Timochenko le hace el corralito a Santos

Por Eduardo Mackenzie.–

Contra lo que algunos estiman en este momento, no creo que el señor Timochenko le esté pidiendo “diálogo” al presidente Santos. Lo hizo en uno o dos mensajes, pero cambió de táctica y de tono, cuando vio que podía ir más lejos. Timochenko, en su último texto, del 9 de enero, está exigiendo cosas, antes de dialogar. El hombre es astuto. Está pidiendo, por ejemplo, que le despejen el Catatumbo, que le retiren los “miles de soldados y decenas de naves artilladas en plan de guerra” que él cree que el Estado colombiano ha ubicado allí, “en Cúcuta, Ocaña, Tibú y otras localidades”. Luego de consultar probablemente con el poder militar venezolano, el pérfido Timochenko le exige a Colombia que esa zona de frontera quede sin protección para poder él moverse sin tropiezos. En seguida, Hugo Chávez se propuso como “mediador” en cualquier intento de diálogo con las Farc. ¿Qué están preparando las Farc y Caracas en esa región?

Algo muy grave sin duda pues cuatro días después seis municipios de Norte de Santander fueron atacados por las Farc (en Tibú, Teorama, Sardinata, Hacarí, San Calixto y Convención) lo que dejó tres civiles muertos, tres civiles heridos, dos policías heridos, un tramo de oleoducto Petronorte volado y una torre eléctrica demolida.

El plan de Timochenko es completo pues pretende, además, utilizar a la población de esa región como fuerza de choque. El jefe de las Farc está tratando de instigar el odio de clase y la sospecha, los mejores ingredientes de la guerra civil, para confundir y dividir a la población de esa zona de valor estratégico. No es sino ver la caricatura que hace de los dos bandos que, según él, existen allí: por un lado, las empresas petroleras, de carbón y de palma aceitera (que él diaboliza con los epítetos de “transnacionales” y “depredadoras”), y del otro los cultivadores, colonos e indígenas que son, según el falso refrito marxista, las “víctimas” de los primeros. Si ese párrafo no es una amenaza contra las empresas y contra la población en general del Catatumbo ¿qué es?

Lo más infame: en ese mensaje, que él intitula “Sin mentiras, Santos, sin mentiras”, Timochenko intenta lavarse las manos por su matanza de rehenes del 26 de noviembre pasado en Caquetá. Las Farc no son culpables, dice el jefe terrorista, el culpable es el Gobierno. Timochenko exhibe allí el odio que siente por los periodistas que no bailan con él, al amenazar a Herbin Hoyos por su labor de apoyo a las familias de los secuestrados por la banda narco-terrorista. Esa es la tercera amenaza grave que contiene el texto del jefe de las Farc. El gobierno debe proteger a Herbin Hoyos, y a los periodistas, pues Timochenko los ha amenazado a todos.

Eso es lo que algunos columnistas, unos por ceguera y otros por desidia, llaman la “retórica menos belicosa” de Timochenko, o el “cambio de tono de Timochenko”. Una conocida periodista llega a ver al jefe terrorista como “un pulcro escritor”.

Sin duda es muy “pulcro” ese individuo, determinador del asesinato de monseñor Duarte Cancino, en marzo de 2002, entre otros crímenes, como lo acaba de anunciar el juez segundo especializado de Cali. “Pulcro” pues Timochenko afirma que la verdad no existe, pues ésta depende “de quién y con qué difusión la afirme”, que lo que dice un comunista es verdad, y lo que dice un “burgués” es mentira. A ese grado de miseria intelectual han llegado algunos mandarines de la izquierda bogotana, que no temen arrastrarse por el lodo ante las baratijas ideológicas de las Farc.

Esos mandarines están entusiasmados, pues Timochenko lanzó la propuesta de “retomar la agenda que quedó pendiendo (sic) en El Caguán”. No ven que así se va conformando la nueva trampa contra Colombia. Desde el primer minuto en que el presidente Santos le diga sí al diálogo que propone Timochenko, la maquinaria internacional de las Farc se pondrá de nuevo en marcha. Los Pérez Esquivel, los mamertos norteamericanos y españoles, el chavismo latinoamericano y la extrema izquierda europea, se pondrán a aullar en coro: Santos debe paralizar las operaciones de las Fuerzas Armadas y aceptar la “solución negociada” que proponen las Farc. Santos debe hacer que la “justicia transicional”, en vía de incrustación en la Constitución, se encargue de encontrar la brecha para que nadie sea juzgado ni castigado (pues esa es la meta de esa curiosa “justicia”), y que se abra enseguida la gran fiesta bárbara: que todos esos criminales tengan permiso para entrar en actividad proselitista y propagandística en Colombia, que se relance la Unión Patriótica, y que se instale una asamblea constituyente donde la voz cantante la tengan ellos y sus asesores extranjeros. Y que Colombia calle, y sufra.

Esa agenda de desborde del Gobierno comenzará con la apertura de cualquier tipo de diálogo. Pues lo que interesa no es el dialogo, sino el rito, el gesto. Con él, las Farc podrán comprarse una amnistía de hecho. Su meta es que les retiren la clasificación de organización terrorista en Estados Unidos y en Europa, que esas potencias le retiren el apoyo a Colombia y que los gobiernos “progresistas” les permitan a las Farc abrir “oficinas de paz” en cada capital. Si lo logran vanos habrán sido los éxitos formidables de Colombia contra las Farc de los últimos diez años.

Esa es la receta para hacerle un corralito a Santos y para enterrar definitivamente la línea de firmeza contra la inseguridad. Santos un día les pide “gestos de paz” a las Farc y otro rechaza toda idea de un nuevo Caguán. ¿Cuál es la línea verdadera? Timochenko hará “gestos de paz”, sin duda, mientras continúa la guerra, con ayuda de las Bacrim, para empujar a Santos hacia un pantano: para que converse en alguna parte, en una zona desmilitarizada, como prefiere Timochenko, o en el extranjero, como sugieren las buenas almas del Gobierno. Y, sobre todo, como pide el ex presidente Andrés Pastrana. Quien le cedió a las Farc 48 000 km² durante tres años, convirtiéndose en el responsable del mayor auge que éstas hayan tenido en toda su historia, ahora aparece como el más perspicaz negociador “de la paz”. Él le aconseja a Santos abrir un diálogo en el exterior y no se sabe qué otra cosa. Pues Santos había puesto alta la barra para conversar con las Farc: un cese al fuego unilateral, la entrega de sus armas y que liberen a todos sus secuestrados (Reuters, 10 de enero de 2012). Eso es mucho pedirle a Rodrigo Londoño, alias Timoleón Jiménez, alias Timochenko, quien se siente apoyado por algunos para exigir todo antes de dialogar.

Mientras tanto, los colombianos, civiles y militares, siguen poniendo los muertos como acabamos de verlo en Norte de Santander. Colombia no tiene nada que negociar con las Farc, salvo su rendición incondicional definitiva.

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