La hebra invisible que une a sastres, periodistas y escritores

Por: Fray Augusto.–

Algún eslabón perdido debe haber entre literatura, periodismo, política y sastrería. Muchos niños gatearon arrullados por la música que salía de una nostálgica máquina Singer que daba puntadas con y sin dedal.

El terrible Henry Miller nació con estrella: su padre Heinrich, era cirujano plástico de paños. Obraba el milagro de adecuar el traje de los mayores a los que venían empujando. Convirtió esa destreza en destino. Miles de madres en el mundo tienen idéntica habilidad.

Sam, padre de los hermanos Marx, era sastre pero “no sabía nada del oficio”, según su hijo Groucho, en “Yo Groucho”, que recomiendo. Sam lo hacía  mejor como amante.

Gay Talese, gurú del Nuevo Periodismo, perteneció a una generación de cinco sastres. Hizo la primaria literaria escuchando la prosa de las clientas de su madre modista. Desde entonces, cuida tanto su periodismo  como su pinta.

Otro que tuvo el acompañamiento de fondo de una máquina de coser, fue el filósofo italiano Gianni Vattimo. Hace poco tiró la tiza como profesor de la Universidad de Turín.

Dedal mayor  del siglo pasado fue Ángelo Litrico quien puso de moda las dos aberturas largas que lució Mastroianni en La Dolce Vita. Le pagaban los trajes Eisenhower, Kennedy, Perón, el Rey Hussein.

Litrico, heredero del oficio de mamá,  fue motivo de escándalo cuando confeccionó  trajes para su cliente, Gorbachov. Le sugirió la hebra para airear la perestroikla.

También firmó el zapato con el que Nikita Krushov agredió  su atril en  la ONU.

Fue famoso en Medellín el sastre Ignacio Jaramillo, cuñado del presidente Ospina. Ilustres dedales fueron los Amaya, sastres de Dios (y del clero).

Hijo de sastre fue Rafael López, el gran locutor de la Universidad de Antioquia en los años cuarenta y  cincuenta.

Ambrosio López, bisabuelo de López Michelsen, vivía con la vida pendiente de un dedal. Viene libro sobre él, escrito sobre Ramiro de la Espriella, quien hace poco cumplió sus primeros 90 años.

Gaitán se vestía en la sastrería de Rodrigl Ferregán, si no estoy mal de noticias. “El joven sastre” es un libro que el terrible Oscar Alarcón quedó de conseguir.

A los 13 abriles, guiado por los salesianos de Don Bosco, Hernando Trujillo ya estaba emparentado con el dedal. Pegó botones en Everfit y luego  montó empresa. Se salió de la ropa y exporta elegancia.

Doña Oliva Pérez, madre de Bernardo Hoyos, premio de periodismo Simón Bolívar, director de la Emisora de la Tadeo, practicaba la magia de convertir prosaicos retazos de tela en pintas para la muchachocracia de Santa Rosa. Mientras escuchaba la música clásica que salía de la máquina de mamá,  Bernardino leía extasiado a Don Quijote.

No olvidar al padre de Harold Pinter, sugiere el propio  Bernardo Hoyos.

Líbano, Tolima, es el municipio colombiano que ha dado más más hijos de sastre por milímetro cuadrado: cuatro. Dos son los hermanos Román y Henry Medina, quien cogió el sombrero y voló a  la eternidad.

Un tercer hijo de sastre libanés es Fernando Barrero, decano de periodismo de la Universidad Los Libertadores de Bogotá y hoy diplomático en euros, en Madrid, joder. Y el cuarto, periodista, novelista y uribista, es Germán Santamaría, exdirector de Diners, hoy embajador en Portugal.

(Lo mejor de ser embajador en Portugal es que está a dos pasos de Madrid) . Barrero y Santamaría ha sido sastres ideológicos del precandidato Juan Manuel Santos. Mejor dicho: su Joséobdulio.

Me cuenta un amigo bombero que el cuadro más famoso de sastre alguno es el de Bartolomeo Moroni, pintado a mitad del siglo XVI donde aparece vestido a manera del renacimiento y con una inmensa tijera aplicando sus cortes.

Recuerdo a mi madre, en complicidad con su máquina Singer, haciendo milagros para que la ropa de mi hermano mayor le sirviera al menor (ese era yo). No logro reponerme del todo del impacto que me causaba que mi ropa ya hubiera pasado por otras carnes y otros huesos, así fuera las de mi superior jerárquico en el árbol genealógico.  Creo que por eso me fui para el seminario: allá no me podía endosar la ropa hereda de mi hermano Fernando. Mi ropa era mi ropa. Lo decía la marca grabada en la ropa con aguacate para que no se borrara.

“Caballero a la medida”, es la película en la que Cantiflas se luce en el arte de la sastrería que ya eliminó una vieja herramienta: le tijera. El láser le hizo el cajón, me contó un sastre de duros en Colombia, Jesús Valencia, Jeval, vallecaucano de todo el azúcar.

El poeta nadaísta Jota Mario Arbeláez, tiene un dedal en su hoja debida. Es hijo de Chucho, sastre caleño, a quien le cosió un poema que dice: “Desde mi nacimiento, no tuvo paz tu pie sobre los pedales”.

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