Entre indignos e indignados

Por: Jaime Jaramillo Panesso

En varias partes del mundo, pero no en todo el mundo, especialmente en algunas capitales y ciudades importantes, estamos viendo una marejada de jóvenes y adultos soliviantados contra su sistema de vida y el establecimiento o régimen político. Salvo excepciones, es una movilización pacífica y con consignas muy genéricas y literarias. Por sus formas de hablar, por sus vestimentas y preocupaciones se deduce que pertenecen a la “pequeña burguesía”, es decir, a las clases medias de los países con democracia y libre mercado. Por supuesto con libertades de expresión y movilización. Por eso salta a la vista en el mapa, que este fenómeno no sucede en las capitales de países como China, Cuba, Irán, Venezuela o Corea del Norte.

Entrevistados por la prensa algunos dirigentes o marchantes expresan razones diferentes de acuerdo a la política local o nacional. Pero existen denominadores comunes que “unifican” en cierto modo, la justificación de la protesta. Esos puntos comunes son: la crítica aguda al capitalismo financiero, a la banca internacional, el miedo al futuro inmediato y de la nuevas generaciones sobre aspectos vitales como el empleo, el medio ambiente y la total desconfianza a los operadores o administradores de la cosa pública, o sea los “políticos”.

Toda la crítica, no obstante, no alcanza niveles de propuesta alternativa. Un indignado dijo en Madrid a esta inquietud: “la solución quizás sea el socialismo o una bomba nuclear”. Tal es el grado de desorientación. Otros más concretos, pero utopistas, dijeron que la alternativa era la renuncia de todos los gobernantes. Pero lo cierto es que las marchas indican que algo está podrido en la tierra y que no es falso el hervor de muchos ciudadanos, con mayor vera si las redes comunicacionales de hoy superan a los periódicos escritos, a la radio y a la televisión, tanto para convocar multitudes, como para crear opinión acerca de las condiciones de vida de la gente.

El capitalismo financiero, los bancos oligopólicos de Colombia y del mundo, copan la sociedad en todas sus facetas de manera directa o indirecta, así tenga existencia un banco regulador del Estado que emite la moneda nacional y controla los intereses o la usura. La banca privada ha llegado a niveles insospechados de ejercer un dominio sobre la industria, el comercio, los servicios y la administración pública. Pero donde esos efectos denotan su potencialidad es en los sectores medios de la producción industrial, comercial y agrícola. La más reciente crisis  económica mundial estalló por los bonos hipotecarios en manos de la banca y la insolvencia de millones de acreedores. Globalizados por el dinero, por las divisas y por la competencia salvaje entre los productores de mercancías y materias primas, la economía mundial no ha podido ser sometida a las necesidades de la humanidad, sino que los humanos estamos en manos de las fuerzas económicas del mercado, una especie de manicomio universal. Es cierto que desde la era de los clásicos ingleses, la oferta y la demanda han jugado el papel innovador y del crecimiento de la economía. Pero cuando nos enfrentamos a una internacionalización de esas fuerzas con visos de irracionalidad, hasta las grandes potencias entran en convulsiones financieras e ideológicas que ponen en el sillón de la sospecha todas las escuelas que hasta ahora condujeron la economía.

Si la economía es la ciencia  que se basa en la predicción de la moneda dentro del mercado abierto, para el caso, y es por lo tanto inexacta e impredecible como el rumbo de los huracanes del Caribe, la “libertad” para hacer daño, como lo hacen los huracanes, no puede ser la libertad absoluta del capitalismo financiero, pues aquella es de la naturaleza no domeñada por el hombre, pero esta es creada por los humanos. Los indignados si saben de dónde proviene el daño. Pero no conocen dónde está la solución todavía. Los indignos, en sus escritorios, están en la obligación política de encontrar caminos diferentes a la acumulación volcánica de ganancias. Los gobernantes debieran intervenir por encima de los dogmas financieros, en vez de dedicarse como Obama a preparar su reelección, mientras los indignados de la pequeña burguesía mundial advierten los fallos de la democracia.

 

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