Carreño y el BlackBerry

Por: Óscar Domínguez G.

Es hora de imaginar lo que el venezolano Manuel Antonio Carreño (1812-1874), el ayatolesco autor de la célebre urbanidad, habría escrito de haber vivido en tiempos del celular y del BlackBerry, su pariente rico:

Sépanse utilizar dichos engendros del mal, salidos de la entraña de Satán. Tales alimañas siguen acabando con la intimidad. Han vuelto hilachas la comunicación entre personas bien nacidas.

La Biblia, el libro que inspiró mi urbanidad, jamás menciona ni por lapsus la irrupción de cachivaches tan deshumanizadores. Mi Diosito santo, cuando quería reportar algo, se parapetaba detrás de una nube, o enviaba ángeles para que comunicaran sus caprichos mientras la gente dormía.

El mundo era tan tierno que el pacífico eco era el único medio de comunicación virtual existente. El eco, aparte de ser la cuota inicial del moderno Internet, siempre tenía la última palabra.

Hoy lo que queda del medio ambiente está ferozmente contaminado con la cháchara inútil, provocadora, altisonante, que se cruzan las personas a través del celular.

Entre ellos sostienen conversaciones interminables, estúpidas,  que prescinden del bien hablar. Hasta errores de ortografía se cometen. Ya que nos resistimos a arrojar a la hoguera celulares y afines junto con sus dueños, la menos limítese su uso a lo estrictamente necesario.

Eso sí, prohíbase su ingreso a lugares públicos. Decomísese a la entrada de restaurantes, “al salir de casa, al entrar a las iglesias, al comer y al dormir”, dicho sea en el lenguaje del padre Astete.

A propósito: ¿Qué hacen esos paganos armatostes en lugares sacros donde solo se deben escuchar la palabra del Divino Galileo?

¿Cuándo se jodió -y perdóneseme el procaz voquible- la aldea global si no fue cuando se volvieron carne de alzhéimer el catecismo de Astete y mi urbanidad?

En pésima la hora, el “homo ciberneticus” dio en la flor de marcar territorio exhibiendo impúdica y públicamente dichos artefactos. También los brutos (me refiero a los perros) marcan territorio alzando sus extremidades, pero sin incomodar al prójimo.

¡Qué de lecciones recibimos de estos irracionales los ignaros bípedos implumes que seguimos sin inventar del todo,  como sucede con el dichoso BlackBerry, una verdadera piedra en el zapato de la privacidad.

Baldón eterno para esta nueva prótesis que siga al hombre a todas partes.

Difícilmente, la humanidad ha llegado a cotas de degradación como en esta época de la cibernética, nueva mujer fatal de la modernidad.

El dichoso BlackBerry es una verdadera piedra en el zapato de la privacidad. En el claroscuro del cinematógrafo o en la sala de música donde impera Mozart, no faltará el imbécil, supuestamente ilustrado, que esté consultando y respondiendo correos con la complicidad de dedos pulgares que fueron hechos por el Hacedor de estrellas para muy otros menesteres.

¡Qué lejos estamos de la cultivada era de las cavernas donde el hombre era el BlackBerry del hombre! “O tempora! O mores!”.

La justicia está en mora ( piña y papaya) de incluir para los corruptos y demás malevos con paredes ametralladas de diplomas, penas que incluyan dejarlos sin BlackBerry durante un semestre, un año, toda la vida. Entonces el mundo recuperará la sindéresis y volverá a sus perdidas raíces. Solo así los hijos de Adán y Eva volverán a tocarse, a sentirse. ¡No les quito más tiempo porque me entró un correo!

 

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