La noticia convertida en reality

Por: Darío Acevedo.–

¿A qué horas la muerte del estudiante universitario Luis Andrés Colmenares se tornó en la principal y más recurrente noticia de Colombia? En un país en el que se producen más de quince mil homicidios al año, en circunstancias las más de las veces muy crueles, con sevicia, rodeados de perversos sentimientos pasionales o por motivaciones supuestamente políticas. Cientos de menores son víctimas de depredadores sexuales que los  violan y luego los matan y de balas perdidas en las perdidas barriadas de nuestras grandes ciudades, decenas de mujeres caen en brazos de violadores, de mentes sicópatas, centenares de soldados mueren despedazados por minas antipersona. En fin, material para llenar las páginas rojas de los periódicos y el tiempo de emisoras y noticieros de televisión, hay en abundancia. Hay material suficiente para que los académicos realicen sesudas investigaciones que pueden arrojar luces sobre escenarios, tendencias, motivaciones, problemas sociales, económicos, características de víctimas y victimarios. Por tanto es válida la pregunta que abre inicia esta reflexión y esta otra ¿Por qué tanto espacio, por qué tanta tinta, por qué tanta intensidad, teniendo a la mano la inmensa variedad y número de casos de sangre?

No satisface nuestra inquietud el hecho de que los más destacados penalistas del país que han defendido al presidente Uribe estén agriamente enfrentados. Tampoco que la muerte de Colmenares esté rodeada de misterios y preguntas no resueltas (como ocurre en casi todos los crímenes) ni que haya un par de jovencitas y un compañero de estudios enredados en la maraña de informaciones que vienen y van como si estuviésemos presenciando el novelón del año.

El despliegue mediático que se le ha dado a este suceso, a la investigación judicial y al juicio que se avecina, es a todas luces desproporcionado y hasta desquiciado. No hay un solo medio de prensa, radio o televisión que no ofrezca alguna crónica o reporte un nuevo hallazgo cada día. Se me ocurre recordar el famoso caso del jugador de futbol americano acusado del asesinato de su bella esposa, o el de la niña hija de una pareja de británicos que desapareció en Portugal sin que se haya logrado aclarar su destino. Los hechos de sangre donde hay sevicia, pasión y misterio son utilizados hábilmente por los periodistas para ganar audiencia y lectores que buscan entretener su tiempo libre prestando atención a noticias presentadas a la manera de una película, un seriado o documental con el debido tono de suspenso que genera la lealtad con el suceso y con el respectivo medio. Pues al fin y al cabo los medios dominan a la opinión pública y la moldean a su amaño como muchos semiólogos y críticos lo han sostenido con lujo de argumentos. Incluso, se observa una intensa competencia entre todos ellos por ser los primeros en dar a conocer la última versión, la declaración de un testigo que aparece al cabo de las quinientas, la entrevista, el suspiro de fulano y la mirada de sutana. El resultado es la conversión fatal de la noticia en un show mediático, en otro reality, de tal suerte que el consumidor de noticias siempre queda a la espera de alguna novedad. Así, el gran público asume la condición de juez sin importar para nada el rigor y el protocolo jurídico. Es la justicia espectáculo que se torna tal por acción mutua y por inercia, justificada en la demanda creada artificiosamente por los medios y los órganos y autoridades de la rama judicial.

Hay que saciar el morbo del gran público, consumidor de noticias de sangre, como también lo hay para las banales páginas de “sociedad” que “nos conectan” con los personajes de la alta sociedad, de la caduca nobleza, de los que se precian de pertenecer a la aristocracia y de los arribistas que se pegan de sus agasajos y festines, y nos crean esa sensación falsa de cercanía con las tramas de ese mundo del espectáculo y la exhibición. Y en el caso Colmenares, al parecer, se encuentran reunidos todos los ingredientes para convertirlo en un novelón o “culebrón”, que llama más la atención que aquellos hechos de violencia que afectan de modo grave la vida del país. Es como si se nos quisiera decir que es el hecho de sangre más grave de todos los que han ocurrido en el país en los últimos 19 meses. Una cosa así podría ser entendida y vivida en un país donde  la violencia y el crimen son fruto escaso. Ahí los medios y los periodistas se pueden dar ese “lujo” de explotar al máximo el morbo expectante de las gentes con los crímenes pasionales. No en Colombia donde la violencia es flor silvestre y la maldad individual aflora  con asustadora frecuencia.

Medios y periodistas hacen esfuerzos denodados por crear de la nada un nuevo reality, en el que la opinión es dividida entre los seguidores de Colmenares y los de las chicas en prisión domiciliaria para disfrute de la tribuna, sin importarles la desproporción ni el daño que ocasionan a las personas involucradas que esperan justicia urgente. Es la exégesis de una tendencia perniciosa orientada por el afán de explotar la morbosidad de la opinión pública que conlleva a una distorsión gacetillera de la ética periodística y a una banalización de la violencia. Pero sobre todo, a crear en las gentes la idea de que los hechos que más afectan la salud y la vida del país son los crímenes pasionales en donde dos familias cobran protagonismo, y no aquellos que comprometen la seguridad de las gentes y de las instituciones amenazadas por diarias acciones de depredación acometidas por las bandas criminales, las mafias y  los grupos armados ilegales.

Darío Acevedo Carmona, Medellín, 12 de junio de 2012

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