Macondo

Por: Gabriel Romero Campos.–

Colombia ha fabricado su destino. Escogió un balón para jugar de local y lo bautizó con el nombre de Macondo. Tal vez quienes optaron por el nombre no han leído con atención la obra del Nobel García Márquez, en donde ocurren hechos tan inverosímiles, que quienes se han adentrado en los terrenos de la literatura los han calificado como parte del Realismo Mágico.

Colombia había tenido un auspicioso debut frente a Bolivia. Y parecía que seguiría con paso firme. Venía Venezuela y ya habíamos armado fiesta anticipada. El triunfo, en las cuentas de hinchas y expertos, se daba por seguro. Abundaban razones como que Barranquilla es la Casa de la Selección y todavía hay quienes creen y pregonan que gracias a Barranquilla, Colombia pudo ir a tres mundiales. Macondo en toda la extensión de la palabra.

Una imagen de la televisión mostró una lechuza, que se había apoderado de un ratón, y de inmediato escuchamos que este era un augurio de buena suerte. Parecía cierto, pues en ese instante, Colombia vencía a Venezuela. Y como en la cambiante y sorprendente realidad de los Buendía, la fiesta estaba a todo dar pese a que la realidad demostraba lo contrario.

El viernes en Barranquilla, como en Macondo, caía una lluvia bíblica, que mostraba el negro presagio del resultado final. La Casa de la Selección había ayudado muy poco: la cancha se inundó y el cálido público barranquillero se apagaba a medida que entendía la dimensión de los acontecimientos.

Vino la algarabía de los expertos que pusieron al antes elogiado Leonel en el pelotón de fusilamiento. Y le dejaron la oportunidad de reivindicarse frente a Argentina.

Las tristezas aquí se olvidan con facilidad. Bastaron unas horas y de nuevo, Barranquilla celebraba alborozada la buena nueva de un nuevo juego. El desquite. Pobres argentinos, decían. Se van a cocinar en Barranquilla. A las cuatro de la tarde, no podrán ni moverse, sentenciaban.

En medio del jolgorio, regresamos 18 años atrás, a los tiempos de Valderrama, Rincón, Asprilla y del mismo Leonel y evocamos aquellos triunfos épicos sobre Argentina, 2-1 en Barranquilla, con goles del gordo Valenciano y del ‘Tren’ Valencia y, una vez más, fuimos hasta el cinco cero, como si fuera ayer.

Como en los relatos del Nobel, habíamos sufrido la enfermedad del olvido; solo que aquí no lo advertíamos, porque la amnesia ya comenzaba a hacer parte de nuestra realidad. Y vino Argentina. Y vimos cómo pasaron los minutos. Y vimos cómo a los jugadores colombianos se les había olvidado jugar. Y vimos, con más asombro, que la humedad, el calor, la Casa de la Selección, eran el peor enemigo de la gente de Leonel. Y vimos, no uno, sino dos técnicos en la raya, tratando de descifrar el siguiente cambio, tratando de entender lo que se observaba en el terreno de juego.

El balón, de nombre Macondo, se había vuelto esquivo para los locales. Y alguien, allá entre el público, se golpeó la frente con la palma de su mano derecha y dijo, caramba, que los que estaban al frente eran campeones del mundo dos veces, y, caramba, ese muchachito que tiene el 10 es nada menos que Messi. Y alelados soportaron el gol de Messi y uno más de Agüero. O de mal Agüero, para no alejarnos de este mundo de Realismo Mágico que nos habrá de acompañar por los siglos de los siglos.

Colombia fue, es y será Macondo. Con sus virtudes de un día y con sus yerros del siguiente. Con la luz de una genialidad y con la otra mano que todo lo desbarata. Hoy, pese a que falta camino por recorrer, todo está hecho cenizas. Apenas queda la resaca de una fiesta inconclusa.

Leonel y Comesaña están hoy frente al pelotón de fusilamiento y nadie sabe a ciencia cierta si tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.

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