Una historia de la seducción política

Por: Lili María Gómez.–

Paris.– Hace un par de meses llegó a mis manos el libro “Une histoire de la séduction politique” de Christian Delporte. El título al principio me sedujo y al final me convenció.  Me sentí interesada porque en sus páginas hablaba de políticos como el general de Gaulle, Kennedy, Obama, Sarkozy, Mitterrand y de dictadores como Hitler y Mussolini.  El texto empieza con una frase de Frédéric Mistral que lo resume: “Ya sea con las mujeres, los reyes o el pueblo, el que quiera reinar debe gustar”. Así que a continuación los invito a leer este resumen sacado del texto original.

Me llamó la atención que el objetivo del libro es mostrar que así como Don Juan, el hombre político  juega sobre el atractivo del personaje que se construye alrededor de sí mismo.  Pero qué es lo que significa seducir? Esta palabra viene del latín Seducere y quiere decir llevar aparte, conducir lejos, sacar de su lugar de existencia y en un significado más fuerte de la acción es llevar al otro hacia uno, sin o contra la voluntad del interesado.  Según el diccionario de la Academia Francesa: Seducir es “engañar, abusar, hacer caer en el error” pero también corromper.  Es por esto que se hace una diferencia en política entre convencer que engrandece el ejercicio político y seducir que lo envilece.

Sin embargo, todo hombre político que quiera convencer deberá jugar sobre las apariencias, dicho de otra manera seducir, para llevar hacia él una opinión por naturaleza versátil, además de fidelizarla y evitar que se vaya para otro lado.  Y todo esto porque la política es un arte de parecer.  Porque para ganar, el que pretende ser elegido a un cargo público debe obligatoriamente cambiar y adaptar su “cara” y su “discurso” al interlocutor del momento “según las ideas y sentimientos de este último”.  Porque simplemente para ser escuchado hay que gustar.

La seducción ha cambiado de naturaleza y de intensidad, la política se ha convertido en espectáculo, y el hombre político en una estrella de la televisión y de las revistas.  Dentro de un mundo de imágenes, el hombre político es una imagen dentro de las otras que a través de la seducción espera convertirse en un ícono.  Lo que sí es claro es que la seducción actualmente se ha convertido en parte dominante en el encuentro entre el político y el ciudadano.

Pero para empezar a ver cómo los hombres de poder seducen, debemos ir hasta los cortesanos que para hacerse conocer del príncipe debían seguir una lista minuciosa de pasos para seducirlo: Lo primero ser recomendados, pero sí no tenían este chance, los cortesanos debían hacerse remarcar creando una sorpresa, como aquel hombre que para encontrar a Alejandro el Grande, decide presentarse delante de él completamente desnudo.  Después hay que conocer las perversiones del príncipe y adecuarse.  Es él un borracho? Pues  el cortesano debía beber con el príncipe de día y de noche.  Y de aquí viene la tercera recomendación: Hay que conocer todas las formas de adulación, pero hay que hacerlo con tacto, porque no hay que confundir a los príncipes con estúpidos.  Lo que cuenta en el caso de los halagos no es ni el número de cumplidos, ni el grado de dedicación sino la originalidad.  Y la última instrucción, que sin garantizar el favor eterno del príncipe, es esencial para mantenerlo el mayor tiempo posible, se trata de la: Calumnia!  Sí, hay que calumniar a los rivales potenciales con la condición que la calumnia sea verdadera.  Suena parecido a lo que hoy hacen los candidatos para ganar el corazón de los electores.

Héroes adulados: De lo anterior sigue que para impresionar hay que ser adulados y seguidos por otros y para esto, los mejores creadores de mitos para adular son los propios interesados. Es así como Napoleón I crea él mismo Le Courrier de l´armée d´Italie en donde se puede leer: “Bonaparte está en todos lados, él ve todo; él es el enviado de la Gran Nación”.  Él hace todo para cultivar su personaje de héroe discreto y misterioso.  Pero también el general Boulanger hace movilizar todo su servicio de prensa para construir su leyenda, ayudado por los periodistas que saben como sus lectores aman las bellas historias.

Pero sobre la seducción hay infinidad de textos, en los que se habla entre otros del uso de los medios de comunicación, de los periodistas.  Pero uno de los textos que fue seguidos por interesados en seducir como Mussolini y Hitler es el de Gustave Le Bon De La Psicologia de las masas (1895) y que habla de la relación estrecha que une el jefe y las masas.  Lo que Le Bon dice es que el individuo bruscamente proyectado dentro de un contexto masivo, pierde toda la razón y la autonomía y no obedece más que a sus emociones sometiéndose sin resistencia a la voluntad de los hábiles seductores.  Las masas, por naturaleza manipulables, se separan del universo de la razón, del libre albedrío, del espíritu crítico para abandonarse a un mundo imaginario donde se borra la conciencia individual, donde reina la más estúpida credulidad.

Para Le Bon la seducción es una manera de calificar la fuerte desigualdad de una relación: uno domina (el seductor), el otro es dominado (la masa).  Pero qué es lo que seduce a las masas? Primero el prestigio “lo que quiere decir el poder de imponerse en una discusión”. Difícil de definirlo de otra manera que “por una fuerza misteriosa, una forma de embrujo llena de admiración y de respeto que paraliza las facultades críticas”.  Pero esto no es suficiente también hay que adular a las masas, “no se debe dudar en hacerle las promesas más fantásticas”, siempre siendo poco claro en qué es lo que se propone específicamente. Hay que nutrir los discursos de opiniones hechas, de simplismos, de imágenes evocadoras…  El orador popular no se dirige a la inteligencia, pero sí a aquella región inconsciente donde nacen las emociones que generan los pensamientos”.  Porque “el orador que seduce gusta por su persona, mucho más que por sus palabras”.

Sobre esto en 1921 en Psicología colectiva y análisis de mi, Sigmund Freud  dice que lo que sucede en esta relación con las masas es un “estado amoroso”.  Para Freud el poder hipnótico del seductor precede y nutre el estado amoroso que aniquila durablemente la voluntad de las masas.  Así que para Freud la relación reposa sobre un –falso– intercambio , la fuerza del seductor que reside en su capacidad de transmitir su amor a cada uno de los individuos que componen la masa, a persuadirlo que él es “el sólo objeto digno de atención”.  Yo lo amo, porque él me ama… Amamos finalmente  porque nos creemos amados. Pesada ilusión que hace de las masas seducidas sean un grupo de individuos engañados.

Hábiles encantadores y bellos habladores:  Se le debe al hombre de letras François de Groiseilliez que con humor publica en 1846 una obra no firmada, pero con un título prometedor El Arte de convertirse en diputado e incluso ministro, para un inactivo que no es ni lo uno, ni lo otro. Dice que hay que conquistar al elector, para esto en primer lugar el candidato aprendiz debe conquistar una notoriedad, lo que quiere decir que debe lograr que haya rumores sobre él, o mejor aún que en la prensa hablen de él.  No se debe dudar en sorprender para captar todas las miradas. Tal vez digan que es un hombre absurdo, pero lo importante es que el hombre absurdo sea citado en todos los periódicos.

Una vez conocido el candidato debe crear raíces en las tierras de los futuros electores. Para esto por qué no comprar un terreno, acciones en el periódico local, o participando de trabajos comunitarios.  Cuando el horizonte está libre ya se puede ser candidato. Ahora sí comienza la labor de la campaña, lo que quiere decir visitar al elector. Para esto hay un consejo esencial: Hay que escoger el mejor momento.  Sobre todo no hay que aparecer en el momento del almuerzo o de la cena, o cuando hace negocios o pelea con la esposa. Así que hay que informarse.

Llegó el momento de entrar en la casa del elector.  Dónde sentarse? No en la silla principal destinada al dueño de la casa. Hay que elegir una silla modesta e incómoda que lo ponga en situación de inferioridad.  Sobre que hablar? No sobre su programa político. El secreto es hablar de todo, menos de política, y lo mejor, cambiar la conversación cuando se acerquen a este tema.  Y la regla absoluta es que el elector siempre tiene la razón. Cómo responder a una pregunta del elector? Usted deberá adivinar según la expresión de su mirada y a las inflexiones de la voz eso que hay que responder para satisfacerlo. De lo que queda claro que hay que adoptar la actitud y el propósito de la persona a la que se está hablando.

Pero las cosas no terminan allí. Usted debe hacer sentir a cada elector como el más importante, más importante que usted mismo y que todos los otros y también debe conquistar a su esposa, a sus hijos y a su perro. Si usted es mordido por la adorable mascota, no se mueva!, quédese tranquilo! Déjese morder noblemente…! Lo anterior sólo hace recordar que el hombre político es un simple individuo cuyo futuro depende de los ciudadanos-electores. En resumen, para convencer, para conducir al elector al gesto esperado, el candidato debe lograr construir una relación humana, afectiva (o casi afectiva), dicho de otra manera, debe seducirlo o al menos encantarlo.

Un ejemplo de seducción lo da la reina Victoria cuando le pregunta a Benjamin Disraeli el misterio de su fabuloso éxito y él responde: “No me niego nunca, no contradigo jamás y olvido algunas veces”. Y más adelante agrega que cuando uno se quiere lanzar en política es primero en los clubes, los círculos elegantes y las cenas que hay que encantar.  Disraeli llegó al poder seduciendo a las élites. Pero hay otros como Teddy y Franklin Roosevelt que buscaban tocar a toda la opinión pública y para ello, buscaban seducir a los medios de comunicación “ya que es aprendiendo a usarlos que se logra construir una solida y durable popularidad”.

Se puede decir que Teddy fue el primer presidente “mediático” de la historia de los Estados Unidos.  Su objetivo: Ocupar siempre los titulares de la prensa, en su ventaja obviamente.  La forma de conseguirlo: Establecer una relación de confianza, incluso de amistad, con los periodistas. Para lograrlo los recibía calurosamente, les anunciaba las actividades al avance y sobre todo les confiaba las informaciones que esperaban. Pero atención, el que no entraba al juego del “off” era borrado.  La estrategia fue bien pagada y el presidente fue un permanente participante en los titulares.  Bajo esta escuela fue educado su sobrino Franklin, que tenía 19 años cuando Theodore entra a la Casa Blanca.  Así que como su tío él se convierte en un hábil seductor de medios. El conoce la prensa, la lee con atención, sabe lo que espera un periodista y eso que él debe decir para estar en los titulares.  Además hace uso de la radio “instrumento sugestivo de una prodigiosa e indiscutible fuerza”.

Otros expertos en encantar a los medios fueron Mussolini y Hitler quienes además ponían gran atención a su imagen. Frente a la gente sonreían, eran amables, jugaban con su reputación. Todo esto apoyado en la propaganda del Estado y sus efectos sobre los comportamientos sociales. En el caso de Hitler las masas fueron inundadas por las imágenes de propaganda, afiches, fotografías, actualidades filmadas que ponían en valor la mirada hipnótica del Führer. Pero en qué residió el poder de fascinación de Hitler? En su capacidad de sentir aquello que un auditorio quería escuchar, de expresarse con un tono de convicción exaltado, de producir un imaginario jugando con las emociones.  Como dice Strasser “Hitler responde a la vibración del corazón humano con la delicadeza de un sismógrafo”.  La comunión con el público se cuida con un diálogo frecuente, que consiste en un juego de preguntas/respuestas entre el orador y el público.  Hitler se mete en escena repitiendo sus poses y gesticulaciones teatrales ensayadas con disciplina frente a un espejo.  Además sus reuniones con su público son en general en las noches donde hay más dramatismo y se juega con las luces y las imágenes.

Entre tanto Mussolini que usa las mismas herramientas de propaganda, tiene el proceso de seducción más simple gracias a su voz calurosa y poderosa que le permite en algunas ocasiones no usar el micrófono. Pero contrariamente a Hitler, Mussolini ama las improvisaciones y sabe manejar el humor.  Así que para los dos dictadores la masa resta una entidad que ellos dominan a la perfección.  Pero además de ensayar discursos y de valerse de la propaganda también los dictadores se hacen cercanos al público, tomándose fotos con niños, dando la sensación de que son los padres que el pueblo necesita, las personas fuertes y tiernas a la vez que siempre están allí. Por ejemplo a Hitler lo muestran como un monje moderno, pobre, casto, como un héroe dotado de todas las cualidades humanas, fiel, justo, mesurado, pero también como un santo redentor, un caballero, como el mismo Dios.

Planeta Kennedy: Y de estos genios de la propaganda, pasamos al éxito de una estrella se trata de John F. Kennedy quien se dice que nunca amó los discursos en público pero sin embargo, es el adorado de las cámaras de televisión. Incluso la prensa se dejó seducir por el ganador del debate televisivo del 26 de septiembre de 1960, que fue seguido por 75 millones de americanos. A parir de ese día el encanto de Kennedy invade Norte América y el mundo.  Pero para mantenerse en los titulares Kennedy fue particularmente atento con los más influyentes periodistas de la época. Además tuvo la idea de utilizar el medio que lo llevó al poder, la televisión de forma constante y por eso decidió que las ruedas de prensa se transmitirán por televisión en directo. La finalidad: producir un espectáculo donde él sería la estrella.

Además se jugó la carta de mostrar a su familia.  Así el presidente se inscribe en el ideal familiar que le gusta a los Estados Unidos: Un esposo fiel y un padre atento; una esposa activa y una madre tan tierna como disponible; hijos felices, dóciles y gentiles.  Todo esto es mostrado por Kennedy a través de la televisión que no es otra cosa que el medio del espectáculo y de la emoción. Kennedy se convierte en el presidente ideal. Honesto, transparente, bien parecido, espiritual, brillante, rico, fuerte, seguro de sí, reconciliador, con coraje, inventor de un nuevo estilo.  “Kennedy supo crear un personaje en el que cada uno se podía encontrar” Y lo logró dando siempre emociones, emociones, emociones. Es aquello que recomienda Ray Price cuando asegura: Todo es cuestión de imagen “El elector reacciona a la imagen del candidato y no al hombre con el que en el 99% de la población no tendrá nunca un contacto directo. No es lo que existe lo que cuenta, sino lo que proyecta, y para ir más profundamente no es ni siquiera lo que el candidato proyecta sino lo que el elector recibe. Entonces, no hay que cambiar al hombre sino a la impresión recibida. Y esta impresión, muchas veces depende mucho más del medio utilizado que del candidato mismo.  La política juega a un nivel emocional, mucho más que a uno racional y esto es particularmente cierto cuando se trata de una elección presidencial”.  Lo anterior es conformado por Gavin quien asegura: “Razonar exige un alto grado de disciplina y de concentración; parecer es mucho más fácil”.  Así que hay que lograr que los electores amen el candidato, y la batalla tendrá 2/3 de ganada. Pero cómo llamar la atención de los televidentes? Las alocuciones los aburren, los cara a cara con los periodistas los duermen. Entonces, la televisión es espectáculo: hay que entregar shows.

Las promesas de la comunicación: Hay que tener claro que el electorado es un mercado y el hombre político es un producto. Así que de lo que se trata es de seducir el mercado, llamando a los expertos de la comunicación y de los medios.  Además hay que recordar que “hacer reír está bien; pero emocionar hasta las lagrimas es mucho mejor”.  Luego hay que contar una historia, crear un personaje, como el que creó Reagan despertando el orgullo nacional a través de imágenes y mostrándose espontáneo, simple, natural, sin ninguna sofisticación. Un americano como cualquier otro. Entonces, a través de la comunicación se logra la omnipresencia mediática que finalmente tiene como objetivo nunca romper el lazo afectivo con la opinión.

Y en esta época en la que prima la comunicación llegamos a Obama que desde el principio asegura “No seré un presidente perfecto, pero siempre les diré lo que pienso”. Con esta frase se juega el elemento de la transparencia y empieza a convertirse en una marca a tal punto que la revista Advertising Age lo designa como “publicidad del año” delante de Apple y Nike.  Pero él no está solo como marca y trae a la escena a su esposa y a sus hijas y además utiliza otras herramientas para seducir, escribe libros donde cuenta su historia, sus proyectos, donde se muestra cercano. Donde se deja vulnerable y amigo. Donde hace promesas con las que los americanos sueñan.  Esto dentro de una completa campaña de medios en los que se va donde están los votantes y los indecisos. Es sobre todo a estos últimos a los que hay que convencer y para esto hay que hacerlos soñar con el cambio y con la esperanza.  Entonces Obama se dedica a hacer espectáculo, como las gentes del espectáculo y se presenta en shows de televisión, participa en concursos. Está donde la gente está y para ello siempre ofrece un show, un espectáculo.

Entonces para finalizar hay que recordar que los candidatos por los que votamos son imágenes que tratamos como estrellas y que no sabemos separar de la fantasía de las películas, las novelas, los deportes. Los políticos son una estrella más y como tal deben comportarse para ganar votos. Para esto deben lucir atléticos, bien vestidos, sonrientes y acercarse lo más posible a las estrellas del cine o de la moda.  Lo anterior porque hay que recordar que la influencia sobre el otro pasa en más del 80% por el rostro y la voz y menos del 10% por el discurso.  Pero para ser honestos no sólo hay que cuidar la imagen personal, también hay que construir bellas imágenes de futuro para hacer soñar y compartir, para crear la ilusión de un cambio.

Ya sabemos que los políticos tienen claro el hecho de que son marcas que deben gustar al elector, ahora de nosotros depende que nos dejemos seducir o que vayamos más allá buscando ser convencidos con programas políticos, con cifras, con propuestas.  El futuro depende de que nos responsabilicemos de nuestro papel de ciudadanos constructores de la ciudad, el país y el mundo que queremos tener.

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Delporte, C (2011). Une histoire de la séduction politique.  Flammarion, Paris

 

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2 comments

Hay momentos que hago la analogía del hombre político con la estrella de rock, o cualquier tipo de celebridad, porque llena estadios, firma autógrafos, se toma fotos con sus fans, su cara aparece en afiches, medios, prendas de vestir, sus historias no pasan inadvertidas… todo el tiempo venden y el marketing consiste en hay que estar vigentes siempre, ojalá acercándose a su público, casi hasta el punto de mostrarse como alguien más, por ejemplo, Bill Clinton usaba reloj Casio, trotaba, sonreía, saludaba, admitió sus errores masculinos y eso gusta.

Hola Denise, gracias por tu comentario. Tienes razón, entre las estrategias de comunicación y marketing, cada día se pierde ma’s la diferencia que existe entre un político y una estrella de rock. Así, creo, se apoderan de nuestros sentimientos y les queda ma’s fácil lograr un voto que no se informa del programa de gobierno sino del show.

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