La libertad de “Ublime”

Por: Óscar Domínguez G.–

Quién lo creyera, pero a una cubana de padres franceses, Justina Jannaut, le debemos la música del Himno Nacional. El autor de la letra, Rafael Núñez, la concibió inicialmente como canto a su Cartagena del alma.

Otra caribe, Shakira, cantando ante Raimundo y todo el mundo reunido en la cumbre presidencial de las Américas, modificó ligeramente la letra. Internet se encargó del resto. Y la crucificamos.

Los ilustres visitantes ni se enteraron. Daría esta vida y la otra por saber cómo le tradujeron al presidente Obama el lapsus de la novia de  Piqué, el defensa del Barcelona.

Aunque tiene sus devotos, la poesía de Núñez es de elocuente pobreza francisca. El himno sirve para berriar cuando estamos fuera del país. O  cuando el piloto anuncia desde la cabina que entramos en cielo colombiano.  Allí radica su “gloria inmarcesible”.

La memoria le metió un gol olímpico a Shakira quien le cantó a la “libertad de Ublime”, en vez de a “la libertad sublime”. En su página, trataron de enmendar el yerro y la barranquillera cantó a la “libertad de sublime”. Tampoco. De todas formas, yo la perdoné.

La mezzosoprano Martha Senn ha dicho que el himno “está compuesto para coros, orquesta y, por su tonalidad original, solista masculino… Por eso nunca he aceptado cantarlo… Y estoy de acuerdo con el martirio de patria al que se sometio Shakira, nuestra predilecta y admirada artista del género popular, al cantarlo a capella…”.

Misiá Martha se hacía eco de un trino reproducido a través de sus fanáticos en la red por el español Ricardo Bada: ”¡Shakira cantando poesía surrealista [mala] en forma de himno nacional, y a cappella, ¡pobrecita mía, mártir de la patria!”.

En Colombia, después del Credo, lo primero que nos embuten es la letra del himno con todo y sus pecaminosos gerundios: “Nariño predicando” y “mortal el viento hallando”.

Desde kinder nos enseñan que la música es de Oreste Sindice, un profesor de solfeo italiano que había quebrado con su empresa operática.

En vez de regresar a los espaguetis, Sindice se dejó seducir por la cubana Justina. Para ir atando cabos, digamos que fue ella la que lo convenció de que le pusiera música al himno.

En principio, a su Dante de peluche le parecía un despropósito musicalizar una canción que incluía “versos” de este calibre: “La virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor viüda los cuelga de un ciprés”.

Pero algo convincente ocurrió debajo de las cobijas y Sindice accedió a la petición de su cubanita, contaba David Sánchez Juliao.

Dios hizo a Núñez y a Oreste Sindice. Los juntó un burócrata bogotano de media petaca, don José Domingo Torres. Su gran audacia: ser amigo de Núñez.

Actualmente, para halagar al gobernante, los lagartos se dejan ganar al póquer. Como Torres decidió que había que halagar a Núñez, tomó la letra de una composición que compuso aquel para cantarle a Cartagena en su independencia (gracias, don Eduardo Lemaitre).

Faltaba la música. Ahí estaba Sindice. De convencerlo, Torres encargó a la cubanita.

Ese menjurje de letra inverosímil, tempranamente piedracielista, con música que es la que nos hace llorar, se convertiría en Himno Nacional por Ley 33 del 28 de octubre de 1920.

Desde entonces “padecemos” la letra. Utilizo el arzobispal “padecemos” porque si hay algo que “lengua mortal” no puede digerir fácilmente es la prosa del “bígamo” como lo llamó Vargas Vila.

Sin ninguna originalidad  propongo, como hicieron en España, abrir un concurso para una letra menos “pior”.  Hay mucho poeta suelto que lo haría mejor.

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