Elegía por mi Olivetti

Por Óscar Domínguez G.

Inicialmente, para tratar de saldar una deuda de gratitud, levanté estas líneas en mi vieja máquina de escribir Olivetti Lettera 22. Desde su jubilación, vive al lado de mi engreído computador.

Oli me mira con fidelidad de Nipper, el centenario perrito de la Víctor. ¡Cuántos madrazos me habrá echado por haberla relegado al olvido! Perdón, Letterita.

Tenía polvo hasta en el puntico de la i. La quiero como el poeta colombiano el Tuerto López amaba a sus zapatos viejos. Me gustaría invitarla a bailar salsa. O gastarle algún vinillo a tono con su alicaíada aristocracia.

Saludo reverente la tecla de mi máquina que retrocede un espacio cuando la acciono. Mis respetos a la palanca que me permite mover el carro. El computador lo hace todo automáticamente. Eso explica en parte los celos de mi Olivetti, furiosa Otelo 2011.

Echaba de menos el sutil ruido de la campanita que me alerta para partir correctamente las palabras al final del renglón. Detalle que no tiene el computador, que tiene corazón de iceberg.

Una delicia, mi cachivache. Jamás borró ningún archivo. Le perdono que no tenga tecla para borrar cuando meto mal el dedo. Nos perdonamos las pilatunas como dos nuevos amantes.

Nada de escribir en verdana, mi preferida. El tipo y el tamaño de letra de mi Olivetti tampoco cambian jamás. Básicamente, la distribución de su teclado es el mismo que en el computador.

No sólo en la vida, también en la máquina de escribir, están mal repartidas las cargas. Les toca camellar más a los dedos índices. Los pulgares son los zánganos del teclado. Cosas de la dedocracia.

Esto no es válido para quienes escribimos con todos los dedos. Nada de chuzografía.

Jorge Eliécer, el tío que me financió las primeras cervezas y las novias iniciales, me enseñó desde el principio a utilizar todos los dedos.

En mínima reciprocidad, cuando murió, en Silvania, Cundinamarca, dormí en su casa, con su cadáver al lado. Lo despedimos con ruidosas exequias. Después enviamos por avión sus cenizas a Medellín. Arriando first class. No alcanzó la quincena para remitirlas en primera.

Envíe a los suyos una crónica de lo sucedido. La nota, claro, la redacté en esta máquina. Jorge era la versión criolla del tío Alberto, de Serrat.

Mi Olivetti se estremece un poco con la historia del tío que acabo de contar. Me dice desde su “silencio mudo” de metal: “¿Por qué no te callas, &%$#?”.

Mientras escribo, miro las teclas que se disparan contra el papel y regresan a su base, cual bumeranes.

He pasado un nostálgico rato tecleando en este hermoso y dinámico aparato, de color azul verdoso que desafía mi daltonismo. Me acompaña desde hace 40 años. Es un regalo de mi novia-abuela. Me ha ayudado a levantar pa los garbanzos. Y uno que otro poema para el olvido.

Con asombro descubro que en el árbol genealógico de toda máquina de escribir hay una bala perdida. Lo digo porque Remington, su primer fabricante en 1874, inicialmente fabricó armas.

Este Gutenberg gringo se dejó seducir por el pacifismo de la máquina de escribir. Lo suyo es como pasar del ateísmo a todos los dioses. Fue el último romántico. Paz sobre sus teclas.

Termino el ritual sacando la hoja del rodillo. Me recompensa con su melodía apacible. Mi Olivetti conserva su sinfonía de siempre, la que me regala a medida que tecleo. Me hace sentir como si estuviera tocando piano, cual imposible Chopin de pacotilla.

Gracias, Oli. Regresa a tu bien ganado silencio de cartuja. Con tu venia me paso al computador para levantar el texto, editar, contar palabras y enviar al periódico. Un beso en tu punto G.

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