Camilo, una de esas personas que duran

Por: Gustavo Gómez Córdoba/Caracol Radio

BOGOTÁ, 10 de Junio_ RAM_....  Camilo Durán Casas supo siempre para qué se habían inventado las palabras. Y un hombre que sabe para qué son las palabras goza de otro privilegio enorme: el cariño y la admiración de los demás hombres. Pero, además de saber para qué eran sus propias palabras, la gran bondad que le había dado la Providencia, era que sabía cuáles eran las palabras de los demás que merecían la eternidad de la memoria. Porque todo lo bueno, y lo brillante, y lo valioso que Camilo había oído en su vida vivía en su cabeza, y él tenía la inmejorable costumbre de darles salida a esas frases cada tanto, para que el tiempo no las aplastara.

Camilo era un cazador de dinosaurios: guardaba sus cuerpos entre las capas de su cerebro y, cuando el calendario los convertía en petróleo, dejaba que fluyeran frente a los demás. Y uno se bañaba en esa sustancia maravillosa que es la inteligencia de los demás, gracias a la manera en que la proyectaba Camilo. Como en esas escenas de película gringa, en las que perforan un pozo y los nuevos ricos bailan, eufóricos, mientras el oro negro se les funde con el sudor.

 

De haber sido caballero andante, que, claro, caballero sí fue, le habría ahorrado mucho dinero a su rey, porque Camilo no necesitaba espada diferente a su lengua, que era de perfecto acero toledano. Con ese filo envidiable, Camilo se burlaba de los egos de subasta de los artistas de hoy y decía: “Un artista es aquel a quien le importa más su obra que ser el autor de su obra”. A los que encontraban la fe a la vuelta de una esquina, agazapada, les recordaba: “Sentí la llamada de Dios. Pero no la contesté porque sabía que era una llamada por cobrar”. Respetaba a la izquierda, pero aborrecía sus excesos, por eso sostenía que “el comunismo es el camino más largo entre dos capitalismos” y sabía cuestionar muy bien, de izquierda o de derecha, a quienes se atornillaban al poder, usando una simple pero valiosa regla de la democracia: “El que no sabe dejar el poder no estaba preparado para recibirlo”.

 

Camilo, que fue hombre de bolsa tentado por los medios y esta vida grata que nos ofrecen a quienes entendemos la noticia como imprescindible, era diestro al explicar la densidad del asunto económico, lo llevaba al plano del afortunado castellano para todos aquellos que concebimos la economía como una especie de álgebra tortuosa. Sus conceptos eran tan irresistibles como este: “La devaluación del peso es el precio que debemos pagar cuando los extranjeros tienen más confianza en nosotros que nosotros mismos”.

 

De su mano fuimos muchos los que nos acercamos a la economía y, digámoslo también, nos acercamos a todo lo que él proponía, porque su humor, combinado con eso que llaman don de gentes, eran una fórmula irresistible. Hay quién decía que era tan caballero, que tanto tacto tenía, que hubiera servido para diplomático. El les contestaba: “Las relaciones diplomáticas se inventaron para manejar a los enemigos. Para los buenos amigos basta un relacionista público”.

 

Camilo fue de esas personas en las que alguien pensó cuando inventó el Twitter. Era el mejor en Colombia, como dije en muchas entrevistas cuando presenté hace poco un libro-diccionario con definiciones tomadas de los medios (Twitter incluido). Él, que fue soberbio aforista, decía que “el Twitter es una ocupación; el Facebook una desocupación” y que “el Twitter es la radio escrita”.

 

Y para todo hecho tenía una frase, un gracejo fino, una coda, porque sostenía que “el exceso de noticias desinforma; el exceso de opiniones aclara”, saltándose las reglas del oficio para ejercer un delicioso periodismo de autor: “¿Qué harán los periodistas en los países donde no pasa nada?”, se preguntaba. “Ser periodista en Noruega debe ser como tener un bar en Omán”. Alguna vez definió el oficio con palabras que yo todavía, ustedes entenderán ahora que me dispongo a servírselas, aún estoy digiriendo: “El buen periodista es aquel que hace un sándwich de queso en el cual el pan está en la mitad”.

 

Dios lo tenga en el Cielo, si el Cielo existe, porque el infierno le daba pánico. El infierno, comentaba, “debe ser un lugar en el cual hay que presentar la declaración de renta cada semana”. Cada semana, además de su paso por 6AM con Darío, Erika, Diana, César Augusto, Edison, María José, Eveling, Jairo, “El flaco” y “El demente”, conmigo y con todos los periodistas del Servicio Informativo, presentaba no la declaración de renta sino un programa maravilloso de entrevistas dominicales, en el que además de su inteligencia cabía su generosidad. Lo acompañé un puñado de veces, la última de ellas la semana pasada, cuando conversamos con Juana Uribe y Camilo Cano sobre “Escobar”, ese patrón del mal al que le va tan bien en sintonía.

 

Camilo Durán alcanzó a dejar su último programa grabado, que se emitió al día siguiente de su muerte, y que nos deja el grato recuerdo de un amigo, pero de un amigo talentoso e irrepetible… perdonen si hablando de Camilo me he alargado, pero es que era un tipo muy largo, y disculpen, además, si hubo algo de humor en estas palabras inspiradas por el dolor que me produce no tenerlo, pero no se puede hablar de Camilo sin ponerle un par de cascabeles a la vida.

 

La vida de Camilo, que fue obsesivo del cine y que creía que cuando apagaban las luces era cuando la oscuridad quedaba violada con la felicidad de la pantalla, acabó bien. Y, si me permiten, acabo esta nota sobre su vida –que acabó bien, con el cariño de quienes los quisimos– con términos cinematográficos, con una frase suya que nos ayuda a acabar esto de la mejor manera, la suya: “En el cine porno”, decía él, “los personajes siempre acaban bien”.

ggomez@caracol.com.co

 

 

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