Linotipistas, alquimistas del plomo

Por Fray Augusto.–

En los genes de todo computador hay un  linotipo, esos armatostes descomunales en vía de extinción, operados por iniciados que legaban a su descendencia un destino también heredado de sus mayores. Se era linotipista por curiosa cooptación.
Eran necesarios e irremplazables  como el agua y el olvido. Hacían huelga y entraban en pánico los dueños del periódico. La cultura entraba en huelga de tipos caídos. En el interior de estos “anónimos obreros” no corría sangre ni espermatozoides sino que circulaban tipos de letras que inoculaban el virus del oficio.
Tenían la memoria ortográfica y toda la gramática en las yemas de los dedos. Es como si en cada dedo llevaran a un miembro de la Academia de la Lengua. Desde el 11 de noviembre de 1923, celebran su día clásico. (Este año, por alguna logística rara, lo celebrarán este domingo 20 de noviembre. Total para un muerto todos los días es día de difuntos).
Los linotipos, bellos y misteriosos cachivaches que lindan con la perfección dentro de su magnífica complejidad, ayudaron a democratizar la cultura y la información. Hoy son carne de saudade, chatarra ilustrada del cuarto de San Alejo donde son  recordados únicamente por nadie.
Bueno, por nadie es mucha gente: en Colombia son recordados por los socios de la Asociación Nacional de Linotipistas, ANDEL, que no son muchos pero sí los machos para no dejar desaparecer el oficio. Lo aman porque con él ganaron la vida y para la vida. Fidelidad, linotipista te llamaría.
Todavía  hay linotipos en servicio activo. Es famoso el del Instituto Caro y Cuervo,  ganador del Premio Príncipe de Asturias,  empeñado en morir de pie como ciertos árboles centenarios.
Operar las antiguas máquinas era como hacer el amor con cada una de las teclas, con el perdón de la patrona de los mecanógrafos, Santa Tecla, virgen, y por tanto, mártir.
En la prehistoria de este hermoso dinosaurio de la impresión, está, claro el alemán Gutemberg, inventor de la imprenta, o sea de los primeros tipos, en 1440.
Luego en 1880 “el relojero Ottman Mergenthaler logró crear la línea de tipos o linotipia: una máquina perfecta, con un teclado como el de una máquina de escribir, en la cual se va realizando la fundición de palabras en líneas que, acomodadas una debajo de la otra, forman la página de un libro o la columna de un periódico”, según se lee en un sitio en Internet de la Universidad Obrera de México..
Con el linotipo la imprenta dejó de ser artesanal para convertir en arte las artes gráficas.

“La linotipia convertía las ideas en plomo”, recuerda un linotipista colombiano, Guillermo el Mago Dávila. Tan Mago que un oficio que los padres enseñaban a sus hijos, él se lo enseñó a su taita. Y a su hermano Julio.

En su autobiografía, Gabriel García Márquez describe a los linotipistas como “tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de sábados. Me hice a su gremio”.
Recuerda Gabo que el más joven de ellos era el Mago Dávila, santandereano trasplantado a Cartagena, donde fue niño genio del linotipo- a los 13 años. Hizo la primaria para mago acariciando el teclado de los linotipos como quien interpreta un nocturno de Chopin.
Bebían para curarse en salud. Algunos tomaban aguardiente que pasaban con leche. Así contrarrestaban los efectos del saturnismo, enfermedad reservada a los alquimistas del plomo.

El Mono José Salgar, maestro de Gabo, ex subdirector de El Espectador,  recordaba alguna vez que “los linotipistas eran unos sabios, dominaban el idioma, corregían los editoriales”.
En su libro Historia del Periodismo, Antonio Cacua Prada,  comenta que ANDEL fue “el único periódico que no necesitaba de los periodistas” porque lo hacían los linotipistas, muchos de los cuales eran virtuosos de la música de cuerda. Los llamaban lino-tiplistas.
Tienen poeta propio, Sergio Acebal, quien les dedicó un bello soneto en el que recuerda que si ponían una coma que olvidó el autor, nadie se enteraba. Pero ay del que deslizara una errata. En ese caso, el profesional de dedos fáciles y manos brujas coleccionaba madrazos.
El poeta y periodista Raúl Echavarría Barrientos escribió “Música para diez dedos”, en honor del gremio: “Esos diez dedos son arquitectos cotidianos, habituados al andamiaje del alfabeto. Han construido el amor a su manera. A la manera de los hombres de paz”.

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