La palabra humillada

Por: Jorge Yarce

Hicrita  en  el  teatro  griego  era  el  actor que  se  disfrazaba  y  se  ponía  una máscara (prosopon, de donde viene la palabra persona) e interpretaba un personaje ajeno a su propia vida. Aparecía ante el público como alguien distinto, lejos de su propia identidad. Todo era postizo. Se ocultaba detrás de la máscara. Lo que le importaba era el aplauso de la galería. El título de este tema lo tomé del de un libro de Jacques Ellul, un escritor francés de la década de los ochenta.

¡Cómo se parecen algunos periodistas de hoy al hipócrita del teatro antiguo! Tienen doble cara. Amigos del poder y del dinero, dan gusto a todo el mundo, todos tienen la razón y la verdad desaparece en la anarquía de las opiniones. De pronto, como Pilatos, se preguntan alguna vez “¿Y qué es la verdad?”, pero la respuesta es el silencio o la confusión vital. Se mueven como pez en el agua en el terreno de la opinión, y son expertos en manipular la opinión de los demás. Incluso, a veces, se burlan de la verdad. Decir siempre la verdad y manifestarse como se es, suena como algo lejos de su conducta.

A los periodistas les importa mucho el qué dirán de las encuestas. Piensan y escriben buscando el rating primero que todo. Están al sol que más calienta, a lo que más se lee, oiga o vea. Y si hay de por medio algún interés personal, o algún negocio, ¡hágale! Con tal de que lo lean o lo vean, lo que haga falta. No es extraño que acaben por vivir una cierta vida de ficción, o sea, hacen su papel como los hipócritas del teatro que vivían en dos planos: la realidad de sus vidas y el papel que interpretaban.

Lo más elogioso que se puede decir de una persona es que es veraz, de una sola pieza. Pero en el periodismo con frecuencia se da la impostura, el reino de la falsedad, de la simulación, de las verdades a medias. Se hacen afirmaciones difamatorias (recordemos que el hecho que se atribuye a alguien puede ser verdadero pero constituye difamación porque toda persona tiene derecho a la privacidad y al honor). A fuerza de bombardear a los oyentes, televidentes o internautas, ciertos medios son capaces de volver negro lo blanco, que los hijos se enfrenten a sus padres, que los ciudadanos se rebelen contra la autoridad, o que los jueces fallen no en derecho sino movidos por la presión y los escándalos de la prensa. Lo vemos todos los días.

Ahora, con la democratización del acceso a las redes sociales, ese riesgo se ve atenuado en parte con la posibilidad que tiene el público de defenderse y de atacar, porque tiene más elementos a la mano, puede acudir a las redes sociales o crear  sus propios medios para difundir sus opiniones, o simplemente porque tiene la posibilidad criticar inmediatamente algo después de leerlo sin tener que permanecer impotente, como pasaba con los medios tradicionales.

La palabra, un don precioso del hombre, es el arma del periodista, a través de la cual puede comunicar verdad, opinión, o falsedad, mentira o prejuicio. Es como un cuchillo en manos de una criatura, que puede ser bueno para cortar el pan, pero si lo usa mal, para ella puede ser fatal.  Eso ocurre cuando la palabra es humillada por la prensa. La palabra puede ser lo más simple (sonido vacío) o, como decía Tomás de Aquino, “verdad tronante” que construye mundos, que denuncia situaciones, que cambia comportamientos. Palabra que inquieta, que conturba, que causa daño cuando no ha sido comprobada, verificada con los hechos y con las personas afectadas, con las fuentes de la noticia.

La prensa humilla la palabra cuando la banaliza, la trivializa, la hace vehículo de la pasión del odio, de la violencia o del materialismo consumista. En el periodismo actual parece que la imagen predominara sobre la palabra en detrimento de esta. Se cree a ciegas que “vale más una imagen que mil palabras”, lo cual no es tan cierto como parece. Es la palabra la que aporta el juicio sobre la realidad que aparece en imágenes. En ella se da la confrontación entre la verdad y la mentira. La palabra da vida a la crítica, en la que hay que saber elegir muy bien las palabras. No se pueden separar imágenes y palabras. La responsabilidad de la prensa es sobre las dos. La imagen nos da una globalización de golpe, que necesitamos analizar con la palabra. La imagen toca el inconsciente, pero la palabra a  través del consciente la filtra, le quita la incertidumbre, le da precisión.

Los periodistas expresan a veces la palabra que puede ser un dado mortal para alguien o crearle confusión. A veces lanzan palabras contundentes sobre hechos que requieren un mayor contexto y explicación a través de los razonamientos. El periodismo light ha hecho carrera: no comprometerse, aritmética de opiniones, no tocar el fondo de los asuntos, no averiguar demasiado. El periodismo light se adentra en el mar de la superficialidad, de las suposiciones, de la búsqueda de ganchos que logran retener la atención del lector, oyente o televidente.

Los periodistas no pueden ser los hipócritas de la sociedad de hoy, los actores de doble faz. Su única faz debería ser el partir de los hechos en busca de la verdad u ofrecer opiniones bien sopesadas, no a la ligera y, sobre todo, brindar la información  que  requiere  la  comunidad.  Ir tras  la  difícil verdad  que  es  tarea fatigosa y difícil pero posible. Por eso Shakespeare decía que “la palabra es la verdad hasta el infinito”. Lo peor que se puede hacer es relativizarla,  convertirla en algo frágil, que se lleva el viento fácilmente.

 

Los medios están comprometidos con exaltar la palabra, con dignificarla haciéndola portadora de buenas nuevas, no sólo de noticias sobre el mal. No pueden jugar con ella diciendo que la verdad de ayer es el error de hoy o al revés. Lo que importa en último término es quitarse la máscara de la doblez, de los compromisos que alejan de la verdad y luchar por aquellas cosas que convienen a una sociedad, a una comunidad que merece estar bien comunicada.

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