El tiempo del reloj

Por. Oscard Domínguez.–

El reloj  saca el tiempo  del anonimato.
Desde siempre sabemos que el tiempo toma la forma del reloj que lo contiene.
Había un reloj tan barato que no daba ni la hora. Y había un reloj tan costoso  que daba hasta diezmillonésimas de segundo. Encimaba la hora de cualquier día.
Los relojes son ricos sin plata porque ignoran que el tiempo es oro.
El reloj de la Catedral está con el reloj de pared del universo, y éste con el del Espíritu Santo. En ese desorden de ideas, nunca debería equivocarse.
En los eclipses de sol, le toca dar la hora a la sombra.
En represalia por llamarse Segundo, aquel cliente siempre llega tarde a todo.
“Su reloj llevaba varias horas desmayado”. Lichtenberg.
Los segundos son migajas que caen de la mesa de ese rico Epulón que es el tiempo.
La eternidad es tiempo sin tiempo.
El tic tac es al reloj  lo que  el huevo a la gallina.
Los relojes  pintados en la pared no tienen  prisa ni les da estrés.
Por lo general, el 99,99999 de los relojes no tienen pasado ni futuro. Sólo tienen presente, como los gatos.
Los segundos se la pasan respirándole en la nuca a los minutos y estos a las horas.
“Dios que le da cuerda a nuestros relojes”. (Lichtenberg)
Hay mujeres tan castas que no dan ni la hora de hace un mes.
El relojero es el siquiatra del tiempo.
Aburrido de dar la hora a toda hora. Un reloj se suicidó tragándose una sobredosis de segundos.
Al reloj de arena le gustaría dar la hora en la mano de una mujer fatal.
“Los relojes de arena no solo nos recuerdan el rápido transcurrir del tiempo, sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos”. (Lichtenberg).
El tiempo es ave fénix  que renace del último segundo.
A las nueve y cuarto el reloj está completamente relajado. A las doce y 30 está haciendo yoga, parado en la cabeza. A las doce de la  noche, aprovechando la oscuridad, segundos, minutos y horas  se echan la primera canita erótica al aire.
Los gallos nacen con reloj despertador incorporado.
Para producir los relojes más exactos, los suizos infiltraron el gallo de la pasión.
Confirmado: Bill Gates es un pobre rico con plata:  con 60 mil millones de dólares en el bolsillo, es incapaz de construir un minuto de 59 segundos. O de 61.
Aquel reloj marcaba la hora con tanta alegría, que para él, cada minuto era año nuevo.
El Big Beg, el célebre reloj londinense,  pesa 13 toneladas. Evite que le caiga un segundo en el dedo gordo.
Los relojes dañados dan por lo menos dos veces al día la hora exacta.
En Colombia, un minuto de silencio  nunca dura más de 40 segundos. (Procurador Carlos Mauro Hoyos, asesinado por el narcotráfico).
Qué estrés el de los pobres relojes atómicos que solo se atrasan un segundo cada 3.200 años. (Si alguien desea confirmarlo, es fácil: puede durar todo  ese tiempo).
En la eternidad, el tiempo no tiene tiempo para nada.
Había un reloj tan caro que a él mismo le daba pena perder el tiempo.
¿Quién despierta a los relojes despertadores para que den la hora?
De tanto dar la hora, los relojes adquieren un tic. El tac viene por añadidura.
Había un reloj con alzhéimer que daba la hora pero nunca sabía cuál de todas.
En los relojes parados hay huelga de segundos caídos.
Los relojes, como los gatos, viven en la eternidad del segundo. (Y aquí siento que le estoy negando el crédito a Borges).
Los segundos se la pasan respirándole en la nuca a los minutos y estos a las horas. Y así van por la vida.
En los años bisiestos, el tiempo vive horas extras.
En los relojes parados hay huelga de minutos caídos.
Cuando llegue el fin del mundo, que el último segundo apague la luz.
Mejor no nos quitemos más tiempo.

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