Un argentino, un dólar

Por: Alberto Arebalos

La Argentina es un país de pasiones y obsesiones igualmente sólidas y duraderas.
Rivalidades históricas, políticas y hasta deportivas se arrastran por décadas hasta siglos, y se debaten con el mismo apasionamiento de las cuestiones cotidianas.
Dos argentinos pueden pelearse por la importancia de próceres que vivieron en el siglo XIX con la misma pasión y obsesión con la que se discute un partido entre el Boca y el River Plate (esto un poco menos ahora desde que River descendió a la segunda categoría).

Pero no hay obsesión mas duradera y pertinaz que la del dólar.

Zamarreados a través de décadas de desmanejos económicos, devaluaciones, congelamientos de precios y salarios, arbitrariedades con depósitos en los bancos y en general barquinazos que en dos ocasiones culminaron con hiperinflaciones, los argentinos, sobre todo aquéllos que tienen algo como para ahorrar pero no tanto como para invertir en campos, apartamentos o acciones, se refugian en la moneda estadounidense como moneda de reserva, frente a la desconfianza generalizada al peso, la moneda nacional que desde 1970 a la fecha ha perdido trece ceros.
Si, leyó bien un peso de 1970 equivale a 10.000.000.000.000 de pesos de hoy.

La última y más traumática experiencia fue la de finales de 2001, cuando los ahorristas no podían disponer de sus fondos en los bancos, el país entro en cesación de pagos, se dejó atrás la quimera de que un peso valía un dólar y la catástrofe desembocó con uno de cuatro argentinos sin trabajo.

Si bien los primeros años del gobierno de Nestor Kirchner gozaron de estabilidad en los precios, el esquema de equilibrio de las cuentas fiscales fue abandonado a finales del 2006 y profundizado a partir del gobierno de su ahora viuda, Cristina Fernandez, cuyo objetivo era mantener la expansión de la economía aunque ahora la inflación pasara a ser del 25 o más por ciento anual.

Y el lector perdonará la falta de precisión en las cifras porque fue el mismo gobierno quien se encargó de acabar con cifras confiables cuando decidió intervenir el instituto que elabora las estadísticas nacionales. Así mientras el gobierno anuncia oficialmente inflaciones del orden del 9 por ciento anual, los sindicatos obtienen aumentos de mas del 20 por ciento en sus sueldos amparados en lo que llaman, la inflación del supermercado.

Surrealismo?.

Pero la inflación no fue acompañada por una devaluación del peso (precisamente para evitar agregar gasolina al fuego inflacionario) con lo que el resultado fue un dólar barato que alentó más importaciones y gente comprando dólares, “por las dudas”.

La fuga de dólares que en los últimos años oscila entre 80 y 100 mil millones de dólares, de acuerdo al analista consultado, finalmente puso en alerta al gobierno que desde octubre viene aplicando restricciones extremas a la compra de dólares que esta semana culminaron en una kafkiano sistema de trámites para conseguir dólares para viajar al exterior. Dólares al precio oficial de 4,50 pesos por dólar.
En el mercado negro se pueden comprar a 5,90.

Pero lo notable no es la arbitrariedad de medidas que restringen lo que pueden hacer los sufridos argentinos con sus pesos, sino la ola de nacionalismo monetario del gobierno que acaba de descubrir la necesidad de que todos piensen en pesos. Tarea titánica si las hay para una población que como acto reflejo piensa en dólares como única referencia de estabilidad perdurable en una economía que vive a los barquinazos.

Por otra parte, la fiebre del dólar parece atacar con mayor virulencia a la vituperada clase media, justamente la que gasta mayor parte de su dinero en el país y la que permite que el consumo interno se maneja alto. Pero carente de representación política sólida, parece destinada a ser el blanco de críticas y acusaciones de casi traición a la patria.

Obviamente que el patriotismo que promueve el gobierno se detiene en su propio bolsillo. Un senador ultrakirchnerista, que hasta hace poco fue el Jefe de Gabinete de la presidente, afirmó este jueves que el ahorraba en dólares porque se le “antojaba”, discrecionalidad de la que lamentablemente no gozan millones de sus compatriotas no electos, o funcionarios del gobierno.

No alcanza el espacio aquí para detallar los efectos que las restricciones sobre la compra de dólares y las importaciones están causando en la economía. Desde operaciones inmobiliarias canceladas a pequeñas empresas que quiebran por no poder importar insumos.

Una película repetida en la historia argentina de los últimos 50 años. No extraña que los argentinos se aferren al dólar como una tabla de salvación en la tempestad económica.

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