Tiempo de reinas

Por Fray Augusto.–

En este mes de noviembre que tiene cuerpo de mujer, el país voyeur, mirón, sigue a través de la cerradura de la televisión la guerra de las “colas” que se da en Cartagena.

Noviembre es un jacuzzi de caderas por televisión, un sauna de piernas en los periódicos. El país se extrovierte  dándole de comer al ojo con teléfonos que giran alrededor del 90-60-90, el esperanto del sexapil. El porqué la vanguardia femenina (proa) debe tener los mismos centímetros en la retaguardia (popa) (90-90) es un misterio de la trinidad estética sin resolver.

La dosis colectiva de caderas y pechos  que nos llega cada año con precisión de reloj egipcio de arena,  son un anestésico similar al de las elecciones que cada cuatro años entierran unas ilusiones para cambiarlas por otras. Así vamos cambiando de patria boba permaneciendo siempre en ella.

Como todo tiene su tiempo bajo el sol, por estos días hemos sabido lo que piensan los mejores glúteos femeninos sobre la virginidad, los reversazos de Santos, el condón con Internet incorporada, la embolatada paz.

Por supuesto, no hay que tener en cuenta las respuestas que dan ellas a las jijuemil preguntas que les plantean los chicos de la prensa: como solía decir un alcalde ciego: nos eligieron para gobernar, no para enhebrar agujas. Suficiente que ellas sean perturdadoramente hermosas así muchos feitos de la llanura tengamos que decir: de esa agua no beberé.

Con sus cinturas de avispa, sus cuerpos que oscilan entre la anorexia y su antípoda la silicona que miente donde madre naturaleza fue avara, ellas le mejoran el currículo al ojo masculino. Y se labran buenos partidos.

Hay dos momentos en la vida diaria de la mujer en los que la belleza se va de vacaciones: al acostarse y al levantarse. Lo que no significa que se vean feas porque ya Coco Chanel aclaró que no hay mujeres feas: solo perezosas.En estos momentos, ligeras de cosmetología, las reinas quedan reducidas a sus justas proporciones estéticas. (Aprovechemos el paréntesis para proponer que antes de casarse, cada hombre o mujer, exija  examinar a su contraparte antes de acostarse y recién levantado.  Lo mismo deben hacer ellas, por supuesto).

La mujer depende cada vez más de las multinacionales de la lágrima (telenovelas) y de la cosmetología, pero ha aceptado que si bien maquillarse es mentir piadosamente, también les permite verse más bonitas, como si tuvieran manos de pianistas.

La coquetería es a la mujer lo que la ribera es a la ola. Gracias a la coquetería, la mujer se convierte en Van Gogh  de sí misma. Cosméticos en mano, se autorretrata todos los días.

El país necesita pan y circo. Y el reinado de Caratgena -junto con el fútbol- nos dan la necesaria cuota de lo segundo.

Entonces que los futbolistas hagan los mejores goles en Barranquilla mañana, y las hermosas aparezcan radiantes en este “realitiy” nacional, así sea con belleza corregida y aumentada por los polvos Max Factor “porque los de Elizabeth, Arden”.

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