobo babiao. Y ni así me salvé.

Todo esto viene, Ricardo, a propósito del reproche que me hiciste porque antier estaba en una conferencia. Diste por hecho que se trataba de una conferencia sobre temas de derecho en la Procuraduría y me indicaste que a esos actos, ya pensionado, no debería ir. Prejuzgaste y lo hiciste mal. Vos no sabés en qué ando yo. Vos no me conocés. No soy tan obvio, como creés.

Podría haber estado en una charla privada, sobre cine, con Tarantino, el genio del celuloide, o con Arriaga, el mexicano, director de “Amores perros”.

O podría estar en Guasca, refugiado en un lugar secreto, dedicado a discutir o simplemente conversar sobre asuntos nada convencionales.

O en Múcura, que me encanta, alternativamente mirando al cielo y leyendo, frente al mar,  a Saroyan o a Conrad o a Dospassos.

O podría estar ordeñando dos o tres vacas en Sopó, que me gusta, con un amigo fernandogonzalesco.

O picándoles caña, en Ubaté, a diez mulas de carga.

O simplemente disfrutando del olor a sudor de la  mula y del caballo. O del pasto picado. O de la miel de un trapiche.

O pintando un cuadro.

O escribiendo un poema.

O una casación.

O un cuento.

U oyendo mi música que, aparte del tango, es otra. El jazz, por ejemplo. Los blues, digamos.

O tocando el trombón para un grupo de pájaros sublimes.

O bebiendo absenta bajo un kiosko de paja en la capital de las Bahamas.

O escribiendo un tratado sobre el lenguaje de las nubes.

O dándole la última revisión a un libro que he titulado “Casación para niños de teta”.

O tomando yagé en las selvas del Brasil.

O pichando con mi mujer, como lo haría un unicornio de miel sobre una playa de talco.

O dando una clase de cualquier cosa en cualquier parte, valido de palabras sin pies ni cabeza, para contribuir a la confusión general.

O charlando sabroso con Landursy, pintor amigo, en su refugio de Santiamén, quien tiene una lúcida carreta, y además deslumbrante y revitalizadora, sobre el arte de “volver a ver” el mundo y la vida.
En fin, vos creés, por lo que sabés de mí -que es apenas lo  pobre de mi pobre vida de juez-, que soy previsible.

Mi mundo interior, hermano,  es otro. Nada tiene qué ver con el derecho. Con la ley. Con la cuadrícula. Con la moral católica.

Y mi mundo exterior, el de mi burbuja de solitario a gusto, es el que menos te imaginás.
Por eso no me gustó, y te lo digo cordialmente, que hubieras supuesto, porque no sabés quién soy yo ni qué hago en mi cotidianidad, ni qué pienso ni qué sueño, que estaba en una conferencia en la Procuraduría.
Eso significa que me confundís con gente del tipo de Velascués. Creés que esa liendre ha leído y escrito y pensado y viajado y confrontado lo que yo he leído, escrito y pensado y viajado y confrontado. Su miseria vital, por si no lo sabías, no es la mía.

Ese homúnculo, por el hecho de ser un humúnculo, fue el que creyó que yo le estaba disputando la gloria. A mí no me comparés con un gusaniento de esos. Gente de esa, hombre,  es la que se asusta cuando se le pide que parta una piña con un cuchillo sin hoja y sin mango. Gente de esa es la que es incapaz de tomarse un tinto sin café y sin agua y sin pocillo y sin cuchara y sin azúcar en cualquier café de los bajos fondos.

Por eso, no me comparés, por favor, con un niguatero de esos. A ese tipo, y a cualquiera que lo emule, dejémoslo que siga hablando sapadas en la embajada gringa, como lo dicen los wikiliques, con la esperanza de que los gringos lo adopten.

Que ese tipejo, hermanito, siga viviendo la vida a la manera del hombre encapuchado de Chejov, aunque así, reptando por los pasillos de la Corte,  no valga la pena la vida. Pero a él le gusta padecerla así, a cambio de poder ponerse un escudo en la solapa y montarse en un carro con chofer y dar las órdenes que durante años ha obedecido como un esclavo y con la cabeza gacha. Sólo nosotros, los que tenemos tres ojos, sabemos que él, y todos aquellos que se desviven por el poder, no son más que piltrafas en traje de everfit.

Del erizo, un saludo.

Andrés Nanclares

(** Ricardo no soy yo. O por lo menos no me doy por aludido. rgalan)

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1 comment

Este sería el manifiesto del "odio y del resentimiento".
Es verdad que a los pensionados todos se creen con derecho a llenarnos la agenda pero al mismo tiempo estamos en una etapa en que la comprensión y la tolerancia por nuestros semejantes nos permite filtrar el veneno a las respuestas que les damos, lo cual no parece ser el caso de este señor, y veo que se deja perturbar por tonterías.
Me da la sensación de que no es una persona feliz aunque se empeñe en justificarlo

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