¿Están sirviendo los “debates” y las encuestas en esta campaña?

En las pasadas elecciones presidenciales además de Antanas Mockus y el Partido Verde las grandes perdedoras fueron las encuestas y los grupos de medios que las contratan.

Hasta última hora todas las mediciones daban ganador a Antanas Mockus en la primera vuelta. Algunas, muy al final de la campaña, admitieron la posibilidad de un empate técnico que es como se llama a las diferencias entre candidatos cuando no superan el margen de error de las encuestas.

Cuando los resultados de las votaciones las dejaron sin piso, clientes y encuestadoras se responsabilizaron mutuamente. Los medios ganaron el pulso y en la gente quedó la sensación de que la equivocación fue de los encuestadores.

Algo parecido empieza a pasar con las mediciones de los candidatos a las Alcaldías y Gobernaciones de las principales ciudades y departamentos del país. En Bogotá, por ejemplo hay una gran diferencia en los resultados de la medición de la intención de voto de los bogotanos, pero especialmente en las tendencias del favoritismo a favor o en  contra de uno u otro candidato.

En líneas generales las encuestas arrojan cifras similares para los primeros 4 o 5 de los 11 candidatos a la Alcaldía de Bogotá. Su orden de ubicación varía de una a la otra, pero todas dentro del llamado margen de error.

Sin embargo, cuando uno se fija en el comportamiento de las tendencias a medida que avanza la campaña, empiezan a evidenciarse inconsistencias. En algunas la tendencia del puntero es a la baja, en otras lo muestran estacando y en las demás aparece en pleno crecimiento y acumulando ventaja.

¿Qué está pasando? ¿A qué se deben esas diferencias? ¿Cómo se explican resultados tan disímiles en una campaña caracterizada por la rutina y aburrimiento en la que ningún candidato ha sorprendido con una propuesta original que lo distinga de los demás, ni cometido un error tan grande que lo sepulte?

Creo que la pepa del asunto está en la manera como se están haciendo las encuestas. Si uno mira con cuidado las grandes diferencias se dan entre las mediciones que se hacen por teléfono y las que se hacen cara a cara.

Las primeras suelen ser mucho más económicas y si están bien diseñadas y eficazmente supervisadas entregan resultados confiables para medir como va cambiando la intención de voto de los electores a medida que avanza la campaña y se consolidan las propuestas de los candidatos. Pero eso sólo funciona cuando hay tres o cuatro candidatos que concentran la atención del público.

No ocurre lo mismo cuando, como pasa en Bogotá en este momento, hay 11 candidatos que se reúnen ¡todos! dos o tres veces por semana -en ocasiones dos o tres veces ¡por día!-  para “defender” sus ideas en debates que no lo han sido y responder a las mismas preguntas, sobre los mismos temas, con idénticos puntos de vista y formuladas por las mismas personas que no siempre recogen las verdaderas necesidades de la gente.

Encontrar diferencias significativas en las ideas de tanto candidato, expresadas en un afanado lenguaje “tuitero” dadas las limitaciones de tiempo y espacio para garantizar que todos los candidatos participen resulta muy difícil para que una persona pueda responder a conciencia a una llamada telefónica que, generalmente le entra cuando está trabajando, conduciendo un vehículo o viendo “Yo me llamo” en la televisión.

Como están las cosas en Bogotá, los medios deberían contratar encuestas cara a cara para mejorar sus posibilidades de acierto. Hay mucho ruido en el ambiente y muy altas posibilidades de volverse a equivocar con la diferencia de que está vez los errores van a ser más difíciles de explicar.

Los candidatos y sus campañas deberían pensar si asistir a tanto “debate” insulso está siendo un mecanismo efectivo para transmitir sus propuestas. Si someterse a 2, 4 o 6 horas de charla ante auditorios distraídos en sus blackberrys, somnolientos y aburridos de escuchar las mismas peroratas es un uso eficaz del tiempo que en campaña es bastante escaso.

Creo que los candidatos y sus campañas deberían pensar si las encuestas y los “debates de todos los días” están sirviendo para lo que fueron diseñados.

Con todo respeto, yo creo que no.

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