¿PARA QUÉ EDUCAMOS HOY?

Esta es la pregunta clave: ¿para qué educamos? No en qué educamos o cómo educamos. Estamos rodeados de aparatos por todas partes y a veces creemos que la buena educación consiste en estar al día en la tecnología, en tener buenos laboratorios de idiomas, en enseñar inglés y dar materias en inglés, en buenos edificios o buenos terrenos y campos de juego. Se gastan muchos millones en esas cosas y muy pocos en lo verdaderamente importante: formar personas de bien. A pesar de todo eso, la educación se vuelve intrascendente, porque el alma de la educación no es nada de eso.

Vivimos en un medio social en el que logramos unos estilos de vida consumistas y hedonistas que va en contra de la dirección de formar personas educadas, íntegras, con un sentido claro de la vida y buenas administradoras de su libertad, con intimidad, con riqueza espiritual, abiertos a los demás, dialogantes y convivientes. Con mucha frecuencia y equivocadamente, se da primacía a la búsqueda de una calidad de vida material y de una felicidad a corto plazo. Con eso, lo único que se logra es cortar las alas de las ambiciones grandes, de los sueños acerca de la propia vida, del servicio a los demás.

El aburrimiento es uno de los síntomas dominantes en la juventud hoy. Quiere decir que no les damos a los jóvenes una educación atractiva, centrada en los fines de la persona, en la aventura de vivir y en la alegría de vivir y de dar. Dejamos que se adocenen, que se dejen arrastrar por la cultura del consumo que todo lo iguala y uniforma, que los despersonaliza.

Pero ¿qué hacemos con una sociedad que confunde la educación con la instrucción y el adiestramiento, y que confunde la felicidad con el entretenimiento? Hoy en día, dicen, hay que entretener a los alumnos. Las clases tienen que ser entretenidas. Los trabajos han de ser amenos y amigables. Según parece, el mejor profesor es el que tiene más posibilidades de entretener a sus alumnos. Pero por ahí vamos al despeñadero de los auténticos fines de la educación: educar para el esfuerzo, educar la voluntad, educar para el sacrificio, educar personas de bien, educar ciudadanos íntegros, educar para el emprendimiento, educar para la vida del espíritu, educar para construir comunidad.

Estamos hechos para obrar con valores, para trascender hacia los demás, para amar y para servir. De lo contrario, formamos unos seres egoístas que en lugar de servir al bien común se sirven del bien común en provecho propio. Son como sanguijuelas que se adhieren al tejido social para chuparse lo mejor y quedarse con ello en su nido. Nido que tiene que ver con su dependencia de las pantallas: televisión, Internet, videojuegos, celular, etc. Esos medios, que están hechos para comunicar, acaban por incomunicar a las personas, sobre todo a las más cercanas que, rodeadas de aparatos electrónicos, se olvidan de dialogar, de conocerse, de ayudarse, de comprenderse. ¿Para qué educamos hoy?-2

Educar es dar forma (sacar la forma escondida, edúcere, sacar a la luz). Por eso la educación tiene que ser formativa de personas. Eso se logra educando en la virtud, palabra que a veces está desprestigiada, rechazada como simple moralismo o como asunto religioso. Nada más alejado de una consideración seria de lo que representa la educación en la virtud como meta de una vida feliz, de una vida buena, no de una buena vida. La virtud más que en la repetición de actos está en la permanente intención de hacer el bien. (Tomás de Aquino).

La virtud requiere un proceso de maduración intelectual y emocional, racional y afectiva, porque tenemos delante inteligencias que sienten y corazones inteligentes. No se trata de adquirir solo virtudes intelectuales, habilidades académicas, conocimientos prácticos. Se necesitan las virtudes morales. Hay que tocar fondo: ayudar a desarrollar personas. Pero corremos el riesgo de desvirtuar la virtud. De ese modo, no cuenta lo que es, sino lo que aparece, lo que gusta, lo que tiene sintonía, imagen, lo que es práctico, lo que da lugar a tener cosas. Y hay profesores que se dejan arrastrar por los procesos y por los medios y se olvidan del fin principal. Se trata de una formación que pasa primero por el corazón para poder conquistar la libertad y la responsabilidad, al nivel de la voluntad, del querer y de la razón.

El alma de la educación es el conocimiento generador de ciencia, es la voluntad capaz de liderazgo, y eso no se puede lograr si una lucha denodada para que lo principal en la tarea educativa sea formar personas capaces de obrar, de amar y de servir, capaces de de trascender. Pero el primero que tiene que preguntarse para qué educa, es el docente, y responderse con valentía a sí mismo, para ver si está buscando la excelencia o navega en la mediocridad.

La educación es una labor de artesanía, que exige personalizar, actuar sobre el corazón, para impulsar a los alumnos a que se amen a sí mismos (autoestima) pero que no se queden en sí mismos, para que puedan amar a los demás. La acción educativa no puede ser acción rutinaria, repetitiva, cansona o falta de entusiasmo y de vida. Debe ser acción creativa, productiva, transformadora: la mera información no forma, lo que forma de verdad es la transformación de la conducta para lograr en la persona hábitos operativos buenos y estables, que es a lo que llamamos virtud.

Por: Jorge Yarce

 

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